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Testamento: 3. Líderes

Aug 6, 2012

“La libertad exige el vacío para manifestar-se; lo exige y sucumbe a él. La condición que la determina es la misma que la anula. Ella carece de bases: cuánto más completa sea, más vacilará, pues todo la amenaza, hasta el principio del cual emana. El hombre es tan poco hecho para soportar la libertad, o para merecerla, que aún los beneficios que recibe de ella lo trituran, y ella termina siéndole tan penosa que a los excesos que provoca él prefiere los del terror.”

Emil Cioran (1911-1995)

La historia militar argentina esta atravesada por conflictos e ideologías de tipo político. Únicamente un prejuicio maniqueísta podría equiparar a generales como Perón, Lanusse y Videla. Los tres fueron generales del Ejército Argentino —por lo tanto, golpistas— pero en todo lo demás eran diferentes. El primero fue un golpista contra un gobierno constitucional en 1943, en un contexto pro-fascista, y tenía un gran carisma que utilizó de manera populista hasta el fin. El segundo fue un antiperonista visceral, golpista reincidente contra gobiernos civiles y militares, pero de ideología liberal y con suficiente convicción republicana como para organizar elecciones libres que lo obligarían a entregarle la banda presidencial al peronista Cámpora en 1973. Su republicanismo no se limitó a eso; también lo llevó a criticar, en varias ocasiones, la dictadura de Videla. En 1976, cuando empezaban las desapariciones, en Argentina circuló el rumor de que Lanusse se había encontrado con Videla para manifestarle su oposición a los acontecimientos, de la siguiente manera: “Basta de secuestros, general; prisiones, pero no secuestros”. Esta conversación fue confirmada más tarde. Luego de la caída de la dictadura, Lanusse declaró como testigo contra los miembros de las juntas militares. A pesar de las ideologías de Perón y Lanusse eran opuestas, ambos poseían algo en común que está absolutamente ausente en Videla. Perón y Lanusse eran maquiavélicos en el buen sentido de la palabra: eran generales políticos, tenían noción de los límites de violencia que puede ejercer un soberano para instaurar el orden. No eran militares que se conducían por el manual de la corporación. Videla, en cambio, era un militar de carrera insulsa, elegido como comandante en jefe del ejército por Isabel Perón precisamente por eso, por tener un legajo “limpio” de acuerdo con el manual. Isabel no debía saber que Videla también era un fundamentalista, que se sentiría con derecho a hacer cualquier cosa en la cumbre del poder: secuestrar, torturar, matar, hacer desaparecer a los cadáveres y después mentirle a los familiares y a la sociedad sobre esos crímenes.

Perón y Lanusse fueron grandes generales; tenían una visión del mundo y usaron el ejército para hacer política de acuerdo con sus recursos y circunstancias generacionales, nunca confundieron a la política con otra cosa. Videla fue un general mediocre que se dejó llevar por las circunstancias degradantes que lo rodeaban. Por eso mismo sería una injusticia transformarlo, junto al resto de sus comparsas, en los únicos responsables de la tragedia, como pretende la memoria histórica construida en Argentina. Los militares que de los 70 eran parte de una estructura de liderazgo del país que hacía agua por todos los lados, no apenas el militar. Entender la degradación de las elites argentinas en los años 70 es un dato imprescindible para explicar la tragedia que ocurrió. Las fuerzas en choque estaban conducidas por elites que eran mediocres, además de inmorales. Cada uno en su terreno y con los medios disponibles, las conducciones de las Fuerzas Armadas y de los Montoneros excluyeron prácticamente a la política de sus agendas para disputar mejor la carrera a favor del terror y la muerte (si no hablo de otras organizaciones guerrilleras es porque no milité en ellas; cada uno que ajuste cuentas con su propio pasado).

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El carácter del liderazgo de los Montoneros se hizo evidente en un programa de asesinatos que no era pensado desde la política, sino desde el deseo, transformando el resultado de la acción en una ruleta rusa. Las muertes eran elegidas no a partir de debates políticos o de análisis rigurosos de la realidad, sino de un cálculo basado en el pensamiento mágico. No se pensaba cuales podían ser los escenarios posibles como respuesta a una acción; se imaginaba apenas cual sería el mejor y se apostaba a eso. Si la realidad no se correspondía con esa apuesta, nadie era responsabilizado: la conducción no podía estar equivocada. Nunca hubo autocrítica pública por los errores estratégicos de esta política terrorista, se creían infalibles como el Papa. Las víctimas inocentes tampoco importaban demasiado. Muchas de ellas cayeron por estar en el lugar equivocado o usar un uniforme particular; las cuotas mensuales de ejecución exigidas por la conducción obligaban a veces a los combatientes a elegir sus víctimas en la calle, simplemente porque llevaban uniforme policial, para enterarse después —cuando los nombres aparecían en los diarios— de que algunos de los muertos eran aliados o simpatizantes.

El potencial terrorista de los Montoneros era imposible de prever. Existía un cálculo inconfeso de medio millón de víctimas, entre prisión y fusilamientos— que serían necesarias luego de tomar el poder para que el socialismo pudiera sobrevivir rodeado por un cerco de países capitalistas subordinados al imperialismo. Un miembro de la conducción regional de los Montoneros enunció esa cifra con total naturalidad en 1974, como respuesta a mi pregunta sobre las primeras tareas de la revolución triunfante.

El terrorismo no se practicaba únicamente hacia afuera de la organización; se hizo sentir también entre sus miembros. Hubo fusilamientos “ejemplares” de compañeros por trasgresiones de consecuencias mínimas, que respondían más a las circunstancias que al carácter de la persona. Yo recibí orgánicamente informes de algunos de estos “juicios sumarios”. Lamentablemente estas ejecuciones no son hoy reivindicadas por nadie. No me extrañaría que los mismos estén incluidos en listas de víctimas de la dictadura.

De una crueldad y justificación todavía mas banal fueron las “contraofensivas” lanzadas en 1979 y 1981 por los Montoneros, cuando ya estaban derrotados. Firmenich declaró en una entrevista, alrededor de 1981, publicada en La Habana, en una de las revistas del régimen castrista llamada Bohemia (no me acuerdo el número), que la muerte de los compañeros que caían en las contraofensivas era el precio a pagar para mantener viva en las masas la presencia de los Montoneros. Comparó también a los compañeros con los proyectiles de un arma que la organización – esto es, él – disparaba cuando fuese necesario. La vida humana era tratada como mercancía (precio) y como instrumento (proyectil). Para un revolucionario no podrían haber sido peores, las metáforas. Lo cierto es que la mayoría de estos compañeros fueron reclutados de apuro, en el exilio, y enviados a Argentina sin demasiada preparación, con la promesa de que allá habría una estructura funcionando que les daría soporte logístico. Eso no era verdad. A esa altura la organización estaba infiltrada por los servicios de inteligencia de la dictadura, interceptar a los recién llegados sin necesidad de esforzarse mucho. Así, centenares de hombres fueron enviados al matadero en nombre de una organización ya derrotada, circunstancia que la conducción no podía ignorar, ya que en el segundo semestre de 1976 los principales comandantes salieron del país como consecuencia de la falta de condiciones para su permanencia. Con esas contraofensivas la conducción de los Montoneros no sólo puso en evidencia su falta de escrúpulos morales, sino también su incapacidad política. En vez de aceptar la derrota cuando llega —renunciando unilateralmente a continuar la lucha armada para entonces retomar la lucha política en mejores condiciones, sumando su voz y el aparato restante a la defensa de la vida de los militantes secuestrados y desaparecidos, así como al cuidado de los sobrevivientes— insistieron ciegos y sordos en la muerte de más compañeros. No sabían hacer política de otra forma. Aunque hubo algunas tentativas de juicio legal, ninguno de esos líderes fue condenado, ni siquiera por la opinión pública. Circulan libremente disfrutando del reconocimiento por su histórica militancia de comandantes de la muerte.

Isabel Perón, peronista que llegó a la presidencia por decisión nada menos que de Juan Domingo Perón, también bañó sus manos en la sangre de los argentinos, por su apoyo e incentivo a los crímenes de la Triple A y de las Fuerzas Armadas durante su gobierno (1974-1976). Fue ella quien dio la primera autorización oficial para “aniquilar” a los guerrilleros. Su desempeño en el cargo de presidente fue de una mediocridad tal que no encuentra parangón en la historia argentina. Sin embargo, nadie la recuerda, ni la critica demasiado, combinación perfecta para continuar disfrutando de su libertad y dinero en España. En algunos momentos es indispensable mencionar nombres, aunque aclaro que estoy lejos de pretender atribuirles responsabilidades exclusivas a unas pocas personas o instituciones. Los dirigentes que secundaban a Videla, Firmenich e Isabel Perón en sus respectivas funciones fueron tan mediocres e inmorales como ellos. Los vicios y defectos de los liderazgos de aquellos años reflejaban y reproducían la historia nauseabunda de la vida política argentina a partir de los años 30 – con la única excepción de los seis años de gobiernos democráticos de Frondizi (1958-1962) y de Illia (1964-1966). Lo que se vivió en los años 70 no fue una tragedia provocada por individuos sino por una cultura de violencia y muerte compartida entre las principales elites y las masas. Pocos quedarían al margen de esto defendiendo la letra de la Constitución y el Estado de Derecho.

La Iglesia Católica Argentina es otro ejemplo emblemático de la cultura de esa época. Existieron algunos curas que se rebelaron contra las autoridades de la Iglesia, pero sus voces no encontraron eco en una institución cuyas jerarquías apoyaban abiertamente la política de la dictadura. Los relatos de los sobrevivientes de los campos de concentración argentinos muestran que en algunos casos los capellanes acompañaban las torturas, exorcizando al demonio como se hacía en tiempos de la Inquisición. Cuando se le preguntaba por los desaparecidos, el arzobispo primado de Argentina, el cardenal Aramburu, repetía lo mismo que respondía Videla: que no existían, que “los desaparecidos vivían tranquilamente en Europa”. Cuando volvió la democracia al país, la Iglesia pidió que los militares fueran perdonados, sin especificar de qué o por qué. Para sostener esta política la jerarquía eclesiástica contó incluso con la ayuda y complicidad del Papa Juan Pablo II, que debe haber identificado sus luchas con las de su Iglesia en Polonia contra el comunismo soviético. El Papa era un luchador incansable por la libertad en el mundo, pero el contexto de la Guerra Fría lo llevó a no dar importancia al tema de los desaparecidos y a concederle al cardenal Aramburu el record nacional de permanencia en el cargo de primado. Descubrí más tarde que Juan Pablo II llegó a mentir para proteger la Iglesia Argentina. Cuando visitó la Argentina en 1987, consciente de las críticas que recibía la iglesia local por no haber asumido el tema de los desaparecidos, el Papa declaró en un discurso público que la misma siempre lo mantuvo informado sobre esa cuestión, y que sabía de sus esfuerzos frente a las autoridades militares. Fue una mentira inspirada en la Guerra Fría, no era piadosa. Los fieles que tuvieron familiares desaparecidos durante la dictadura saben que sus quejas y denuncias no eran atendidas, ni tampoco transmitidas al Papa. Yo confirmé esto de una fuente directa.

Durante mi exilio en Rio de Janeiro formé parte de un comité de exiliados. En 1979 decidimos enviar un grupo a hablar con el cardenal Don Paulo Evaristo Arns, en San Pablo, para tratar algunas cuestiones relativas a los derechos humanos. Cuando nos recibió, junto al pastor Jaime Wright, pidió que nos presentáramos. En el grupo había más argentinos, pero yo fui el primero a presentarme. No puedo recordar ese momento sin sentir otra vez la misma emoción: Don Paulo Evaristo Arns se me acercó y me pidió perdón por mi Iglesia. Sorprendido le pregunte por qué. Me respondió que la Iglesia de mi país nunca le había informado al Papa sobre la desaparición de personas, que se informaba de ese tema exclusivamente a través de él. El cardenal franciscano no solo me había pedido perdón, también se había confesado.

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A pesar de todo, el gobierno de Alfonsín (1983-1989), primer presidente elegido democráticamente luego de la debacle militar producida por la Guerra de las Malvinas/Falklands un año antes, demostró que la República todavía tenía reservas morales para enfrentar la decadencia anterior. Pero esas reservas se agotaron rápido, fueron el canto del cisne. Lo que siguió a partir del gobierno de Menem lo demostró de manera cabal. La fiesta de la decadencia de las elites políticas continuó a su ritmo habitual, invitando a las figuras más oportunistas, sectoriales y mediocres disponibles para desempeñar los papeles principales. Más allá del debate sobre el sentido del populismo, es un dato indudable que ni Menem, ni Néstor o Cristina Kirchner, los presidentes más populares de la democracia post-dictadura, contribuyeron a la consolidación del Estado de Derecho. Muy por el contrario. Y eso no fue por falta de tiempo: Menem permaneció en el cargo por dos mandatos, de 1989 a 1999, y los Kirchner van por el tercero, de 2003 hasta la fecha (2012).

En el campo de la sociedad civil pasó lo mismo. Los militantes de la CGT de los Argentinos fueron substituidos por los funcionarios públicos oficialistas de La Cámpora. Personas de estatura moral como la de Ernesto Sábato, presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), organismo que publicó en 1984 el relato Nunca Más sobre los crímenes de la dictadura, pieza ejemplar de objetividad y equilibrio en el ejercicio de la investigación de la violación de los derechos humanos y la construcción de ciudadanía, se desvanecieron en el aire. Fueron remplazadas en el espacio público por líderes sin densidad propia, construidos por las circunstancias. El caso emblemático es el de Hebe de Bonafini, madre coraje que supo en tiempos difíciles reclamar por los desaparecidos, pero cuando las luces de la democracia la encandilaron pasó a defender el terrorismo en su país y en el mundo. Mujer simple pero capaz de realizar lo imposible, subordinó la defensa de los derechos humanos a las causas de varios grupos terroristas, como la FARC de Colombia, el ETA vasco, el Hamas palestino y hasta el propio Al-Qaeda (el atentado contra el World Trade Center fue públicamente festejado por ella). Sospecho que si el tiempo fuera para atrás, figuras como Máximo Kirchner y Hebe de Bonafini serian reconocidos rápidamente como “líderes de los años 70”. Ellos no se quejarían.

Continúa en el Capítulo 4

Del mismo autor:
El círculo de la venganza infinita
Respuesta a Horacio González
Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana
Testamento: 4.1 Memoria y Condición Humana
El Efecto Mariposa
Testamento: 2. Generaciones
Testamento: 1.2 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (segunda parte)
Testamento: 1.1 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (primera parte)
Testamento: Introducción


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