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Testamento: 2. Generaciones

Aug 1, 2012

¿Quién no desea la muerte de su padre?
–¿Está usted en su juicio? –exclamó el presidente (del tribunal).
–Sí, estoy en mi juicio, un juicio vil como el de ustedes, y como el de todos esos…papanatas.
Se había vuelto hacia el público al decir esto. Irritado y despectivo, añadió:
–A lo mejor, han matado a sus padres, y ahora se fingen aterrados y se miran unos a otros haciendo aspavientos. ¡Farsantes! Todos desean la muerte de sus padres. Los reptiles se devoran unos a otros…

Fedor Dostoiewski (1821–1881)

Atentar contra la vida de los militares parecía una cosa natural para los Montoneros; después de todo se trataba de peronistas que se atrevían a matar a los amigos de Perón. Los oficiales superiores de las Fuerzas Armadas vivieron con miedo el surgimiento de los guerrilleros en el espejo mágico de las generaciones. Reconocían en ellos las caras de sus hijos. El terror les confirmó que no eran los hijos deseados, eran hijos que querían matarlos y ocupar sus lugares. Fuimos aprendices de parricidas. Si admitimos eso quizás los militares se animen a admitir también su barbarie, atroz y demoníaca — no por haber sido hecha desde el Estado, sino porque les permitió satisfacer plenamente su deseo filicida.

A quien dude de la realidad de estas metáforas generacionales le sugiero pensar en Sergio Schoklender y Hebe de Bonafini. Ni Dostoiewski podría haber imaginado que el mayor parricida de la historia criminal argentina sería adoptado públicamente por la más notable madre de la historia política del país, la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, entidad icónica en la defensa de los derechos humanos en los años 70. Entre Sergio —que mató a sus padres en forma violenta, cumpliendo después una severa condena por su crimen— y Hebe —que perdió dos hijos en manos de los militares— existió un amor declarado de madre e hijo durante varios años, que acabó sorpresivamente en 2011 cuando el hijo adoptivo, acusado de enriquecimiento ilícito, lavado de dinero, desvío de recursos públicos y asociación ilícita, apuntó a su madre adoptiva como responsable de todo.

El conflicto que asoló a los argentinos y degradó sus instituciones se debe a múltiples factores, la mayoría bastante conocidos. Pero existe uno cuya importancia resulta difícil de percibir, debido a los preconceptos reduccionistas que en el Siglo XX invadieron primero a las ciencias sociales y después el sentido común de los ciudadanos. Dicho factor permite entender mejor el comportamiento extremadamente bárbaro de algunos actores en los años ’70, problema que aun hoy resiste a una explicación convincente. No ayuda a captar las motivaciones racionales, ni las causas materiales de la dinámica política argentina de aquellos años, pero puede ayudar a entender la subjetividad de los actores, en especial sus motivaciones inconscientes y su traducción en sentimientos y emociones negativas. Sabemos que explicar objetivamente comportamientos crueles en la vida pública es una de las tareas más complejas del análisis. Hombres y mujeres con un comportamiento normal y respetuoso en su vida privada, bajo ciertas condiciones pueden transformarse en monstruos. Hannah Arendt se refirió a la “banalidad del mal” para explicar el comportamiento de Eichmann, el jefe de Auschwitz que después de la guerra encontró refugio en la Argentina de Perón. Por los testimonios de los sobrevivientes de los campos de concentración nazis y comunistas sabemos que la barbarie crece en proporción directa a la negación del otro, a la incapacidad para aceptar y entender los valores y motivaciones del otro. ¿Pero que podría existir entre los argentinos que los aproximara a eso? Las ideologías políticas eran antagónicas y sus aristas totalitarias bien podrían explicar las atrocidades cometidas, pero existía un plus que aumentaba los resentimientos acumulados por las ideologías, la lucha de clases y el pasado violento del país. Ese plus pocas veces se presentó con la nitidez que tuvo en la Argentina de los 70, un país que no tenía los problemas raciales, étnicos o religiosos de la mayoría de los países de la región. Lo que arreció los conflictos fue la existencia de una tremenda lucha generacional con reverberaciones en el inconsciente de los individuos. Ese contexto hizo que la lucha armada transformase a los individuos en personajes de una tragedia.

En Homo Sacer, Giorgio Agamben afirma:

“Durante mucho tiempo uno de los privilegios característicos del poder soberano fue el derecho de vida y muerte.” Esta afirmación de Foucault al final de La Voluntad de saber suena perfectamente trivial; pero la primera vez que en la historia del derecho nos encontramos con la expresión “derecho de vida y de muerte”, es en la fórmula vitae necisque potestas, que no designa en modo alguno el poder soberano, sino la potestad incondicionada del pater sobre los hijos varones. (…) la vitae necisque potestas recae sobre todo ciudadano varón libre en el momento de su nacimiento y parece así definir el modelo mismo del poder político en general. No la simple vida natural, sino la vida expuesta a la muerte (la nuda vida o vida sagrada) es el elemento político originario.

Mi generación fue llevada a creer que los militares eran los padres de la Patria. Y lo eran de verdad: cuando festejé mi 40ª aniversario la Argentina había vivido durante 30 años bajo el mando de presidentes de extracción militar. La guerrilla desafió ese supuesto, en el cual los militares creían más que nadie. Cuando el terror los amenazó, la ceguera se transformó en resentimiento y delirio. Al contrario de los militares golpistas anteriores, que traían en sus mochilas proyectos relativamente estructurados para gobernar el país, los que acompañaron a Videla en 1976 subordinaron todo a la venganza; eran animales heridos dispuestos a exterminar sin piedad a aquellos que los habían desafiado en su propio territorio existencial, el de la violencia de las armas. Ni siquiera después de derrotar a la guerrilla consiguieron esos militares refrenar su pulsión de muerte, e intentaron una guerra contra Chile en 1978 –abortada por la mediación papal– y otra contra Inglaterra, por las Islas Malvinas/Falklands, que llevaron hasta las últimas consecuencias en 1982 pero cuyos planes de acción habían sido diseñados por la Marina en 1978.

Parte en los años 60, pero sobre todo en los 70, los argentinos asistieron a la lucha sin tregua entre la vanguardia guerrillera de una generación más nueva y la retaguardia militar de otra generación anterior, con la edad de sus padres. Los jóvenes ansiaban el poder para realizar sus objetivos, con un espíritu tan intelectual y libertario como autoritario y narcisista, dispuestos a hacer lo que fuese necesario, incluso matar. Los viejos defendían el poder con un espíritu autoritario y ciego, sabían que no podían ser derrotados militarmente. En el límite, sus pulsiones inconscientes les daban una potestad ancestral e incondicionada sobre sus desafiantes. En los años 60 hubo generales que más que matar querían entender lo que ocurría, el límite no había sido alcanzado. Pero en los 70 la realidad fue otra, y también otros los generales.

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Héctor Jouvé, uno de los tenientes de la fracasada tentativa del Ejército Guerrillero del Pueblo –guerrilla rural guevarista que actuó en el noroeste de Argentina, a mediados de los 60, durante el gobierno democrático de Illía– dio una entrevista reveladora del espíritu militar de la represión en aquel momento, cuatro décadas después de los acontecimientos.

La entrevista se hizo famosa por haber provocado un extenso debate intelectual en la Argentina sobre el derecho de matar, a propósito del fusilamiento por motivos banales de dos guerrilleros por la conducción del grupo. Interesa aquí destacar otro aspecto, quizás de menor dramaticidad, pero de alta intensidad heurística si lo ponemos en perspectiva histórica. La entrevista permite afirmar que en 1964 existían militares preocupados por los peligros de un futuro golpeado por la lucha armada revolucionaria, cuyo sentido último se les escapaba confusamente. La entrevista muestra que no todos eran iguales a los militares que acompañaron a la dictadura de Videla.

Jouvé relata que después de su detención se encuentra con el general Julio Alsogaray, comandante de las fuerzas militares que lo derrotaron (y que seria más tarde Comandante en Jefe del Ejército.

“¿Y cómo estás?” me dice el General. Yo estaba azul, no había piel que no tuviera un color azul, violeta. “No quiero saber nada de las actividades –me dice–, no me interesa eso. Usted, Jouvé, tiene un perfil muy parecido al de mis hijos. Hemos hablado con sus profesores de la secundaria, y sabemos que usted era muy buen alumno, muy buena persona, que terminó el bachillerato a los 16 años. Fuimos a la universidad, también sabemos que hizo una carrera impresionante hasta que entró al servicio militar y ahí paró, que su papá era un tipo muy respetado en su pueblo, un tipo recto, laburante, muy estimado, honesto. No me diga que esto es porque su mamá lava ropa”. No, no es por eso –le digo–, no es por ninguna de esas cosas. “Bueno – me dice – pero a mí me interesa saber por qué entró a la guerrilla, porque mi hijo se parece mucho a usted.”

El montonero Juan Carlos Alsogaray, hijo del este General, murió luego en un enfrentamiento con el ejército, en 1976, a los 29 años de edad.

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No pretendo reducir las muertes y desapariciones de los 70 a una lucha generacional. Pero una cosa es cierta: la represión de la dictadura militar de Videla, aun siendo espantosa, tuvo un método; su violencia fue cruel y excesiva pero no indiscriminada, algo que se ve claramente ejemplificado en el hecho de que las guerrilleras embarazadas no eran ejecutadas antes del parto, para entregar después a sus bebés en adopción clandestina.No ocurrió lo mismo en otras experiencias históricas de exterminio. Los nazis, por ejemplo, mataban sin distinciones de este tipo. La acción de los militares argentinos tenía la originalidad de las locuras sagradas. Ellos creían que estaban condenadas las almas de sus “hijos”, pero no las de sus “nietos”. Frente a hechos como estos, me parece insustentable la hipótesis de que todos los militares hayan sido personas intrínsecamente enfermas y malvadas, como supone el sentido común vigente. De ambos lados beligerantes se cometieron crímenes que deben ser juzgados y castigados de acuerdo con la ley, pero sus autores no eran todos necesariamente criminales patológicos, aunque sin duda existió un pequeño grupo con trastornos severos de conducta.

Si la violencia hubiera sido resultado de una patología, deberíamos concluir que fue bastante contagiosa, ya que afectó a buena parte de la población argentina, que apoyó selectivamente la insensatez que venía de uno y otro lado, para finalmente apoyar mancomunadamente y sin distinción de credo la no menos insensata Guerra de las Malvinas/Falklands. Si existe alguna patología, ella se encuentra en la particular combinación de imaginarios políticos fundamentalistas y resentimientos históricos de los actores que, en un momento particular de su dinámica, usaron ingenuamente el terror, desafiando no sólo a personas e instituciones sino a arquetipos del inconsciente colectivo. Ni las ideologías, ni las pasiones, explicarían por si mismas el grado de las atrocidades que sucedieron. A pesar del tradicional individualismo y narcisismo de los argentinos, las principales motivaciones de sus tragedias no son tanto de orden individual, como colectivo. Las responsabilidades por los acontecimientos también. Tanto en las fuerzas armadas como en las guerrillas hubo hombres buenos que dejaron de serlo en determinado momento. Y eso no puede ser explicado por patologías preexistentes.

Los reduccionismos imperantes en el debate público sobre los derechos humanos, derivados principalmente del sociologismo y del juridicismo, no nos ayudan a entender el problema. El primero impide la consideración de cualquier factor socio-biológico o psicológico en el análisis de la dinámica política; el segundo obtura la percepción de las responsabilidades e intencionalidades colectivas, priorizando la justicia en el plano individual a la necesidad superior de reparar el daño producido a la comunidad política como tal. La necesidad de un abordaje interdisciplinario que incluya al conjunto de los aspectos afectados por los fenómenos políticos está presente en la mayoría de los pensadores clásicos, desde Aristóteles y San Agustín, hasta Montesquieu, Tocqueville y Max Weber, entre otros. Pero en las ciencias sociales contemporáneas casi no existen rastros de categorías que engloben interdisciplinarmente a múltiples factores. Ni clase social, ni partido político, ni movimiento social, ni cualquier otra del vocabulario dominante favorecen esa operación. Para peor, cuando aparece alguna categoría más interesante, es rápidamente difamada y excluida por el establishment académico, que acompaña las modas teóricas con la misma perdida de conciencia con la que la población acompaña las modas.

No sorprende entonces que el concepto de generación, uno de los pocos que permite al campo de la política un análisis más complejo e interdisciplinar, se encuentre ausente de la literatura. Aclaro que los factores biológicos no se reducen al ADN o a otras variantes del mapa genético de las personas. La investigación científica comprueba hoy también aquello que se sabía desde los tiempos antiguos: que las diferencias de orden biológico (hormonales, en particular, pero no exclusivamente), vivencial y cultural entre un joven de 20 años y un adulto de 50 explican una parte esencial de sus diferencias en el comportamiento. Precisamente, el conjunto de esas diferencias constituye a cada generación, en contraste con las anteriores. La dinámica de las mismas trae a luz elementos que completan a los saberes disciplinares en la busca de la verdad histórica.

Cualquiera que afirme que los argentinos no se aman como comunidad corre el riesgo de ser acusado de traidor a la Patria, sin que nadie se detenga a pensar si existe algo de verdad en eso. Es una pena, la verdad no debería ser acusada de traición.

Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, fue quizás el primero en relacionar lo que hoy conocemos como factores psicológicos, biológicos, sociológicos y políticos. Él utilizó el concepto de philia (amor, amistad) para referirse a lo que cimenta la comunidad política. En este sentido, la Argentina es un país extremo, son pocas las comunidades políticas donde la philia se encuentra más ausente. Esta no es una percepción intuitiva sino un hecho. Cualquier observador neutral puede comprobar fácilmente dos cosas: la primera, que la distinción de amigo-enemigo atraviesa prácticamente cada nano-milímetro de la vida pública y privada; la segunda, que los actores orientan su acción enfatizando mucho más el lado “enemigo” que el “amigo”. El conflicto de los años 70 muestra de forma dramática la ausencia de philia expresada en el choque entre dos generaciones diferentes. Desde una perspectiva civilizatoria, lo peor de la historia argentina de las últimas décadas no fue la catástrofe de los años 70 sino el hecho de que la amplia mayoría de los ciudadanos pasó por ella sin comprender su sentido profundo, permitiendo así que el viento del destino pueda alimentar nuevos incendios con sus cenizas nunca apagadas.

No es común que las generaciones dejen un registro claro de su paso, para mal o para bien. La historia sigue simultáneamente líneas de continuidad y de ruptura; siempre que prevalece más el segundo aspecto hay por detrás una generación más claramente definida, en un sentido fuerte. Argentina tuvo varias generaciones reconocidas públicamente. Las más notables fueron las del siglo 19: la generación del 37, de Echeverría, Sarmiento y Alberdi; y la del 80, de Julio A. Roca. No entiendo las generaciones como cronologías regulares en un mundo continuo, sino como momentos de discontinuidad histórica en los cuales los individuos ganan una nueva identidad que les permite su protagonismo en la esfera pública. Valoro la importancia dada a este concepto por Ortega y Gasset, a pesar de no compartir su énfasis como eje interpretativo general de la historia.

Pienso que el concepto de generación se usa habitualmente sin observar que en el plano empírico puede tener un sentido fuerte o débil. En un sentido débil la generación recorta (con algún grado de arbitrariedad) al conjunto de personas que comenzaron a vivir su vida adulta en determinada década, por ejemplo, en los años 60 o 70. Pero en un sentido fuerte se debe reconocer que existió una generación en los años 60, pero no en los 70. La generación de los 60 representa una condensación de nuevos valores, paradigmas y subjetividades que tuvieron fuerte influencia en la vida política, social y cultural del país, de ahí para adelante. No existe una generación propiamente dicha si sus integrantes no dejan una marca original en la historia. Existe una generación cuando un grupo humano, de edad próxima ente sí, define un antes y un después de forma innegable. Por eso, en ese sentido fuerte, no existió generación de los 70, la de los 60 colonizó esa década, así como las siguientes, infelizmente. Esa colonización es la que abre las puertas para la posibilidad de transformar la tragedia en farsa. La pretensión de repetir la historia por parte de quienes asientan su experiencia sobre bases ajenas engendra frutos espurios, que comparados con los anteriores se transforman en farsa. Es el caso de los gobiernos Kirchneristas, que adoptaron valores y objetivos de la generación del 60 con escaso realismo y sin ninguna autenticidad (recordemos que Néstor Kirchner nació en 1950 y Cristina Kirchner en 1953, ambos pertenecen a la “generación” del 70, la mayoría de sus militantes son más jóvenes todavía.)

En la guerra revolucionaria/contra–revolucionaria que comenzó en los años 60 y tuvo su apogeo en los 70 se enfrentaron dos generaciones, la del 40 y la del 60. La última era la que poseía un sentido más fuerte. En esa casi guerra civil las victorias y derrotas pasarían de mano varias veces. La generación más fuerte sería derrotada militarmente por la más débil, que en ese campo era la más fuerte, pero la historia derrotaría a ambas.

Habitualmente se reconoce como miembros de determinada generación a aquellos nacidos aproximadamente veinte años antes. La generación comienza entonces cuando los jóvenes están en condiciones de asumir sus obligaciones sociales, políticas, culturales y económicas, nutriéndose del ambiente en que actúan. Así, la generación del 60 nació aproximadamente de 1940 para adelante. Yo pertenezco a esa generación, nací en 1943. Es el caso también de los líderes guerrilleros, cuya media de nacimientos se sitúa en 1942.

Mi generación combatió a otra más vieja, nacida a partir de 1920 y madurada en los años 40. La generación de los 60 en Argentina fue construida por un espíritu del tiempo revolucionario, aventurero y vanguardista. La generación de los 40 se nutrió, en cambio, de las ideologías y lamentos de la Segunda Guerra Mundial, dividiendo sus simpatías entre el nazismo, el comunismo y el liberalismo. Por causa de esa heterogeneidad los nacidos alrededor de los años 20 no ganarían el derecho de ser reconocidos como parte de una generación en el sentido fuerte. Sin embargo, en los años 60 y 70, frente a la amenaza revolucionaria, las elites militares condensaron las diferencias de origen de su generación dentro de una visión burocrático-autoritaria cargada de elementos mítico-religiosos. La generación que no supo tener una identidad definida en los 40 alcanzó ese triste derecho apoyando a los militares en los 70. Aunque por otros caminos, la astucia de la razón preparó también un triste destino para la generación revolucionaria de los 60. Sin la más mínima autocrítica, varias décadas después de su catastrófica gesta, numerosos militantes encontraron la realización de sus anhelos en las políticas populistas de los gobiernos Kirchner – aprovechando, de paso, la oportunidad para ocupar cargos públicos.

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Los nombres y años de nacimiento de los principales líderes guerrilleros, siguiendo un orden cronológico aproximada de su aparición en el escenario público: El Kadri (1941), Santucho (1936), Gorriarán Merlo (1941), Olmedo (1943), Quieto (1938), Abal Medina (1947), Firmenich (1948), Galimberti (1947). La muestra revela cohesión generacional, en la medida en que los extremos (1936–1948) se sitúan bastante próximos de la media (1942). Obsérvese que esto no fue necesariamente así en otros países de América Latina. En Brasil, por ejemplo, la cuestión generacional no fue un factor tan relevante. En contraste con Argentina, Brasil tuvo líderes extremamente importantes, como Marighela (1911), inspirador de la guerrilla urbana en el Brasil y todo el continente, y Amazonas (1912), dirigente máximo del partido comunista pro-chino, responsable por la principal guerrilla rural. Ambos lideres revolucionarios eran de la misma generación que sus enemigos, como el político Lacerda (1914) y la sucesión de generales que serían presidentes de la dictadura militar: Castelo Branco (1897), Costa e Silva (1899), Medici (1905), Geisel (1907), Figueiredo (1918). Marighela y Amazonas nacieron apenas cuatro o cinco años después de la media de sus enemigos (1907. Volviendo a la Argentina, siguiendo también un orden cronológico, los lideres militares, políticos y sindicales más destacados que la guerrilla enfrentó fueron: Onganía (1914), Vandor (1923), Levingston (1920), Lorenzo Miguel (1927), Lanusse (1918), Lopez Rega (1916), Isabel Peron (1931), Videla (1925), Massera (1925). Esos líderes mostraban una relativa cohesión en torno de la media (1922), pero de cualquier forma representaban una generación débil, que ni se acercaba a la homogeneidad en torno de grandes valores y objetivos que tuvo la generación del 60. Esos líderes ocupaban un lugar que había sido disputado violentamente también en el interior de su generación – a título de ejemplo puede mencionarse que en las filas de la generación del 40 se inscriben también figuras como Eva Perón y el Che Guevara, nacidos en 1919 y 1928 respectivamente, ambos a escasa distancia de la media de los líderes antes citados.

(Continúa en el Capítulo 3)

Del mismo autor:
El círculo de la venganza infinita
Respuesta a Horacio González
Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana
Testamento: 4.1 Memoria y Condición Humana
El Efecto Mariposa
Testamento: 3. Líderes
Testamento: 1.2 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (segunda parte)
Testamento: 1.1 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (primera parte)
Testamento: Introducción


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