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Walker, Texas Ranger

3 10 2004 - 09:31

Después del lamentable affaire Rohter, uno quería creer que los gobernantes progresistas de la región no se dejarían llevar otra vez por rabia pura y dura frente a brotes de estupidez de parte de periodistas extranjeros. Vana ilusión. Ahora tenemos un incidente diplomático porque al bueno de Ignacio Walker se le ocurrió hace cinco meses decir en voz alta lo que la totalidad de la clase política chilena debe pensar en sus fueros más íntimos: que el peronismo es una mierda.

Pueden ser poco decorosas las ideas del democristiano “desbocado”. Por ahí son más propias del año de su nacimiento —1956— que del momento actual. “La verdad que en el siglo XXI leer lo que uno tuvo que leer anteayer nos sorprendió”, comentaron escandalizados desde la cancillería en Buenos Aires. Pero lo que realmente escandaliza es que en pleno siglo XXI alguien pueda enojarse por la observación banal de que el peronismo tiene “rasgos autoritarios, corporativos y fascistoides”.

Convengamos en que la mejor manera de refutar el argumento no es pedir la cabeza de quien lo formula. Pero en un acto de ceguera realmente notable, ahí vamos. Ojalá que nadie en la cancillería chilena esté revolviendo las publicaciones de Bielsa ahora…

Pobre Walker. Asumió como canciller de puro “team player” en medio de una pequeña crisis de gabinete – lo tenían destinado a Italia, un país cuya política le resulta descifrable y hasta simpática – y de entrada le toca esto. Supongo que cualquier columnista de El Mercurio lo tiene merecido, pero no es cualquier columnista nuestro insigne politólogo. Otros graduados de Princeton habrá entre esas filas, pero no creo que el libro de ningún otro figure en la biblioteca de la Fundación Gramsci. Tampoco debe haber muchos que hayan trabajado en la Vicaría de la Solidaridad.

Claro que el artículo en cuestión es un compendio de lugares comunes, más digno de un editorial de La Nación que de alguien con libros en su haber sobre “Socialismo y democracia”. Ver al peronismo como el pecado decisivo del siglo XX argentino no es ni original ni especialmente convincente. Más bien es característico, podríamos decir, concordando momentánea e insólitamente con Jotapé Feinmann, de una mirada política que se afinó mediante comparaciones entre Chile y Europa.

Sobre todo cuando dice cosas como, por ejemplo,

“La situación, desde entonces, sólo ha empeorado. Baste señalar que, hoy, mientras alrededor del 40 por ciento de los argentinos vive bajo la línea de la pobreza, en 1974, al asumir Isabel Perón, iniciando otro de los momentos de crisis, sólo el cinco por ciento de la población se encontraba en esa situación.”

Obviando que el logro de apenas cinco por ciento de pobres era, mal que le pese, producto de la masiva redistribución del ingreso llevado a cabo en los cuarenta. Una conquista peronista, como quien dice.

Pero no se trata de reivindicar las glorias pasadas del General. La pregunta más bien es hacia dónde van Kirchner y los merry pranksters del transversalismo. A juzgar por esto, hacia ningún lado. No deja de ser notable que un intelectual chileno que ha dedicado su carrera a repensar la experiencia de los setenta para construir una cultura política democrática revele un pensar tan desinformado y elemental sobre el país vecino.

Pero semejante reacción desaforada a un juicio tan ampliamente compartido fuera del país tampoco augura la construcción de un pensamiento renovado o especialmente productivo. Del mismo modo, a una actuación más bien modesta en la militancia setentista parece corresponder una reivindicación cada vez más doctrinaria de esa militancia, y aquí la distancia histórica y política del mítico 45 sólo parece intensificar la afronta de unos comentarios carentes de originalidad o interés. El producto final es un enfrentamiento absurdo, con actuaciones más dignas de otros Walker, cowboys como aquel de la serie de televisión, o el otro, de la Casa Blanca.


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