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En la cancha

12 06 2006 - 13:29

Aunque suene recontra trillado, es una experiencia única. A los 35 años vivo mi primer mundial en el lugar de los hechos. Gracias al simple hecho de tener familia en Berlín, y luchar por mis derechos contra la revista Rolling Stone (cuatro años de trabajo, despido, juicio respectivo y hasta la victoria siempre), me dieron un dinero suficiente como para solventar un mes en el país del mundial.

Estoy en Berlín desde el martes pasado pero empiezo por donde más importa: lo sucedido el sábado pasado en Hamburgo. Llegué a la ciudad portuaria a primera hora de la mañana (Berlín-Hamburgo en tren con el ICE, Inter City Express, que va a 260 y le pone una hora y media a unos 300 Km.), y tras una breve recorrida me instalé a esperar a unos amigos en la plaza principal, donde se encuentra el imponente Rathaus (municipalidad), y la carpa de ayuda de información para el viajero mundialista, esa rara y casi despreciable especie de turista que lo único que le importa es que llegue la hora, rumbear hacia el estadio y hacerse notar.

Con un sol casi caribeño, esa plaza comenzó a ver pasear cada vez en mayor número, hinchas con la celeste y blanca. En menor medida aparecían los de Costa de Marfil, pero con mejor marketing. Dos tambores, un par de túnicas y algo de ritmo les fueron suficientes para atraer la atención en pleno mediodía de todos los transeúntes. Además, al rato llegó el apoyo político. Como un ministro de Costa de Marfil había llegado a la ciudad para ver el partido, una comitiva oficial con autos decorados por esas banderitas con los mismos colores que la irlandesa, copó la entrada del Rathaus. Para que la entrega fuera completa izaron desde un balcón una bandera marfileña gigante. Vendidos.

Llegada la hora de inicio del prometedor encuentro entre Inglaterra y Paraguay, el mejor lugar para verlo era el Fan Fest. Ese es el nombre donde con pantallas gigantes, algún escenario, puestos de comida, etc., cada ciudad sede congrega a los hinchas que quieren ver los partidos en directo en la situación más parecida a estar en una cancha, con cantitos, banderas, y caras pintadas. El Fan Fest de Hamburgo se ubica en el barrio de St. Pauli, al lado del estadio del equipo de fútbol homónimo y de espaldas a un enorme bunker que quedó de la segunda guerra y hoy reciclado para deptos y oficinas. El predio del Fan Fest no se compara con el de Berlín, pero eso será descripción de otra entrega. Tras sufrir los soporíferos 90 minutos en los que la gran esperanza inglesa apenas pudo derrotar al digno combinado paraguayo por 1 a 0 con un gol en contra, ya era hora de ir hacia el estadio. En cada entrada de los partidos del mundial, hay una leyenda en letra cuerpo 0, 8 que afirma que durante el día del encuentro, los poseedores de dichas entradas podrán utilizar el transporte público en forma gratuita. Dos S-Bahn (tren urbano) tenían parada en Stellinger la estación más cercana al estadio y hacia allí había que ir. Allí esperaban unos buses que te llevaban hacia la entrada más próxima a la ubicación que está dividida en cuatro colores: rojo, verde, azul y amarillo. El acceso, que uno puede imaginar infranqueable, lleno de sistemas de seguridad, no es muy diferente al de la exposición rural de Palermo. Primero hay que mostrarla así nomás, y te hacen el cacheo, después caminar entre unas vallas y ahí un pendex te pide la entrada, la pasa por un lector que activa un pequeño semáforo. Si sale verde estas OK y adentro, no pude ver que a nadie le saliera rojo. Eso es todo. Toda la cantinela de la entrada personalizada y blah blah blah, se esfumó en dos segundos. Mientras la entrada sea buena, cualquiera puede entrar con la entrada de cualquiera. Ya en el estadio es cosa de ver bien los carteles, mirar la ubicación que diga la entrada y listo. Nadie te frena con un “adonde va?“, o algo por el estilo. Cada tanto hay unos veinteañeros con chalecos de la FIFA, con los que uno puede constatar que va en dirección correcta, pero a tu asiento uno llega más solo que a cualquier butaca del Cinemark de Beruti.

Lo ideal es llegar dos horas antes y así ver el precalentamiento de los dos equipos, y empezar a escuchar el ingenio popular en contra de los rivales, en este caso, “los negros”. A partir de ahí supongo que todo lo que se ve por televisión. El estadio se llenó recién diez minutos antes del inicio y a sufrir. A grosso modo, la ecuación da que si en un partido cualunque, uno pierde por nervios algunos minutos de vida, en uno de mundial se te van cinco años. La tensión te hace poner nervioso hasta por un lateral. Lo que me llamó la atención fue el silencio con el que se vive el encuentro. A pesar de los enfervorizados hinchas de siempre, algunos con bombos y redoblantes, en general casi todo el mundo está callado. Entre los enfervorizados, se pudo divisar a la brava de independiente, river (ambos en primera fila detrás del arco de los dos goles argentinos) y más atrás unos ruidosos hinchas de Gimnasia.

No me voy a poner dar detalles del partido, porque ya es cosa vieja y debe haber salido en todos lados. Si destacar que el final unos 1000 hinchas que se agruparon en la salida del estadio se quedaron gritando como si se hubiera logrado el pasaje a cuartos. Las ganas de festejar lo que sea, hasta una austera victoria ante un equipo que llegó al mundial porque un camerunés erró un penal.

El 2 a 1 había que festejarlo en la Reeperbahn, la zona donde Hamburgo agrupa bares, cabarutes, cines porno, y por donde en los sesenta los Beatles se hicieron hombrecitos. La cantidad de putas por metro cuadrado de esas calles debe ser de las más altas del planeta, y lejos del look, reviente o gato fino, sino más bien pendejas que van al boliche sin ser escandalosas. A lo sumo, algo de corpiño a la vista. Tras algunas cervezas, que a lo largo del día superaban los dos litros, era hora de volverse a casa, en mi caso Berlín, y esperar seis días hasta el partido con los serbios.


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