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Testamento: 1.2 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (segunda parte)

Jul 19, 2012

Es falso afirmar la existencia de un “terrorismo de Estado”, como si fuera una entidad pura y separada del resto de la sociedad, tal como pretenden las organizaciones de derechos humanos y el gobierno de los Kirchner. Un terrorismo no es más o menos terrorista en función de su origen, sino de su contribución a la dinámica de terror dentro de una comunidad política. Si un movimiento terrorista, venga de donde venga, pretende exterminar a un grupo aislado e indefenso, ya sea nacional, étnico, racial, religioso, cultural o identitario —como, por ejemplo, armenios, bosnios, tutsis, gitanos, homosexuales, indígenas, judíos, musulmanes, cristianos, etc.— eso constituye el peor terrorismo imaginable, lo que el derecho internacional llama un crimen contra la humanidad. Sin embargo, el terrorismo ejercido en un contexto de guerra o de conflicto por el poder entre grupos armados (de manera regular o irregular), no constituye un crimen contra la “humanidad” —a pesar de lo que digan los juristas— sino contra el colectivo en el que se insertan los beligerantes. En el caso argentino, tanto el terrorismo que venía del estado como el que se practicaba desde la sociedad civil eran ejercidos en contra de la comunidad política argentina. Por lo tanto, a pesar de que los crímenes individuales puedan ser diferenciados por sentencias y puniciones legales mayores o menores, el terrorismo de los Montoneros, la Triple A y la dictadura militar son igualmente graves, ya que contribuyeron solidariamente a una ascensión a los extremos de la violencia.

La “humanidad”, como categoría empírica, social, religiosa o política, no existe. Un europeo y un indio de la Amazonia tienen, en cualquier nivel, más diferencias que similitudes. La humanidad es sólo una convención moral que, en todo caso, podría identificar a aquellos grupos pasivos e impotentes frente a la violencia, pero nunca a los que participan activamente en los conflictos armados, como pasó en el caso argentino, donde hubo, sí, víctimas inocentes y ajenas al conflicto, pero que no fueron el objetivo principal del terror, ni de un lado ni del otro. Los museos “de la memoria” construidos durante el gobierno de los Kirchner registran solamente a las víctimas de un lado, pero no del otro, ocultando el hecho de la beligerancia compartida. Y para intentar una mejor construcción del supuesto crimen contra la humanidad de los militares, sus víctimas son transformadas en inocentes sin ningún tipo de identificación o vínculo con las organizaciones guerrilleras. En algunos casos este vínculo pudo no existir, pero cuando existe, en nombre de los derechos humanos el gobierno está suprimiendo la identidad revolucionaria de los “compañeros”. No le hace justicia a la historia, ni al compañero o la compañera, que se recuerde como estudiante o empleado a quien, por ejemplo, enfrentó a la muerte con el grado de oficial de los Montoneros.

En resumen, la víctima es una persona, pero el terrorismo se ejerció a través de ella en contra de su comunidad política. Aunque en menor grado, todos aquellos que colaboraron de una u otra manera se convirtieron en sus cómplices y, por lo tanto, también deberían ser procesados legalmente. Me pregunto entonces, ¿cuántos deberían estar en el banquillo de los acusados por la lucha armada estallada en los años 70 en Argentina? Ciertamente, muchos más de los que están. Los argentinos que fueron testigos de aquella época saben que una proporción significativa de la población, especialmente los jóvenes de la generación de los años 60, apoyaban a la guerrilla, así como otra parte no menos significativa, sobre todo de la generación anterior de los años 40, hacía lo mismo con los militares. Preguntémonos también cuál es el peor terrorismo desde el punto de vista conceptual e histórico. ¿Es peor aquel realizado en nombre del asalto al poder o en nombre de la defensa del Estado? No hay ninguna legitimidad en el terrorismo al servicio del asalto al poder en un contexto democrático, como ocurrió en el período de 1973 a 1976, durante el cual las organizaciones guerrilleras continuaron comportándose casi de la misma manera que antes con la dictadura. Para la guerrilla no peronista nada había cambiado con la llegada de la democracia. Aunque la guerrilla peronista declaró una suspensión de sus operaciones armadas, en el caso de los Montoneros la tregua fue más aparente que real. Como vimos en José León Suárez, la violencia surgía casi espontáneamente. Formalmente, la tregua concluiría en septiembre de 1974, pero las ejecuciones y las grandes acciones de los Montoneros empezaron de manera deliberada un año antes.

El terrorismo no tiene ninguna legitimidad —aun luchando contra una dictadura— si lo que quieren sus ejecutores es hacer una revolución para imponer nuevas reglas de juego. En este caso, como bien declaró Thomas Hobbes, el fundador de la teoría política moderna, en su libro Leviatán (1651), la legitimidad se logra solamente cuando el grupo revolucionario o subversivo toma el poder, nunca antes. Esto no es reaccionarismo, sino una obviedad histórica y constitucional: el cambio de las reglas del juego, especialmente en un sentido revolucionario, no tiene a priori legitimidad o legalidad alguna en ningún tipo de régimen político o ideología política. Esto vale tanto para el Estado liberal como para el socialista, ya sean democráticos o autoritarios. La principal obligación del Estado es defender su existencia con los medios a su alcance. Como afirma Hegel en su Filosofía del Derecho (1821), el Estado, aunque imperfecto en su realización particular, sigue siendo la institución superior de la historia humana civilizada. El terrorismo contra el Estado es extremadamente peligroso porque fomenta fuerzas anti-estatales en su seno que lo degradan rápidamente en la dirección de la barbarie. Paradójicamente, la única alternativa que resta a los grupos subversivos y terroristas de izquierda para ganar legitimidad, antes de la toma del poder, viene de la mano del liberalismo que ellos tanto desprecian. John Locke, fundador reconocido de esa corriente y cuyas ideas fundamentan las concepciones de derechos humanos y democracia moderna desde el siglo 17, justifica claramente la revuelta de los ciudadanos contra el abuso de poder de los gobernantes. En el Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1690), Locke afirma que los hombres tienen derechos naturales antes de la existencia del Estado, lo que hace posible la rebelión cuando ellos le son negados, a fin de recuperarlos. Dicho de otro modo: la revolución solamente es legítima para restaurar los derechos perdidos, no para imponer nuevos derechos u obligaciones.

Volviendo al caso argentino, la legitimidad de la lucha armada se agotó el 25 de mayo de 1973, en el momento en el que todos los presos políticos fueron liberados, después de que el general Lanusse le hubiera entregado el mando presidencial a Cámpora, un presidente civil elegido en elecciones limpias, aceptadas por todos los partidos después de casi veinte años de proscripciones. A partir de ahí la ilegitimidad de los grupos guerrilleros fue total. Fueron ellos los primeros a llevar el terror a la nueva democracia, un terror que fue respondido enseguida y de la misma forma por la Triple A, apoyada por el gobierno. Estos terrores generaron el estado de anarquía que justificaría el golpe militar de 1976, una intervención que fue deseada por los Montoneros y otras organizaciones, imaginando que la salida del gobierno constitucional traería al campo revolucionario un mayor número de fuerzas. La dictadura militar instalada en 1976 decidió avanzar con ímpetu asesino contra aquellos que habían asumido la lucha revolucionaria, pero la legitimidad acumulada por la guerrilla en la lucha contra la dictadura militar anterior, había desaparecido por completo debido a su lucha contra el régimen democrático constituido en 1973. Por lo tanto, la lucha guerrillera contra la nueva dictadura militar no fue solamente suicida, sino también ilegítima. Y a pesar de haber sido demoníaca e ilegal, a pesar de haber llegado a extremos a los cuales la guerrilla nunca llegaría, la lucha de la dictadura contra la subversión fue legítima. Este juicio no es una mera opinión: por detrás está la tradición política y democrática occidental. La Argentina de esos años no tuvo combatientes, ni héroes. La lucha convirtió a todos en víctimas y victimarios recíprocos. Hubo más víctimas en un lado que en otro, pocos inocentes y muchos culpables. Sin embargo, hubo sentencias solamente para los de un lado.

La generación de los años 60 desafió la omnipotencia de Perón y de las fuerzas armadas. Pero la tragedia que provocó no era resultado de cualquier desafío. Perón, que sabía calificar a sus adversarios, los llamó “imberbes” cuando expulsó a los militantes Montoneros de la Plaza de Mayo en 1974. Perón siempre supo de la relevancia de distintas generaciones en la historia política; al llamarlos de imberbes los encuadró deliberadamente en este contexto. Cuando estos “apurados” —otra de las caracterizaciones de Perón— un año antes le habían tirado el cadáver de Rucci, el viejo líder supo de inmediato que ellos deseaban su muerte. Querían ocupar su lugar.

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En el mismo día en el que nacía mi hija, el martes 4 de septiembre de 1973, yo estaba participando de un encuentro regional de los Montoneros en el nivel de conducción de columnas. Era en la ciudad de La Plata, en un parque infantil estatal llamado Ciudad de los Niños, controlado entonces por los Montoneros. Tal vez por la influencia astral de ese nacimiento, fue un día de suerte para mí.

El encuentro era para discutir un documento elaborado por la conducción nacional de Montoneros, que justificaba las posiciones de derecha de Perón en función de un supuesto “cerco” creado a su alrededor, un cerco que le impedía tener contacto directo con el pueblo, o sea con nosotros. La principal línea de acción para romper dicho cerco y atraer al líder para nuestro lado era “tirarle algunos muertos”, según la frase de un miembro de conducción de columna, que debía estar repitiendo lo que escuchara antes en un nivel superior. O, como tradujo alguien que estaba al lado mío, “Perón tiene que saber que podemos matar a cualquiera.”

Nunca me olvidaré de las expresiones en las caras de algunos de estos compañeros, hablaban de matar con una facilidad que parecía forzada. Matar para hacer justicia era algo que yo aceptaba, pero matar para convencer a Perón de que nosotros éramos los buenos y ellos los malos me parecía un delirio. Me di cuenta entonces de que la mayoría de los que estaban en la reunión eran más jóvenes que yo, sin mucha experiencia política anterior a su ingreso a los Montoneros.

Confieso que en la época mi juicio no era moral, hacía tiempo que ya no sabía lo que era eso. El error me parecía gravísimo, pero solamente en el campo político. De todos modos, mi suerte fue haber dicho públicamente lo que pensaba: por cuenta de mis críticas sería rebajado en dos grados, poniéndome así en un segundo plano del festival de muertes que se venía (en Montoneros se ganaba el ascenso por acción militar y el descenso por acción discursiva, los grados que gané a los tiros en José León Suárez los perdí hablando cinco minutos en la Ciudad de los Niños).

Hoy sé que la conducción de los Montoneros no sabía hacer política, sólo sabía usar la violencia con fines políticos, que es la mejor definición de terrorismo que existe. Cuando las armas sustituyen a la política quedan a la vista el terrorismo y las inconsistencias programáticas. ¿Cómo era posible imaginar que, después de tener como objetivo máximo el retorno de Perón al país, los Montoneros quisieran hablar con él del mismo modo que con los militares de la dictadura, por medio de las armas?

Todavía me acuerdo de mi intervención, pocos estuvieron de acuerdo conmigo. Dije que si realmente queríamos heredar de Perón el movimiento peronista, tendríamos de quedarnos quietos, en lugar de atacarlo, dejando que las masas hicieran su experiencia crítica para entonces respaldarlas. Eran las masas quienes tenían el derecho de criticar primero a Perón después de tantos años de espera, hacer lo contrario seria faltarles el respeto. Pero había algo más que inexperiencia política en la conducción de los Montoneros. En ese momento, la conducción ya estaba planeando la ejecución de Rucci. Más que abriendo un debate nos estaban informando lo que venía después, tratando de determinar cuáles eran los oficiales fieles a su línea. Años más tarde me preguntaría quién estaba más cercado, si Perón o la conducción nacional, en función de su absoluto centralismo y autoritarismo organizativo.

Del mismo autor:
El círculo de la venganza infinita
Respuesta a Horacio González
Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana
Testamento: 4.1 Memoria y Condición Humana
El Efecto Mariposa
Testamento: 3. Líderes
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