Click here
Recently:




Miguel

Dec 2, 2015

Octubre de 2014. Miguel Sal me invita a comer a una de sus parrillas predilectas, para mantener su ya famoso ritmo de “un centímetro de tira de asado por hora” en sus estadías en Buenos Aires. El lugar se llama Fervor y tiene un asado milagroso: un rectángulo perfecto que sintetiza todo lo que uno puede esperar de nuestro corte más noble (en Fervor, de hecho, había conocido a Miguel varios meses atrás). Éramos tres: a Miguel y yo se sumaba una amiga de los dos. Compartimos dos botellas de buen vino, pero cada uno tuvo su porción de asado y se comieron sendas empanadas. El plan era sumarse a varios amigos que nos iban a estar esperando para una copa tardía en el bar del hotel Plaza, uno de los puntos de encuentro más habituales de nuestro grupo (aunque Miguel prefería otros hoteles, y sobre todo el Alvear, tenía a ese bar como su preferido). Terminada la comida en Fervor, entonces, nos subimos a un taxi para dirigirnos hacia el Plaza. Serían las once y media de la noche. Era sábado. La noche recién empezaba.

Llegamos al Plaza. Nos estaba esperando el grupo. Nos saludamos con toda la pompa: siempre que Miguel se integraba a algún conjunto humano, aunque hubiera visto a todos sus miembros el día anterior, se producía una pequeña fiesta de besos, risas y abrazos. Pedimos las copas. Miguel ordenó su trago de cabecera: whisky sour (de los cincuenta tragos que me habré tomado con él, 25 deben haber sido whisky sours; 15, negronis; 8, gin tonics; y 2 bloody marys. Aproximadamente). Pero ni bien hubieron llegado los pedidos a la mesa, Miguel empezó: “Perdí uno de los teléfonos, perdí uno de los teléfonos”. Miguel tenía dos teléfonos en aquel entonces: uno español y otro italiano, pues vivía entre Bolonia y Barcelona y no quería pagar 3000 euros mensuales de roaming (en el último tiempo sumó una línea estadounidense, por su incipiente trabajo en ese país). Había perdido el italiano: un iPhone 6 Plus recién comprado, por el que había estado en lista de espera en el local boloñés de Apple. El español era otro iPhone 6, pero no Plus. Peor imposible.

Yo le dije que no podía ser cierto: “No podés ser tan salame, seguro que no quedó en el taxi, fijate bien”. Pero en realidad era verosímil: Miguel siempre estaba con los teléfonos en las manos, cuando no tenía también una cámara de fotos enorme colgando de algún lado. Se fijó bien y era cierto: no lo tenía encima. Ahí recordó un instrumento que sería central en el desarrollo de la velada: la aplicación “Find my iPhone”. Con ella, Miguel podía rastrear en el teléfono que todavía estaba con él (el español) la ubicación del extraviado. Y el panorama era desolador: el teléfono se alejaba a toda velocidad por alguna avenida o incluso autopista. Con estupor, lo veíamos internarse a la velocidad del rayo en las profundidades de Pompeya.

“¡Andá a buscarlo!”, le digo.
“Sí, ¿no? Voy.”
“Sí, andá, o yo te acompaño.”
“Ah… No: yo tengo que estar acá. Necesito el wi-fi del hotel para poder usar la aplicación y saber dónde está el teléfono.”
“Bueno, yo voy: andá llamándome para contarme dónde está el teléfono o mandarme screenshots de la aplicación por WhatsApp.”

Miguel se entusiasmó con la idea, agradeció, yo lo previne de que lo más probable era que no funcionara pero que haría lo imposible y, munido de 500 pesos para imprevistos que sacó de su bolsillo, partí a la carrera por la escalera de la hotel Plaza, al grito de: “¡Taxi, taxi!”. Me subí en seguida a un auto. Desazón: lo manejaba una mujer, y de cierta edad. Ambos prejuicios, combinados con lo urgente de la situación, me desanimaron, pero decidí conjurar lo que parecía ser un mal comienzo con estas palabras: “¡Señora! Espero que le guste la aventura”, y seguí: “Un amigo perdió un teléfono pero lo puede rastrear y tenemos que recuperarlo. Por ahora, está en Pompeya”.

La taxista se entusiasmó en seguida, agarró Marcelo T., la 9 de Julio y se subió a la autopista como una saeta. Yo mientras iba hablando con Miguel, que, estimulado con la aventura y con el combustible del whisky sour (del que yo carecía), me iba indicando las calles por las que doblaba el celular. Me temía tener que interceptarlo en un semáforo, a la vez que la taxista advertía: “Si sigue por esa calle es que está yendo a la villa, y decile a tu amigo que no vamos a entrar en la villa”. Finalmente, un dato alentador: el teléfono se había quedado quieto en una calle que, si bien era cercana a la villa (unas dos o tres cuadras), no estaba exactamente dentro de ella. Todo indicaba que el auto en el que yacía el teléfono (a sabiendas o no de su conductor) estaba estacionado.

Nos dirigimos con la taxista a la cuadra en cuestión: Iguazú entre Osvaldo Cruz y el Riachuelo. Avanzando con toda la cautela imaginable, la señora me dice: “Mirá, vos bajate, yo voy dando vuelta el auto, así si viene alguno medio raro te subís y salimos rajando. Estate atento”. Me bajo del auto, ella hace una vuelta en U y me empieza a seguir: cada metro que yo me movía, me acompañaba. Desterré todos mis prejuicios y espero que también lo haga el lector: a sus indiscutibles dotes al volante la señora le sumaba el conocimiento perfecto de la ciudad y el amor de una abuela improvisada, que en ese trance no podría haber sido más oportuno.

Al bajar veo un taxi estacionado más o menos por donde el puntito rojo de los screenshots de Miguel parecía sugerir que debía estar el teléfono. Lo llamo (en realidad, lector suspicaz que ya se debe haber hecho esta pregunta, todas estas comunicaciones teléfonicas las hacía Miguel con el teléfono de nuestra amiga, para que las llamadas fueran locales, mientras revisaba en el suyo el estatus del teléfono perdido) y le digo que llame, que lo haga sonar, a ver si lo veo o lo oigo dentro del auto estacionado. Lo hace, sin resultado. No se ve nada. Pensamos que quizás estaba sin batería, sin advertir que de haberlo estado no habría sido rastreable. Como sea, estábamos muy confiados de que el teléfono estaba adentro de ese taxi y de que su chofer (el que nos había llevado de Fervor al Plaza) no tenía la menor idea del extravío.

El reloj marcaba la una de la mañana. Me armo de valor y toco el timbre en la casa en cuya puerta estaba estacionado el taxi. Una señora muy atenta me viene a abrir, le cuento el caso brevemente, se interesa en seguida pero expresa, con tristeza, que ni el taxi era de ella ni de nadie que viviera en su pasillo, y que de hecho no conocía a ningún taxista en toda la cuadra. Es más: “No hay ningún taxista en toda la cuadra. Quizás vive en la villa y lo estaciona acá porque hay luz”, arriesgó. Ante tal escenario desolador, me acerco de nuevo al auto en cuestión y trato de encontrar algún teléfono al que comunicarme. Había dos números registrados en el vidrio trasero. Llamo al primero, y me atiende una persona muy malhumorada: era el dueño del auto, que ante mi requisitoria me dice que no tiene contacto con el chofer a esta hora, que ya se fue a dormir y que lo llame a la mañana para tratar de resolver el problema. Llamo al otro teléfono en el vidrio y me atiende la misma persona. Le pido disculpas y, desilusionado, lo llamo a Miguel:

“Mirá, parece ser que el taxista no vive acá y que está durmiendo y que no hay forma de contactarlo ahora. Le dejé una nota pegada en el vidrio y mañana a la mañana lo vamos a llamar. Le saqué fotos a la patente y a la puerta con el número de licencia. No debería haber problemas”.
“OK, venite para acá que te estamos esperando en el bar y es la una y media de la mañana.”
“Bueno, voy. Qué pena, igual.”
“No pasa nada. Mañana llamamos…

Pará.
Fijate en el mapa que te mandé: es muy sensible el aparato este, y el punto rojo parece estar como metido dentro de la vereda; no parece estar en la calle. ¿No será otro auto?”

Con esta nueva información razono en voz alta: “Ha de ser un garage entonces. Dejame ver y te aviso”. Me pongo a ver casas y edificios con garage en la cuadra en la que parecía estar el teléfono y toco, al azar, algunos timbres. Debo haberles explicado la historia a diez personas, que me escucharon en casas, conventillos, edificios, a través de rejas, ventanas, con puertas abiertas, cerradas, pero siempre atónitos y bien dispuestos. Ninguno tenía idea de lo que le estaba preguntando. Se acercaban las dos de la mañana y yo estaba por renunciar al proyecto, pero ahora con mayor desasosiego que antes porque ya había abandonado la idea de que el teléfono estaba en el taxi estacionado, en virtud de la verdad evidente de la hipótesis del garage. Sabía que el teléfono estaba en esa cuadra, pero sabía también que si no lo recuperaba entonces, difícilmente lograra hacerlo nunca. Y, aunque lo que más me divertía era el plan en sí mismo y la ilusión que me hacía recuperar un objeto perdido, saber la fortuna que el teléfono había costado volvía todavía más difícil tomar la decisión de abandonar la empresa.

Pero ya era tarde. Me iba a ir, y le pediría disculpas a Miguel por haber fracasado. Sabía que no estaría enojado más que con sí mismo, como mucho; compartiríamos la decepción por la derrota, pero nada más que eso. En realidad, él, que había perdido una cámara y todos sus lentes en un taxi (por un valor que cuadruplicaba al del teléfono), entre varias otras cosas, ya estaba acostumbrado.

Estaba ya, literalmente, con la mano en la manija de la puerta del taxi de la señora, que estaba aliviada por el inminente regreso al centro porteño, cuando veo que se acerca una moto en la cuadra siguiente. La única persona a la que todavía podía preguntarle algo, pasadas las dos de la mañana, cuando ya no podía darme el lujo de seguir tocando timbres así como así. Corro a interceptarla y, al verme, se asusta y trata de entrar más rápido a su casa, con la moto. Le grito: “Esperá, esperá, te tengo que hacer una pregunta”. Me espera, le cuento la historia y le pregunto si sabe quién puede tener un taxi estacionado. Me dice: “Mirá, en ese edificio blanco que está ahí, de tres pisos –al lado de la casa de la señora que me había dicho que no había ningún taxista en toda la cuadra– creo que vive un taxista. Fijate”. Le agradezco y recorro esos metros sabiendo que estaba por jugarme mi última carta y que tampoco era demasiado buena. Toco uno de los tres timbres, al azar, y sale un señor corpulento y en cueros por un balcón a preguntar qué pasa. Le explico todo y, con empatía, lamenta no poder ayudarme. Duro golpe.

Pero entonces vi que se abría una puerta, de una casa de una sola planta, al lado de donde yo estaba, una puerta de una casa con garage. Al ver esa puerta y la luz que salía de ella, una especie de intuición divina me golpeó. Alguien empieza a salir por la puerta mientras pregunta: “¿Qué es lo que pasa?”. Le agradezco al gordo del balcón y me acerco a la otra puerta. Estoy cara a cara con un hombre que sabía exactamente lo que le iba a decir: “¿Usted es taxista?” “Sí.” “Yo me tomé su taxi en un restorán y me bajé en el hotel Plaza. Perdí un teléfono.” “Sí, lo perdiste.” “¿Lo tiene usted?” “Sí. Ahora te lo traigo.”

Me desbordaba el entusiasmo pero todavía quería ver el artefacto. Lo va a buscar (lo había dejado en el auto, efectivamente, dentro del garage de su casa) y me lo muestra. Era el teléfono de Miguel. El iPhone 6 Plus. Miles y miles de pesos, y, finalmente, la justificación de toda la aventura. Ahí estaba. El taxista me explicó que unos chicos que se subieron después que nosotros estuvieron toqueteándolo un poco pero que se lo terminaron dejando. Le di una magra recompensa de cien pesos (que no quiso aceptar hasta que insistí: “Por las molestias”: en realidad, si le hubiera dado cien pesos a cada persona que molesté esa noche no me habría alcanzado ni vendiendo el teléfono recuperado) y, exultante como nunca, contento por mí, por la señora taxista, por Miguel y por todos los amigos, me subí al taxi para volver al centro.

Nunca termino de decidir si decirle a Miguel (que ya no tenía ninguna esperanza, después de haber pasado una media hora sin noticias mías) que había recuperado el aparato fue un error o no. Quizás debería haberlo apagado, esperado a llegar al bar, hacerme el distraído y de repente desenfundar. Pero, por ansioso o por bueno (ustedes dirán), no lo hice. Llegamos al bar con la taxista. Los muchachos habían cambiado de locación: del Plaza se habían ido a Dadá por lo avanzado de la hora. El viaje salió unos 120 pesos: le di a la taxista los 400 pesos que me restaban del fondo de imprevistos que me había dado Miguel.

Entré con el teléfono como si estuviera empuñando la antorcha olímpica; con la otra mano, entre los gritos y abrazos de todos, más exaltados que los habituales, agarré uno de los varios whiskies que estaban dando vueltas por la mesa. Seguimos tomando por varias horas; la excitación por el operativo no decrecía sino que, regada por el alcohol, no dejaba de incrementarse.

Al otro día me encuentro con Miguel en el Teatro Colón. Viene a verme a mi oficina en el Centro de Experimentación, por un trabajo que estábamos haciendo juntos y que era lo que, de hecho, lo había traído a Buenos Aires ese octubre, invitado por el Teatro. Volvemos a reírnos por todo, le conté que a las 7 AM me había llamado el chofer del taxi del que sospechamos en primer lugar, furioso, pensando que lo estaba acusando de ladrón, diciéndome que había jodido a todo el barrio y que me iba a matar… Pasada esa anécdota apendicular, me hace esta pregunta: “Che, ¿y qué teléfono tenés vos ahora?”. Le digo: “Un Motorola muy lindo que me compré hace poco”. “Bueno”, me dice, “ahora tenés este”, saca un iPhone 5 del bolsillo, espléndido, y me lo regala. Le digo que no puedo aceptar, sabiendo que eso nunca funcionaba con Miguel, con ninguno de sus infinitos regalos ni invitaciones. Ese es mi teléfono desde entonces, y me apena tener la certeza de no poder agregar: “Y siempre lo será”.

De todo este episodio obtuve, por lo pronto, tres cosas: la mejor anécdota de toda mi vida, un teléfono espectacular y una suerte de rito iniciático que selló, aunque no hiciera falta, nuestra amistad con Miguel de un modo muy especial.

Todas las personas con las que estuve hablando sobre Miguel en estos días me dijeron más o menos lo mismo: “Miguel te hacía sentir la persona más especial del mundo”, “Miguel solo tenía mejores amigos”, “Miguel era como Marylin Monroe: al final de la noche todos estaban seguros de que se iban a ir con ella”. Se me perdonará lo burdo de la metáfora: Miguel era un sol y todos nosotros orbitábamos alrededor de él. Todos los amigos de Miguel estábamos pendientes de las cosas que estaba haciendo y no haciendo, de sus aventuras y sus viajes, de cuándo iba a venir a la Argentina, siempre dispuestos a posponer cualquier otra cosa para poder encontrarnos con él. Y él, en su movimiento constante e infatigable, lograba de alguna manera congelar el tiempo para poder encontrarse con todos los que quisieran verlo, hablar y trabajar con él, escucharlo y conversar; en fin, lograba hacer todo cuanto le propusieran. Como dice su avatar de WhatsApp: “Yes to all”.

Mi órbita alrededor de Miguel dio una pirueta extraña con la historia del teléfono, pero se volvió definitivamente estrambótica cuando ocurrió lo siguiente.

Muchos meses más tarde del operativo de recuperación (durante este año, de hecho) una amiga italiana, que no tenía la menor idea de nuestra aventura en Pompeya, le manda a Miguel este mensaje: “Me tomé un taxi en París y el taxista me contó una historia acerca de un arquitecto italiano que perdió un teléfono en un taxi en Buenos Aires y terminó organizando un operativo en las afueras de la ciudad para recuperarlo. ¿O no que eras vos?”.

Miguel y yo terminamos enterándonos de que nuestra modesta aventura había cruzado el Atlántico y era comentada por taxistas del viejo continente, que la relataban a su vez a sus pasajeros, una de las cuales resultó ser una amiga de Miguel que adivinó todo lo sucedido.

Suena increíble, es cierto. Y sin embargo, conociendo a Miguel, sabiendo de todos sus amigos, de cuánta gente lo quería, de cuántas historias extraordinarias había vivido, de su energía inagotable y avasalladora, también suena un poco inevitable.

Del mismo autor:
La carta robada. Una parábola
El análogo
El Imperio del Bien
El salario del miedo
Llamado a la cordura
Violín y otras mentiras
Carlotto o la épica de la inconsistencia
Moreno Todoterreno
Evidencia II
La ventana


————————————