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Testamento: 1.1 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (primera parte)

Jul 14, 2012

El problema ha sido siempre el mismo: los que fueron a la escuela de la revolución aprendieron y supieron de antemano que curso una revolución debe tomar. Fue el curso de los acontecimientos. (…) Ellos habían adquirido la capacidad de representar cualquier papel que el gran drama de la historia les asignara y, si no hubiera otro papel a su disposición que no fuera el de villano, estaban más que dispuestos a aceptarlo, en lugar de quedarse afuera. (…) Hay cierta grandiosidad absurda en el espectáculo de estos hombres – que se atrevieron a desafiar a todos los poderes y las autoridades del mundo, y cuyo coraje no tenía ninguna duda – sometiéndose, a menudo, de la noche a la mañana, con humildad y sin siquiera un grito, a la llamada de la necesidad histórica, por más loco e incongruente que les debe haber parecido el aspecto exterior de esta necesidad. Ellos fueron engañados, no por las palabras de Danton, Robespierre y Saint-Just y todos las otras que les sonaban en los oídos, fueron engañados por la historia y se convirtieron en los locos de la historia.

Hannah Arendt (1906-1975)

La mayor diferencia entre los modelos de acción de las guerrillas urbana y rural está en la cuestión del terrorismo. Varios países de América Latina pasaron de un tipo de guerrilla a otro sin darse cuenta del cambio de valores que sigue a este cambio. La idealización romántica de la revolución cubana se extendió a ambos modelos, cuando en realidad la urbana es mucho más terrorismo que guerrilla. Sus miembros pagarían caro ese error.

Los guerrilleros urbanos sólo pensaban en el enemigo, ignoraban el poder deletéreo del terrorismo para la calidad de la guerra. El terror es la mejor palanca para una escalada a los extremos de violencia en los conflictos armados. Carl von Clausewitz, en su conocido libro De la Guerra, comprueba que, en general, las guerras no llegan a los extremos de violencia, aunque conceptualmente las mismas implican dinámicas en las que, para ganar, los dos lados son llevados hacia los extremos. Según él, las razones moderadoras del uso de la violencia son muchas, incluyendo la presencia de factores morales, y sobre todo que la guerra siempre se subordina a objetivos políticos. En particular, este último aspecto supone que los agentes conservan a lo largo del proceso un grado relativamente alto de racionalidad. Clausewitz no hace referencia a la cuestión del terror; él estudiaba la guerra convencional de su tiempo. Pero aun así es fácil ver que cuando el terror se introduce en el medio de la guerra, la racionalidad de los actores tiende a eclipsarse y la importancia de los factores morales y políticos a disminuir, ya que aumenta el deseo inmediato de venganza. La cual, paradójicamente, se hace más insaciable cuanto más avanza por el camino del terror. El terror genera sentimientos profundamente negativos como el miedo y el resentimiento, que alimentan el círculo vicioso de la venganza de las fuerzas combatientes afectadas. Así, el terrorismo lleva la guerra a los extremos del exterminio cruel del enemigo, dejando cada vez más lejos a los factores políticos y morales iniciales. Sólo la rendición incondicional de uno de los lados —y no siempre— puede evitar este exterminio. En algunos casos, como en los estados totalitarios, incluso después de la eliminación del supuesto enemigo, el terror sigue retroalimentándose a lo largo de los años.

En su conocido manual, La Guerra de Guerrillas, publicado en el calor de los combates en Cuba, Che Guevara receta la guerrilla rural para toda América Latina, rechazando explícitamente el terrorismo por considerarlo una acción que dificulta el trabajo político con las masas. Su opinión reflejaba el consenso del viejo marxismo, que identificaba al terrorismo tradicionalmente con la derecha y repudiaba la atracción que ejercía sobre los anarquistas. Tras el fracaso de los intentos de guerrilla rural en los años 60, en América Latina se cambia el curso de la dinámica revolucionaria del campo a las ciudades. En este nuevo contexto Carlos Marighella publica, en 1969, el Manual del Guerrillero Urbano, un libro de referencia para los distintos grupos del continente, incluso los argentinos. El líder brasileño caracteriza las ejecuciones, los secuestros y el terrorismo en general como modelos de acción legítimos de la guerrilla urbana, concluyendo con énfasis que “el terrorismo es un arma que el revolucionario no puede abandonar”. Mientras el terror en las zonas rurales era visto como contraproducente, en las ciudades era elogiado. El terrorismo dejó de ser patrimonio de la derecha al final de los 60. Che Guevara murió en 1967, una lástima. Aunque estimuló de manera insensata a la guerrilla en América Latina y en el mundo, quizás hubiera sido capaz de impedir el giro terrorista en nuestro continente. Era el único que tenía la autoridad moral para hacerlo.

La historia del terrorismo demuestra que él no está sujeto a una ideología. La acción violenta destinada a matar y a producir terror con fines políticos es una práctica que abarca todo el espectro de izquierda y de derecha por igual, a pesar de que su nombre no siempre sea reclamado de forma explícita, tal como lo hizo el líder brasileño. Durante el siglo 19 y las primeras décadas del 20 el terrorismo estuvo ligado principalmente a la izquierda anarquista y al nacionalismo separatista. Sin embargo, entre las dos guerras mundiales, los principales responsables por actos terroristas fueron de la extrema derecha fascista. En el contexto de la Guerra Fría el terrorismo surgió asociado a movimientos de extrema izquierda revolucionaria o de tipo nacionalista y/o separatista, abarcando tanto a países desarrollados de Europa como a subdesarrollados de América Latina, África y Asia. Por último, en el final del siglo 20 y principio del 21, surgió con más fuerza el terrorismo basado en la religión, como el de la organización islámica Al-Qaeda, que atacó las torres del World Trade Center. Este último fue acompañado por la Guerra contra el Terror del gobierno Bush, que utilizó el concepto como una etiqueta para identificar a la mayoría de los enemigos de los Estados Unidos, complicando aún más la comprensión del fenómeno.

Con el terrorismo de Estado pasa lo mismo: cualquier ideología o mentalidad, ya sea de izquierda, de derecha, nacionalista o religiosa, puede acompañarlo. A pesar de sus diferencias, la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, la China de Mao, la Argentina de Videla, la Serbia de Milosevic, la Camboya de Pol Pot, y el Irán de Ahmadinejad, entre otros, son Estados igualmente responsables por actos de terrorismo. Los comentarios anteriores permiten concluir que el fenómeno del terrorismo no debería ser caracterizado por sus objetivos, extremamente variados, sino por su capacidad para “envenenar” los conflictos llevando la violencia (y la confusión conceptual) hasta los extremos.

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En América Latina, no todas las guerrillas urbanas fueron igualmente terroristas. Los Montoneros de Argentina fueron probablemente el grupo que más adoptó este modelo de acción en los años 70, y los Tupamaros de Uruguay, los que menos. Por lo tanto, también será distinta la responsabilidad histórica de cada grupo por la instalación de la dialéctica de violencia de cada país.

En esa época nadie pensaba que una organización revolucionaria, aun cuando pusiera bombas y matara personas inocentes, pudiera ser terrorista. Igual que mis compañeros, yo era un terrorista de alma bella. La verdad es difícil de aceptar no sólo para aquellos que fueron guerrilleros, sino para la mayoría de los argentinos. Algunos autores sostienen que durante la dictadura militar, desde Onganía hasta Lanusse, el actor principal de la lucha revolucionaria fue la guerrilla y no el terrorismo, el cual aparecería progresivamente a partir de 1974, con el gobierno constitucional de Isabel Perón. Esta interpretación intenta dividir la lucha armada en dos fases, pero ocurre que en el caso de Montoneros la lógica e intencionalidades del terrorismo estuvieron presentes desde su primera acción pública: el secuestro y ejecución del general Aramburu, en 1970. Este debate es fundamental para la comprensión de las responsabilidades en el proceso de violencia que causó diez mil muertes trágicas – cuya autoría, en una cuenta aproximada, fue de mil (1000) por la Triple A, mil (1000) por las organizaciones revolucionarias y ocho mil (8000) por las fuerzas militares de la dictadura de Videla. Esta es una cuenta que, en la defensa de la dignidad de la historia argentina, se tendría que haber hecho con precisión y consenso público hace mucho tiempo. Mostrando falta de coherencia y bias ideológico, esta cuenta no está en la lista de las reivindicaciones de los movimientos o de los organismos estatales que se ocupan de los derechos humanos en la Argentina.

En la Argentina hubo guerrilla y terrorismo superpuestos casi desde el comienzo de la violencia revolucionaria. El terrorismo se presentó con un rostro bien definido en la ejecución del sindicalista peronista Vandor en 1969 (figura principal de la Confederación General del Trabajo— CGT, colaboracionista con la dictadura de Onganía y adversario de Perón), del general Aramburu en 1970 (arquitecto de la Revolución Libertadora que derrocó a Perón y presidente del gobierno de facto de 1955 a 1958), del sindicalista peronista Rucci en 1973 (secretario general de la CGT y aliado muy próximo de Perón), y del ex-ministro Mor Roig en 1974 (político ajeno al peronismo que como ministro del gobierno del general Lanusse articuló el pacto que permitió el retorno de la democracia en 1973). Todas estas operaciones fueron realizadas por comandos Montoneros (o que se integrarían después en la organización, como en el caso de Vandor). Los dos últimos asesinatos fueron perpetrados a pesar de que el país estaba bajo un régimen democrático, varios años antes de la llegada de la dictadura militar.

Entre otras cosas, el uso del terrorismo fue facilitado entre los Montoneros por la amalgama de componentes ideológicos contradictorios que impedían pensar en estrategias políticas realistas y coherentes. Al mismo tiempo, estos grandes gestos terroristas eran funcionales para el crecimiento de la organización, permitiendo sumar militantes de diversas corrientes ideológicas. Ellos podían venir tanto del catolicismo nacionalista de derecha, como de la teología de la liberación marxista, del peronismo revolucionario de derecha, del comunismo, y de otras variantes de la izquierda. Los Montoneros surgieron y consolidaron su organización en el culto a la violencia. Ellos fueron capaces de matar a todos los que se cruzaron por delante de su voluntad política, sin importarles su condición, ya fueran peronistas o antiperonistas, militares, políticos o sindicalistas.

Sin embargo, soy testigo de que nuestra motivación era noble. Conservo todavía un recuerdo feliz de mi vida en aquellos años. Fueron sombríos pero también llenos de desprendimiento, alegría y amor. Sé que nuestra intención no era hacer el mal por el mal en sí mismo, pero la astucia de la razón, irónica y perversa, pudo convertir hombres buenos en malos, sin darnos tiempo para tomar conciencia. El retorno de este camino sería extremamente difícil para la mayoría, casi imposible.

Los Montoneros ocultaron su ambición de poder por detrás del liderazgo de Perón, pero cuando se dio su retorno, y él no les entregó la dirección del movimiento peronista como esperaban, no dudaron en matar a Rucci para llamar la atención del líder sobre sus demandas, pero sin reconocer públicamente su autoría. Creían que la condición de revolucionarios les otorgaba el patrimonio de la historia, por ser dueños de la verdad se permitieron mentirles a sus contemporáneos (en el otro extremo del espectro político argentino la situación seria semejante, la historia mundial está llena de ejemplos de este tipo). Del mismo modo, años antes habían matado al general Aramburu para ser reconocidos como peronistas por Perón y por las masas. Así como intentaron ocultar la verdad de la muerte de Rucci, en el caso de Aramburu intentaron hacer desaparecer su cuerpo, con la supuesta intención de cambiarlo en el futuro por el de Eva Perón, secuestrado durante el gobierno de Aramburu.

Como Eva Perón murió de muerte natural, la saga de las desapariciones de personas asesinadas con intencionalidad política en la Argentina del siglo 20 no la incluye. Según mi conocimiento, esta triste saga comenzó en 1930 con el anarquista Penina, durante el gobierno del general Uriburu; siguió en 1955, con el comunista Ingalinella, en el gobierno del General Perón; continuó en 1962 con el peronista Vallese durante el gobierno provisional de Guido (que asumió tras el derrocamiento de Frondizi por los militares); hasta llegar al cuarto de la lista, el general Aramburu, cuyo cadáver permanecería desaparecido un mes y medio. El imaginario de los autores de la larga lista desaparecidos que vendría después se construyó con base en estos antecedentes.

Debido a que el asesinato de Rucci provocó una acelerada ascensión a los extremos de violencia, “envenenando” el gobierno de Perón en plena democracia, este atentado debería considerarse como el mayor acto terrorista de la guerrilla argentina en los años 70. Sin embargo, por ser un magnicidio, otro que convocó igualmente a los demonios fue el de Aramburu. Su cuerpo tardó en descansar en paz. Además del desaparecimiento sufrido después de su muerte, cuatro años después de enterrado en el Cementerio de la Recoleta volvería a pasar por lo mismo. Los Montoneros repitieron la hazaña para continuar insistiendo en la devolución del cadáver de Eva Perón. La trágica ironía de este último hecho es que el cuerpo de Evita había sido entregado a Perón en España tres años antes, en 1971: ¡era el general vivo que no lo querría traer de vuelta al país, no el general muerto! Si la primera desaparición del cadáver de Aramburu podía reivindicar alguna legitimidad, la segunda no tenía ninguna razón más que insultar la memoria de los militares argentinos. En favor de los Montoneros se podría decir que la falta de respeto a los muertos tiene una larga historia en la Argentina; el cadáver de Perón tampoco se salvó y tuvo sus manos mutiladas en 1987.

El escenario terrorista argentino de los años 70 tuvo todas las combinaciones posibles de terrorismo, uno más vinculado a los movimientos de la sociedad civil, otro más a los organismos estatales, y también casos intermedios, como la Triple A. Todos se retroalimentaron entre sí. Obviamente, no todos los miembros del estado o de la sociedad civil fueron terroristas de la misma forma a lo largo de la historia. Sin embargo, hubo complicidad en diversos niveles del Estado y la sociedad civil con el terrorismo producido por los gobiernos de Lanusse, Perón, Isabel Perón, Videla, Viola y Galtieri. Así como hubo complicidad con el terrorismo de las organizaciones guerrilleras en distintos niveles de la sociedad civil y del Estado (especialmente en el gobierno de Cámpora y de algunos gobernadores provinciales en 1973).

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Soy testigo de las complicidades ocurridas en 1973.

El 9 de junio se hizo un acto en José León Suárez conmemorando los fusilamientos de diversos militantes peronistas ocurridos en un basural de esa localidad en 1955, por la dictadura militar que había derrocado a Perón. Durante la ceremonia hubo un fuerte enfrentamiento a tiros entre grupos peronistas antagónicos. Por un lado, los sectores revolucionarios nucleados alrededor de los Montoneros, y por otro diversos grupos de derecha y agrupaciones sindicales. El enfrentamiento dejó un muerto y algunos heridos, todos de la derecha peronista. El tiroteo fue provocado por una razón trivial no premeditada. Lo sé porque yo fui quién lo detonó.

Como es habitual, después el evento adquirió aires de conspiración, pero mi intención fue simplemente rescatar a una compañera que me recordaba a Mónica Vitti —de quién me apasioné en los años 60, cuando miré las películas de Antonioni— que pasando por donde no debía fue rodeada por cuatro o cinco militantes de la derecha.

Ellos la estaban molestando. Pienso ahora que no debía ser nada que no pudiera resolverse de otra manera, pero en aquel momento no dudé, me les fui encima y los amedrenté mostrándoles el revolver 38 que llevaba en la cintura. El recuerdo de mi vieja pasión se salvó, pero yo había pisado el hormiguero. De repente la calle se llenó de militantes armados de ambos grupos. No fui yo quien inició el tiroteo, pero respondí inmediatamente a la primera bala y en pocos segundos se generalizó. Lo demás es historia.

A pesar de las pocas bajas, en comparación con lo que estaba por venir, el evento ganó importancia por ser el acto inaugural de la violencia política en el período democrático iniciado el 25 de mayo de 1973. Demostró que las armas seguían engatilladas, que era fácil llevar al nivel militar la confrontación política que existía en el gobierno peronista, en donde los Montoneros dividían puestos e influencias con los sindicatos y la derecha. Esta confrontación parecía enseñar que la violencia era una forma de romper el impase en la ausencia de Perón, que aún no había regresado al país de forma permanente. A los Montoneros les gustó el resultado de la confrontación, pero no imaginaron que habría una reacción tán rápida.

Días más tarde, el 20 de junio, Perón regresaba al país y se esperaba que hablara en un enorme palco erigido en Ezeiza, cerca del aeropuerto. Los Montoneros comparecieron con una gran cantidad de militantes de todas partes del país, pero al llegar con sus carteles cerca del palco fueron recibidos a tiros. Todavía no hay una lista de bajas de este enfrentamiento, los cálculos estimados son de ochenta muertos y cuatrocientos heridos, la mayoría del lado de los Montoneros.

A nivel personal, José León Suárez me dejó un legado difícil de evaluar. Por el lado de las ganancias, ascendí dos grados en la jerarquía de los Montoneros, de aspirante fui directamente a oficial primero. Por el lado de las pérdidas, el día siguiente al tiroteo mi foto ilustraba una nota en un diario de gran circulación. Yo aparecía con la pistola en la mano, el subtítulo me acusaba de ser el asesino. El diario pasó la foto a la policía de la Provincia de Buenos Aires y a varios grupos de derecha y del sindicalismo peronista que juraron vengarse. Eso no me preocupó tanto como la posibilidad de que mi foto fuera identificada por terceros y los diarios publicasen mi nombre; con el tiempo descubrí que no habían sido pocos los amigos que me identificaron. Estaba afligido por mis padres, recién había salido de la cárcel y pensarían que ya estaba complicado nuevamente.

Pero el subjefe de la policía, por casualidad uno de los pocos sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez, también era Montonero. Nos encontramos y me dijo para no preocuparme: él se había encargado de hacer desaparecer a toda la investigación policial, incluyendo las fotos. No volví a verlo; la Triple A lo mató un año más tarde.

Nadie fue procesado por los acontecimientos del 9 de junio de 1973, prueba pequeña pero convincente de la complicidad que existía en la época entre algunos sectores del Estado y las guerrillas peronistas, especialmente con los Montoneros.

Del mismo autor:
El círculo de la venganza infinita
Respuesta a Horacio González
Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana
Testamento: 4.1 Memoria y Condición Humana
El Efecto Mariposa
Testamento: 3. Líderes
Testamento: 2. Generaciones
Testamento: 1.2 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (segunda parte)
Testamento: Introducción


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