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Hernanii Mundial #3

12 06 2006 - 21:27

La República Checa, esa niña bonita a la que le sobran los novios, acaba de conquistar otro enamorado: Quintín, quien se colgó de una frase mía de anoche y se lanzó en liana rumbo a un panegírico del equipo que debutó ayer en la historia de la Copa del Mundo con una convincente victoria contra Estados Unidos, un equipo higiénico pero livianito. Ojalá los checos tengan destino de “semifinales (por lo menos”, como le augura Q. –o le auguraba hasta la lesión de Koller, ese Delorte súbitamente reconvertido en Van Basten—, porque eso significaría, de darse los resultados normales, que República Checa derrotará a Brasil en octavos. Estoy un poco triste por la pobre imagen de Estados Unidos –pese a las críticas, el técnico confió en los dos pibes que lo llevaron a cuartos en el Mundial pasado y que ahora andan bastante flojitos, DaMarcus Beasley y Landon Donovan—, como estoy igual de triste por la derrota de Ghana: no tengo ni un gramo de grasa anti-imperialista en mi barriga, pero en los Mundiales no puedo evitar hinchar por el más débil, y me jode, irracionalmente, que ganen los favoritos. Rápidamente me doy cuenta, empero, que no puedo vivir de sorpresa en sorpresa, y que debo buscar excitación en otras áreas de mi vida.
Italia-Ghana fue un partidazo, el más intenso hasta ahora del Mundial, quizás junto con el Argentina-CIV. Digo “intenso” siguiendo la antigua calificación de El Gráfico, en cuyo ránking de calidad de los partidos ponía a “intenso” por encima de “discreto” (y de “mediocre”) y por debajo de “bueno”. Italia fue intensa y no fue amarreta, o por lo menos fue mucho menos amarreta que la Italia narcotizada por el Mundial 82 había usado desde entonces y que creía que el cerrojo y el pelotazo podía sacar campeón del mundo a un equipo de leñadores. El mediocampo de Italia (Totti, Pirlo y los otros dos) tiene, hoy por hoy, más talento que el de Argentina (Riquelme y los otros tres). Es una buena señal de este Mundial que las dos potencias de la racanería, Alemania e Italia, estén desregulando su fútbol hacia el libre comercio de las jugadas imposibles y la toma de riesgos. Espero que el sindicato de comentaristas, que se la pasa llorando por “el estado de las cosas”, tome nota de la tendencia.
En la polla interna del laburo había puesto que Australia le ganaba a Japón, un poco siguiendo mi berretín anti-favorito, pero durante el primer tiempo me vi hinchando por los japoneses y su toqueteo completamente inofensivo pero adorable. El 10, Nakamura, me hacía acordar al pibe Manso, eterna promesa enclenque de Ñuls. Al final ganaron los australianos, con cincuenta delanteros en la cancha, y yo no sabía si estar contento o triste, porque por lo menos había acertado el pronóstico.
Estoy viendo la mayoría de los partidos por Univisión, la principal cadena en español de Estados Unidos, que transmite todos los partidos. En inglés, ABC, una de las tres grandes cadenas, pasa los de Estados Unidos y los de los fines de semana, y ESPN, el resto. Pero yo vi casi todos por Univisión, en parte porque hasta mañana a la mañana, cuando venga el Cable Guy, no tengo cable. Uno de los relatores es Bruno Vain, un ex TyC que hacía La Magia de la NBA y que relata, probablemente sin saberlo, bajo el influjo del paradigma Araujo: chistes malos, alguna grosería, ningún respeto por los débiles, la canchereada constante. Su comentarista es Enrique Borja, un ex futbolista mexicano que acierta poco y sufre para estructurarse alrededor de sujeto y predicado, pero le perdonamos todo porque parece un abuelo bueno. En otra de las parejas relatoras, el comentarista es José Luis Chilavert, que opera sin disimulo sus intenciones de ser el próximo técnico de Paraguay: en el partido contra Inglaterra, todos sus comentarios eran en contra de la selección de su país (“es lamentable el estado físico de algunos jugadores, no se puede venir al Mundial de vacaciones”), incluso criticando al árbitro cuando pitaba a favor de los guaraníes. Mañana voy a ver si me paso a ESPN, que son más aburridos pero parecen ver los partidos desde más cerca, son mejores leyendo los cambios tácticos y, como están en una cruzada evangelizadora para seducir al público estadounidense, dan mucha información sobre los jugadores y los equipos. Es raro vivir el Mundial acá, donde a casi todo el mundo le importa un carajo: también es refrescante, porque no tengo que soportar la unanimidad patriota habitual en Buenos Aires ni el bombardeo publicitario en celeste y blanco. Estoy viendo el Mundial, viendo los partidos, con una jefa brasileña que se apiadó de su tropa hispanoparlante, nos puso una tele y nos dejó hacer lo que quisiéramos mientras no cerremos tarde.
No tengo la autobiografía necesaria para opinar en detalle como Quintín sobre los árbitros: sólo tengo la impresión de que la solitaria tarjeta roja y los cero penales registrados hasta ahora no están cumpliendo su apocalíptico panorama de que el cuerpo de árbitros de la FIFA se había convertido en una nueva Gestapo en pantalones cortos. Por el contrario, el no-cobro de algunas jugadas, especialmente la del gol de Japón, le están dando a este Mundial un aire de libertinaje siga-siga que puede ser beneficioso para que otros sectores, especialmente técnicos y periodistas, saquen a pasear su sensualidad y dejen el botonismo de lado.


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