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Diario del Mundial # 6.1

14 06 2006 - 09:21

Miércoles 14 de junio. 13 hs.

1. En su excelente nota de hoy, Hernán Iglesias se preguntaba por qué los españoles son objeto de antipatía futbolística. En mi caso, ya que no soy ajeno a ese sentimiento, se debe a una razón. Juegan mal. Juegan mal desde siempre. Los equipos españoles, desde el glorioso Real Madrid de Franco y de Di Stefano, viven del talento de los extranjeros. Mientras que la selección fue siempre una formación de cabotaje, la sombra doméstica del internacionalismo de los clubes. Ahora, que el Barcelona es digno campeón de Europa, ocurre lo mismo que hace cincuenta años.

2. Como decíamos, la selección española siempre fue un equipo mediocre. Hace un tiempo, su eslogan era la “furia”, que en la práctica consistía en once tipos que corrían como caballos locos en la cancha sin frenar jamás como para que se notara algún destello de calidad. Después el vértigo se apaciguó un poco y, desde hace unos años, España es un equipo que juega a un ritmo parejo, en el que ningún jugador se destaca (lo que despierta muy pocas expectativas cuando juega). Sus futbolistas suelen ser solidarios, esforzados y tratan de asociarse, pero practican un juego mecanizado, demasiado vertical y de muy escasa inspiración.

3. Mirando la formación inicial de España para hoy, sin Raúl (viejo, futbolísticamente bajo pero aún capaz de algún toque que demuestre que en el fútbol se puede inventar algo) y con Luis García, David Villa y el Niño Torres para atacar, no se puede esperar mucho de España (Torres no es tan malo como los otros y sería un buen complemento, no el único jugador del que cabe esperar alguna muestra de talento adelante). Sin embargo, si bien el ataque español no puede despertar muchas expectativas, el equipo ha logrado reforzar otros puestos respecto de campeonatos anteriores. Xavi es un muy buen mediocampista, elegante, inteligente y preciso en los pases. El hispanobrasileño Marcos Senna es un prolijo y sobrio recuperador como los números 5 de su país y el joven defensor Sergio Ramos es una revelación que, con más técnica, sintoniza en la frecuencia de garra y salud futbolística que Carles Puyol.

4. Está claro que uno no puede esperar milagros de España. ¿Cómo explicar, entonces, que haya producido la mayor goleada del campeonato hasta ahora? Es que España (4) – Ucrania (0) fue un partido completamente atípico y a los españoles los acompañó una dosis de suerte inusual. Ucrania salió tranquilo. Se lo veía un equipo lento pero organizado que confía en su defensa y en su estrella Shevchenko para atacar. Pero a los 16 minutos se encontró perdiendo dos a cero con dos goles de carambola. Primero fue un corner que Luis García quiso cabecear entre varios defensores, pero le pegó en el hombro y entró. En seguida, un tiro libre flojamente pateado por Villa se desvió en la barrera y descolocó al arquero. Ucrania, desconcertado, intentó replicar, pero en cada ataque le cobraron off –side, en parte por distracción de sus jugadores, en parte por errores del juez de línea. Sin concretar una maniobra precisa en ataque, los españoles se fueron ganando cómodamente al vestuario.

5. En el segundo tiempo, Ucrania hizo dos cambios y salió con más ganas. Pero allí lo golpeó nuevamente el rayo del infortunio, esta vez encarnado en el árbitro suizo Bussaca, que hizo lo que yo venía temiendo (y previendo) desde el principio del campeonato: decidir un partido mediante un penal inventado. Pero además, todo vino con yapa. Al minuto de juego, se escapó Villa apareado con el defensor Vashchuck. Este lo tomó o no lo tomó del pantalón o la camiseta, pero si hubo una falta, fue absolutamente imperceptible. Además, esto ocurrió fuera del área. Cuando entró al área, Villa definió mal al cuerpo del arquero pero, por las dudas, se tiró al piso. Bussaca llegó de lejos y pitó penal y expulsión del ucranio. Para colmo, Villa pateó mal el penal pero entró igual. Y allí, por supuesto, se terminó el partido. En el resto, los ucranianos deambularon y los españoles aburrieron. De la modorra generalizada se excluye el gol de Torres tras una gran jugada colectiva (la única) cuyo líder fue Puyol.

6. Tal vez yo sea el único en quejarme de esta situación pero lo de hoy es un escándalo doble. Por un lado, la rigidez de las disposiciones de FIFA llevan a que el fútbol cambie de naturaleza. Un jugador no puede ser expulsado por una falta ínfima que nadie vio. En todo caso, si se quiere cambiar el espíritu de las reglas de un modo tan flagrante, habría que permitir el reemplazo del expulsado en esas circunstancias. Pero, aparte, no se puede instruir a los árbitros para que salgan a dirigir con una lupa ni permitir que la consecuencia de un error sea múltiple. Si no hay criterio, el referato se transforma en arbitrariedad y el fútbol pasa a depender del azar en una mayor proporción de la debida. Me da mucha bronca que el suizo haya hecho esto hoy, pero más me la da quedarme hablando solo como un loco.

7. Para colmo, hoy Alejandro Fabbri, el comentarista de TP, estaba en uno de sus días paspados y se dedicó a denostar a los ucranianos hasta faltarles el respeto groseramente. Así fue como, ignorando las peculiares circunstancias del partido, los tildó de “murga impresentable” y los calificó del peor equipo del mundial. Como si quisiera irritarme personalmente, Fabbri se permitió, además, tildar con sarcasmo de “simpáticos” no solo a los ucranianos, sino a los saudíes y a los tunecinos. ¡Qué racistas que pueden llegar a ser los progres!

8. Una última apostilla al brillante artículo de Iglesias. La imagen de los jugadores argentinos en el exterior como más cercanos a Simeone que a Riquelme, responde a una realidad, a una larga batalla interna del fútbol argentino (que alguna vez asumió la forma de bilardistas contra menottistas pero que es mucho más complicada) y que terminó de mezclar los tantos cuando el mejor jugador de la historia se alistó en el bando de los canallas.

Esta nota es parte de la Cobertura Obsesiva de Alemania 2006, a cargo de Quintín.


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