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Las dos caras de la enfermera

18 06 2006 - 12:07

En el trabajo organizaron un prode del mundial.

Capaz que con esto parece que estoy en una multinacional, donde el departamento de marketing o el de recursos humanos hicieron un estudio mediante el cual llegaron a la conclusión de que un poco de timba iba a resultar estimulante para los empleados. Que así liberarán adrenalina retenida y sublimarán tensiones descargando líbido en un juego inocente, a la vez que minimizamos la pérdida de atención a las tareas habituales, con la merma de productividad aparejada. Aunque dicha merma ya está estudiada de antemano y sabemos que existe y es inevitable, porque la cadena de valor no depende de una sola unidad productiva en medio de un universo en el cual se distienden aquellas inquietudes que hacen funcionar a la máquina en forma pareja y constante. Quiero decir: en medio de todo esto, muchas personas dejamos de estar atentas a la certeza de que nos vamos a morir, y entonces no hacemos crecer la economía para mitigar ese vacío. No compramos tanto porque tenemos la cabeza puesta en otra cosa. Los combos de tele 29 pulgadas con dvd y 5.1 ya se vendieron todos antes de empezar, y ahora el comercio que no sacó productos afines como las botellitas de cocacola con forma de pelotita de fútbol, tiene que romperse el lomo para pensar las promos adecuadas, y aún así, no vas a lograr que el ritmo de ventas siga su curso normal mientras se pasan los partidos.

Sin embargo, la oficina en la que se armó el prode es bastante modesta, aunque pujante. La estructura empresarial es familiar, con la heredera como regente. Se valora la iniciativa y se evalúa al personal en forma espontánea, inspeccionando como quien no quiere la cosa las formas que aparecen en las pantallas. Si el sitio de internet que estás mirando pasa desapercibido, sos tan pujante como cualquier otro que se precie de conservar el puesto. Si en el momento que pasan posibles observadores estás cambiando de pantalla, sos candidato a la suspicacia. Pequeños detalles que hacen a las relaciones laborales. A los pujantes-pujantes, que se les dice proactivos o emprendedores en potencia, no los ves delante de la máquina más que en ráfagas muy precisas, cuando piden un informe o un dato concreto, y están hablando por teléfono o se levantan seguido de la silla.

Lo que a mí me llamó la atención fue ver a un programador, que charlaba con la regente como quien confirma un hallazgo importante o como cuando se encuentra la solución de un problema complicado. Ya lo tengo implementado, decía el programador, y a la regente le brillaban los ojitos como si hubiera conseguido una licencia para enriquecer uranio. En un lugar donde todos están pendientes de que tu actividad produzca beneficios para la empresa, el hecho de que un pibe tenga la iniciativa de armar en forma sistemática una timba y lleve su invento a la dirección en pos de compartirlo con todos los compañeros, y que además en la dirección lo reciban con los brazos abiertos y ofrezcan más recursos de la empresa para poner en marcha el plan, me da mucha curiosidad. Quisiera entender cómo interactúan esas líneas de fuerza, pero seguro que estoy complicando las cosas.

La profesora que te pescaba riéndote con tu copañero de banco decía ¿por qué no lo repite en voz alta, así nos reímos todos? Nunca me atreví a entender esa intervención en forma literal, aunque algunos de los grandotes que se sentaban atrás sí repitieron el chiste en más de una ocasión y lograron así algunos de los mejores momentos de la adolescencia. Las profesoras, que parecían tan severas, hasta podían reirse con los grandotes de atrás, y yo me quedaba desconcertado por aferrarme al reglamento, lo cual resultaba un prejuicio: el que rompía las reglas provocaba casi siempre una situación más favorable que la anterior. Pero esto no le sale a cualquiera, y por eso la cuestión de romper con las reglas se convirtió en un slogan tan exitoso para vender zapatillas.

Pero el trabajo no es como el colegio. O sí. Un programador diseña en horario de trabajo un programa para procesar el prode del mundial, se lo lleva a los dueños de la empresa y entonces cuenta con el beneplácito de la plana mayor y se mete en la agenda de la empresa con todo el ímpetu. Mientras imagino que esto debería ser sancionado como ajeno a la productividad de la empresa, ya que es algo tanto o más inútil que, digamos, escribir para tp en horario de oficina, resulta que a medida que pasa el tiempo, cada vez con más intensidad, las posiciones de los distintos participantes (dueños y empleados, que esto es de esas cosas en que se juega a la igualdad, y quizá por eso tenga tanto éxito) son el plato del día. No se habla de otra cosa (ni siquiera de fútbol), varones y mujeres se la pasan preguntándose cómo va el partido en curso y carajeando o festejando ante las distintas alternativas.

La timba está bien vista en los lugares de trabajo. A mayor rango en la pirámide, mejor prensa tienen las apuestas, y no logro descifrar por qué. Quizá porque al timbear se pone en escena, en un ambiente controlado, el juego de yo gano y vos perdés (el competir en sí, claro), quizá porque en la filosofía empresaria el azar es la metafísica de las inversiones. Pero además de las apuestas de oficina, donde se ponen diez pesos y se arma un pozo de doscientos cuarenta, con la obligación para el ganador de comprar facturas para todos, se juegan roles diversos de identificación en los lugares de trabajo, sin que haya guita de por medio.

El 11 de junio de 2002 fue cuando la selección quedó eliminada frente a Suecia. No lo recordaría ni en pedo si no fuera porque esa noche nació mi hijo. Aún así, podría no recordarlo argumentando que la paternidad te hace olvidar de todo, que te cambia la vida y tantas cosas por el estilo de esas que ya estamos acostumbrados a escuchar desde hace años, porque si hacés este tipo de comentarios al convertirte en padre es como si continuaras siendo un tipo reflexivo (si alguna vez lo fuiste), o como si abrieras el paraguas ante la posibilidad de que para tus amigos te hayas convertido en un pelotudo. Eso aunque sólo hayas cambiado de gremio, o de lado del mostrador. Como si luego de tantas marchas en pos de crear la patria socialista y despotricar en contra de la plusvalía, te hubieras dado cuenta de que instalar un cyber es un buen negocio, siempre y cuando el pibe que ponés a despachar cabinas tenga empuje y no te pase con las tarjetas movistar o con escaneos que cobra y se los mete en el bolsillo. Y entienda además que para que a vos te cierren los números, a él le tenés que pagar lo que le pagás. El problema no era la relación explotado-explotador, sino que algún día tenías que irte de la casa de papá, y el irse tiene sus consecuencias. Estaba entonces en que podría no recordar este asunto porque la paternidad te hace olvidar, pero no es que mis recuerdos se hayan impuesto a la paternidad, sino que la forma en que se desarrolló todo no me deja alternativa.

La situación preparto era de lo más apacible. Se trataba de una cesárea programada, y mientras nos distraíamos pensando que el único problema inmediato era definir el nombre del nene y barajábamos las distintas alternativas, la enfermera que concretó la internación, que nos abrió el cuarto y nos mostró el botón para llamarla y el mecanismo para subir y bajar la cama, tenía una sonrisa de oreja a oreja. Llevaba en la cabeza un sombrero celeste y blanco con forma de galera, que me resultaba mucho más excéntrico que los más comunes de cuatro picos, tipo arlequín. Se venía la hora del partido, y el clima en la clínica Otamendi Miroli era de algarabía. El plan 310 nos habilitaba a parir en el lugar donde todo el mundo encumbrado comenta que está el equipo líder en neonatología. Que cualquier cosa que pase, no vas a estar mejor atendido que ahí. La enfermera te conducía entonces con la galera argentina, y no daba la sensación que ahora dan los chicos del café Fabiano, que hacen delivery de un cortado en jarrito con sobres de azúcar Segafredo en una campana de acrílico inmensa atravesando veredas, pasillos y ascensores, y que sin duda la camiseta celeste y blanca que tienen puesta es una política corporativa., o como en tantas empresas que tienen un mostrador donde cajeros con la celeste y blanca puesta cobran las cuotas de los zapatos o incluso de otras remeras de la Selección Nacional. Tuve acceso reciente a comunicaciones corporativas donde se especifican de manera precisa todas las circunstancias en que ha de usarse la camiseta de la selección, así como también se planifica dotar de remeras ah-hoc a todos aquellos que permanezcan en planta a la hora de los partidos, con beneficios adicionales tales como sanguchitos de miga y algún otro refrigerio.

Pero la enfermera del Otamendi parecía cortarse sola. La suya no era una actitud corporativa, pienso, porque yo no veía corrillos de personal hospitalario portando todos los mismos gorritos. La sensación, esa noche, era que la enfermera podía hacer su trabajo como si estuviera en medio de un carnaval carioca, pero a lo mejor me equivoco y en realidad no vi a otra enfermera que no fuera esa. Mi mujer en cambio, que se pasó la mayor parte del tiempo viajando en camilla, dice recordar que no se trataba de un hecho aislado. Que cómo va a andar una enfermera sola haciéndose la barrabrava por los pasillos en una circunstancia como esa. No era actitud de barrabrava; lo suyo era más sutil, digo yo. Y cómo puede haber una sutileza de ese tipo en la clínica Otamendi Miroli que no sea corporativa, pienso antes de que mi mujer me siga contestando. Me da terror cuando siento que mis recuerdos son tan endebles. Decime que los médicos no tenían insignias, le pido. No obstante, aún suponiendo que la galera fuese una política de estímulo a los empleados de Otamendi, había algo personal en el entusiasmo de la enfermera vistiendo la galera. Como si en ese momento fuera dueña y señora de la clínica, como si se pudiera unir en un mismo acto el operar la realidad de enfermera que enseña el funcionamiento de la habitación y participar en la empresa y sus ganancias.

Yo abrigaba en secreto la esperanza de vivir el parto no como un trámite, pero sí como un hecho que, aunque importante, no me impediría hacerme una escapada a algún rincón en el que hubiera un televisor andando. Nuestra habitación tenía televisor, pero te cobraban aparte para prenderlo. Siendo nosotros detractores de la tele, no íbamos a contratar ese servicio precisamente en ese momento. No daba. Yo un poco de ganas tenía, en realidad. Pero con tantos años de lucha generacional, de reacción en contra del modelo paterno del televisor como diluyente de los conflictos, tantas noches de silencio semicircular de familia que come milanesas mientras cada integrante vuelve la vista en forma intermitente hacia el aparato y hacia el padre, que es el único que mantiene los ojos fijos en la pantalla que tiene justo enfrente; no podía inaugurar mi propio patriarcado mirando la tele ante mi hijo recién nacido. Le daba vueltas al asunto, y tanto el plan de fuga como el de ver el partido ahí adentro no cerraban de ninguna manera.

Pero todo lo anterior fue pura especulación previa. Durante el parto y muy a mi pesar me olvidé de todo, y después esperábamos que nos trajeran el bebé a la pieza y maquinábamos que en ese rato que pasaba por la nursery sería sustraído o intercambiado (¿por qué habíamos permitido que lo apartaran de nosotros?), y una vez que estuvimos los tres juntos (o que estaban ellos dos juntos y yo daba vueltas alrededor), me dormitaba porque me sentía apaleado y me despertaba unos minutos después con el llanto interminable, pensando que me había tocado finalmente el infierno. Pero esto es otra digresión que me aparta de lo que quería contar, y si sigo por acá no vuelvo más. En resumen, del partido me había olvidado. Hasta que, en algún despertar impreciso de una noche que no se termina nunca, volvió la enfermera.

Esta vez, se parecía a la máscara de la tragedia que ponían en los títulos de los tres chiflados y que a mi me daba miedo de chico. La galera se había convertido en bonete de pompón caído, o así lo recuerdo yo. Le pregunté el resultado del partido de puro morboso, como tomándome una pequeña revancha por no haber podido verlo. Su expresión al decir nos eliminaron fue como si se le hubiera muerto un bebé de los que tenía que cuidar, y la institución y todo el equipo de neonatología la hubiera dejado sola en ese trance. No podía entender que ellos nos hayan querido ganar a nosotros, que ellos también quisieran ganar.

Ya no parecía dueña de Otamendi Miroli.

Le ofrecía un calmante a mi mujer. Y también llevar el bebé a la nursery, para que pudiéramos dormir un rato.


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