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Catenaccio

13 06 2006 - 11:30

Al café cortado del bar Córdoba esquina Fritz Roy siempre lo sirven quemado, pero igual todos pedimos una vuelta. Nos acomodamos en una mesa, prendemos un pucho y escuchamos el hablar jeringoso de Bilardo que dice “Italia está bien, está bien, está bien”, o “Italia va, va, va”, justificando de manera incomprensible esas y todas las frases que dirá durante la transmisión. Por lo menos no repite que a sus jugadores les hacía practicar el himno.

Vemos Italia-Ghana y el partido nos entusiasma un poco. Por Italia, candidato eterno. Por Ghana, y la promesa de alguna epopeya con sabor a revancha de la especie.

Un periodista italiano decía que Italia era un país hembra y, como tal, debía hacer todo lo posible para no ser desvirgada. Aquel editor aplicaba esa metáfora en clave futbolera para justificar la defensa religiosa que históricamente su selección ha hecho de su propio arco, como si fuera un tesoro moral innegociable.

Ese ciego fanatismo por el cuidado de su propio arco, conocido como catenaccio, no es otra cosa que la exaltación del pragmatismo futbolero, sistema de juego que la nación del renacimiento empuña desde antes de la guerra con orgullo y fervor, como si fuera una más de las tantas manifestaciones de belleza que esa tierra ha generado.

Como ocurre en todos los mundiales desde que tengo memoria, cuando juega Italia se genera una expectativa parecida a la excitación, sensación que se diluye de inmediato, ni bien sus volantes nos recuerdan que no están para la sutileza sino para el rastrillaje. A veces siento que es más fácil que un alemán tire un caño o que un sueco simule un foul a que al equipo azzurro le hagan un gol.

Es cierto lo que dice Hernán I. que Pirlo y Tutti tienen más talento que nuestro mediocampo, pero eso no hace más que hablar mal de nuestro mediocampo. Los dos delanteros tanos, por otro lado, son de lo más prosaico que ha presentado Italia en mucho tiempo.

El partido con los ghaneses fue otra muestra del poder defensivo de un equipo que ha construido su fama a lo largo de la historia enarbolando orgullosamente el método “tolerancia al gol en contra: cero”.

En Italia no pareciera haber dilemas éticos. Se juega de esa forma, y punto. Todo el romanticismo que pueda albergar el país en otros rubros queda excluido del fútbol. Hay una histórica estructura –líbero, stopper, cuatro mediocampistas, dos puntas- a la que los jugadores, como si fueran notarios de una municipalidad, deben adecuarse, se llamen como se llamen.
Porque en Italia no hay estrellas. O si la hay, hay una sola. En su momento, Del Piero y Baggio no podían cohabitar en un mismo ataque. Hoy, si juega Totti el que no juega es Del Piero. Lo importante es que juegue Nesta, que corra Zambrotta, que salte Cannavaro, que deje la piel en la cancha Gatusso. Al menos antes tenían la amabilidad de colocar un delantero exquisito en el ataque. Jugaban Bettega, Bruno Conti, Paolo Rossi, el mismo Baggio. Desde Vieri, los atacantes tienen que medir más de 1,85 y, en lo posible, tatuarse las muñecas, como si pertenecieran a una cuadrilla de gladiadores. Luca Toni tiene al menos un nombre simpático –como si en vez de nombre y apellido tuviera dos apodos- y hace histriónicas morisquetas. Es más expresivo que Crespo.

Italia siempre ha tenido arqueros seguros (recuerdo a Zoff y a Peruzzi, Quintín se debe acordar de Albertossi). Hoy Bufón parece un security de un boliche. Es capaz de no dejar pasar a nadie. Parece tan seguro de sí como lo parecen Nesta y toda la defensa. El mejor, de todas formas, me parece Cannavaro. Me hace acordar a Passarella: no es alto, pero tiene dos resortes que lo hacen elevar hasta alturas insospechadas.
De Ghana me llamó la atención el segundo tiempo de Adjei, el arquerito que sacó algunos mano a mano y un par de disparos desde lejos. En el primer tiempo, en cambio, cuando salía a cortar centros parecía perseguir un salamín con cascabel adentro. No podía agarrar la pelota nunca. Después, aguantó su arco en el segundo, hasta el escalofriante error de Kuffour, defensor del Bayern Munich, célebre entre los hinchas de River por haber convertido el gol del triunfo ante Boca en la final de la Intercontinental del 2001.

Es curioso lo que ocurre con Italia: tiene una propensión maníaca por vulgarizar el juego, por industrializarlo y convertirlo en algo ramplón. Lo que nos provoca más bronca es, supongo, que pudiendo desarrollar un juego vinculado con la belleza elijen adocenarlo para conseguir, de ese modo, un resultado que de la otra manera, suponen ellos, no podría llegar.

La excepción es Andrea Pirlo, volante creativo devenido volante de contención, dueño de un manejo exquisito de la pelota.
Alguien dijo alguna vez que los italianos son tan generosos que le entregan la pelota al rival para ver qué hace con ella. Le regalan el balón y observan, replegados, si el rival es capaz de doblegarlo o si se enreda en su propio laberinto. Está claro que eso funcionó ayer con los ghaneses. Y está claro que Italia genera mucho respeto.

Mientras “saboreábamos” el segundo cortado, en la mesa coincidíamos en que nos encantaría ver un duelo de octavos de final entre Italia y Brasil. Sería como el choque de civilizaciones, una pelea por la carrera nuclear, el yin y el yan, el todo y la nada.

Veremos qué nos depara el Mundial en los próximos días. Hoy debuta Brasil. Todos deseamos su derrota, pero no por aversión, sino por temor. Brasil es un equipo lleno de promesas. ¿Podrá decorar el cielo alemán con sus estrellas?


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