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Testamento: 4.1 Memoria y Condición Humana

Aug 22, 2012


La especie humana no soporta mucho la realidad.
T. S. Eliot (1888-1965)


En los años 60 y 70, la democracia no se diferenciaba mucho de la dictadura en la cabeza de los jóvenes revolucionarios: ambas eran igualmente “burguesas”. Sin embargo, después de la derrota política y militar de sus fuerzas, los 80 los conducirían sin mucha reflexión hacia la democracia y los derechos humanos. Estos temas, lejanos de sus antiguas preocupaciones revolucionarias, serían ahora su vía de acceso al poder. Surgió entonces un oportuno revisionismo histórico impulsado por un conjunto heterodoxo de ex-militantes y movimientos de derechos humanos, primero de manera ingenua y luego con más conocimiento de causa. Intentando darle voz al dolor de las víctimas, estos movimientos se atribuyeron el derecho de hablar también en nombre de la verdad histórica. Las consecuencias serían nefastas. En particular, el rol de Madres de Plaza de Mayo, asociado posteriormente a las estrategias políticas de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, resultaría en una manipulación tan brutal como exitosa de la frágil memoria de los años 70, sin duda los más trágicos de la historia argentina del siglo XX.

Las memorias mal resueltas se traducen en resentimientos de fuerte potencial destructivo para el futuro de la comunidad política. Victimizando la verdad, las Madres de Plaza de Mayo y los Kirchner cometieron un crimen imposible de castigar, pero tan violento en el plano simbólico como el de sus acusados en el plano material. Los militares mataban y borraban los rastros de las personas. Aunque los movimientos de derechos humanos no hayan matado a nadie, se mimetizaron con las intenciones de sus antagonistas al pretender borrar los rastros de una parte de la verdad histórica de las víctimas. La supresión del lado “oscuro” del pasado revolucionario fue completa: en los altares de la “patria democrática” está ahora registrado que los guerrilleros siempre lucharon contra las dictaduras militares y en defensa de la democracia. De la misma manera, está registrado que nunca hubo terrorismo por parte de la sociedad civil, solamente del Estado.

La construcción de esa memoria fue un trabajo fino, facilitado por el hecho de que los militares no son tan nihilistas como los revolucionarios, en relación a su papel en la historia. Recordando las palabras de Arendt : los revolucionarios “habían adquirido la habilidad de representar cualquier papel que el gran drama de la historia les atribuyese”, los militares no. Las atrocidades de los últimos fueron inconmensurables pero, salvo excepciones, la fidelidad con su pasado no fue menor. La derrota obligó a los primeros a cambiar, pero la adopción de los nuevos valores de la democracia y los derechos humanos no sustituyó a los anteriores de la revolución, apenas los sumó, evidenciando deshonestidad intelectual y oportunismo moral. Los antiguos y nuevos valores son contradictorios y excluyentes, unos pertenecen al paradigma colectivista del socialismo, los otros al individualista del liberalismo.

Los discursos actuales de los revolucionarios y los militares que se enfrentaron en los años 70 se sostienen en la misma cuerda floja. Los militares dicen que no hicieron lo que hicieron, los revolucionarios dicen haber hecho otra cosa de la que hicieron. Que los dioses digan lo que es peor. Lo que yo sé sobre los revolucionarios es que pensábamos nuestras acciones de acuerdo con una filosofía de la historia totalizadora que no nos responsabilizaba por las consecuencias de nuestros actos individuales. Paradójicamente, las amnistías políticas tienen supuestos parecidos: ya sean referidas a acciones militares o revolucionarias, son en cualquier caso de carácter colectivo, no afectan al individuo como tal, sino como parte del conjunto. Pero la amnistía en vigor para los años 70 incluyó apenas a los ex-revolucionarios, los militares quedaron afuera a pesar que ellos tenían también una filosofía de la historia que los exculpaba.

Existe una fuerte dosis de cinismo cuando una sociedad juzga las acciones de un bando de acuerdo con un presupuesto y a las acciones del bando contrario de acuerdo con otro. En otras palabras: dos varas y dos medidas son la peor receta para hacer justicia desde que nuestros ancestros salieron de las cavernas. Si hay amnistía debe existir para todos, si hay juicios de responsabilidad individual deben existir igualmente para todos. La memoria histórica que justifica la aplicación del paradigma marxista-colectivista para disculpar a los revolucionarios y del liberal-individualista para culpar a los militares no es inocente: es intencionalmente perversa con la comunidad como un todo.

En el informe de la CONADEP se afirmaba: “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda”. Esta visión, a veces denominada “teoría de los dos demonios”, fue ridiculizada sobre todo por la izquierda (peronista y no peronista) por pretender igualar las responsabilidades de los actores involucrados. Comenzaron diciendo que hubo más terror del lado de los militares y terminaron afirmando que sólo hubo terrorismo de Estado. No concuerdo con la teoría de los dos demonios, y mucho menos con la de un único demonio. La CONADEP sugiere implícitamente que se trata de demonios relativamente nuevos. Pienso, por el contrario, que los demonios argentinos habitan y se procrean en la larga duración del tiempo histórico, son de una jerarquía mayor. Mi hipótesis es que la nación fue acunada en una guerra civil que se internalizó en el inconsciente colectivo, que los argentinos se acostumbraron a vivir en estado de guerra permanente, manifiesto o latente, que la paz los aburre.

No existe espacio en un ensayo como este para desarrollar esta hipótesis, ni creo que sea necesario para entender lo que ya fue dicho sobre las responsabilidades y confusiones de los años 70. Pero aun el lector complaciente con la lectura de los capítulos anteriores quedará con dudas. Se preguntará por qué las cosas fueron como fueron. Fueron los 70 una anomalía o parte de una serie mayor de eventos. Si fuera confirmada, mi hipótesis respondería esa pregunta, ya que ella refiere a la larga duración de la historia argentina, al trasfondo del drama de los 70 y las generaciones que se enfrentaron. Sin esta hipótesis –o alguna otra igualmente instalada en la larga duración– se corre el riesgo de interpretar los hechos de los 70 como singulares, algo que “nunca más” se repetiría. Pero la historia argentina está repleta de “nunca más” no atendidos. Los años 70 representan una ruptura singular, pero también son una continuidad del pasado. El drama está sobredeterminado por circunstancias en el largo plazo que permiten imaginarlos como expresión de ciclos de “eterno retorno”.

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El aspecto más notable para un observador externo de la realidad argentina es la tensión que se expresa en la superficie de las relaciones sociales y humanas. Mi hipótesis es que detrás de esa tensión existe un resentimiento de larga duración que está presente en la mayoría de los argentinos, independientemente de sus diferencias de clase, de corporaciones o de ideología política. El origen de ese resentimiento no residiría en las supuestas intenciones perversas de determinados actores de la historia reciente, va más allá. Los pueblos no construyen su historia de forma consciente o racional, son portadores de valores y sentimientos que sus ciudadanos heredan del pasado de la nación, así como de la experiencia de su generación. Los valores y sentimientos que los individuos heredan de su familia o grupo étnico-social de pertenencia no son capaces, en la mayoría de los casos, de avanzar a contramano de aquellos que provienen del espíritu del tiempo. A quien piensa lo contrario le pido que imagine, por un instante, los avatares de la vida de trillizos, nacidos en cualquier país de Europa a principios del siglo 20, que quedan huérfanos en poco tiempo y son dados en adopción a diferentes familias, una de Alemania, otra de Rusia y otra de Inglaterra. Obtienen nuevos nombres y nada les permite sospechar que son adoptados o extranjeros. El lector será llevado a concluir que el resultado más probable a observar en los años 30 y 40 será que uno de los trillizos habrá ganado el kit de los valores y sentimientos de los nazis, otro el de los comunistas y el restante de los liberales.

Pero a veces ocurre que en un país coexisten dos tradiciones históricas igualmente fuertes y antagónicas. En ese caso la sociedad está expuesta a enfrentar una guerra civil manifiesta o latente. Estados Unidos en el siglo XIX y de España en el siglo XX son ejemplos de guerra civil manifiesta; independientemente de los resultados, sus respectivas comunidades supieron con el tiempo apagar los rescoldos en esos dos casos. Pero no siempre es así. Argentina pasó por un extenso período de guerra civil en el siglo XIX (1814-1880) cuyos campos de batalla fueron borrados por el tiempo pero continuan latentes en el inconsciente colectivo.

Para simplificar: los historiadores se refieren a una lucha entre unitarios y federales, pero en esos años no estaba en discusión apenas un régimen político, había fuertes valores y sentimientos entrecruzados, además de una enorme cantidad de intereses localistas contrapuestos. En esos 66 (sesenta y seis) años hubo 419 (cuatrocientas diecinueve) batallas entre argentinos. Sólo Funes el Memorioso podría recordar los nombres y circunstancias de todas ellas. Los muertos y degollados se contaron por centenas de miles, pero ningún museo de la memoria quiere recordar su existencia. El magma de la guerra civil devoró las energías de la nación durante más de seis décadas, sin embargo ese hecho es poco y mal enseñado en la escuela, es enviado al basurero de la historia sin antes vacunar a los niños.

Mi generación fue educada en la creencia que nada anormal había ocurrido en la historia del país. La guerra civil americana, aunque de corta duración (1861-1865), fue de una intensidad tremenda, y hace tiempo que es tratada con objetividad por la escuela de los Estados Unidos. Ellos no la esconden, ni hacen ideología con ella. En la Argentina, en cambio, cuando se aborda la guerra civil, los historiadores y el público en general son poseídos por una fuerte subjetividad y defienden a uno u otro lado sin interés en la búsqueda de una verdad consensual.

La generación del 80 (del siglo XIX) construyó un país moderno sobre bases conservadoras, cuyo desarrollo económico y social vertiginoso fue facilitado por una ola de inmigración europea no menos alucinante. La sociedad argentina que festejó en 1910 el Centenario de la Revolución de Mayo vivía en un país absolutamente diferente del que había sido treinta años atrás. Buenos Aires era una lujosa Babel, llena de extranjeros, edificios modernos, monumentos y plazas. La población total del país casi se había cuadruplicado y la tasa de crecimiento económico superaba a la de Canadá, Estados Unidos y Australia, las principales potencias emergentes de la época. En 1884 se había instituido la enseñanza primaria obligatoria y gratuita con excelentes resultados y en 1912 sería garantizado el voto secreto y obligatorio. La Buenos Aires del siglo XX festejaba el progreso, nadie parecía recordar la guerra civil del siglo XIX. Pero en muchas de las atrasadas provincias del interior del país no ocurría lo mismo. Cuando la situación económica en esas provincias se volvió insostenible se creó una fuerte corriente migratoria interna en la dirección de Buenos Aires. Principalmente a partir de 1930, el interior del país sumó una nueva ola poblacional a la anterior de los inmigrantes europeos, trayendo nuevos conflictos y tensiones. Los nuevos emigrantes tenía otro color de piel y otras costumbres civilizatorias, sus raíces indígenas eran inocultables. Si los europeos habían sido mal recibidos, ellos lo serían peor todavía. Esa masa de argentinos era el recuerdo vivo de una guerra civil mal resuelta.

La fase de 1880 a 1930 fue de relativa paz, a pesar de algunas severas tensiones y conflictos. En 1890 y 1905 hubo sublevaciones cívico-militares en reclamo de derechos políticos. En 1919 (Semana Trágica) y 1920-1921 (Patagonia) hubo fuertes huelgas en reclamo de derechos sociales. Esos hechos produjeron muchos muertos y fusilados, entre ellos había una significativa presencia de extranjeros, que cargarían con buena parte de la culpa. Pero en 1930 la guerra civil retomaría su curso, aunque en estado latente. Viejos y nuevos resentimientos explotaban por todos lados cuando ocurrió el golpe militar y se entronizó la dictadura fascista de José Félix Uriburu (1930-1932). En 1930 el régimen republicano fue derrotado por los militares; a pesar de sus vicios era la única garantía posible contra los excesos que llevan una nación al abismo. Así como el impulso civilizatorio de la generación del 80 llegaría hasta el 30, el impulso de barbarie de Uriburu llegaría hasta Videla. Fue Uriburu quien institucionalizó la tortura y quien produjo el primer desaparecido de la historia argentina moderna. Todos los militares que vinieron después son sus herederos, incluyendo a Perón, que como se sabe apoyó también al golpe del 30.

De acuerdo con mi hipótesis, a partir de 1930 comenzaría un ciclo de guerra civil latente, alimentado por antiguos y nuevos resentimientos. Al resentimiento de los derrotados en las guerras civiles se sumaba ahora el resentimiento de los vencedores contra el aluvión extranjero, que en algunos casos traían en la mochila ideologías reformistas avanzadas, como los socialistas, y en otros ideologías de revolución violenta, como los anarquistas. Después de más de seis décadas de guerra civil manifiesta y cinco de relativa paz, los argentinos descubrirían que a las viejas heridas no habían sido curadas, que la paz había sido desperdiciada. El resentimiento atraviesa los poros de la sociedad en forma ambigua y confusa. El Ejército, cuna de vencedores, dificulta el ingreso a sus escuelas de oficiales a los hijos de extranjeros, pero no puede evitar que los hijos de los derrotados en la guerra civil entren en sus cuadros de suboficiales, por ejemplo. Los extranjeros e hijos de extranjeros que nutrían a los nuevos sectores sociales en formación —proletariado y clases medias rurales y urbanas— son sorprendidos por los golpes de 1930 y de 1943, y por el peronismo que les sigue. Serán ellos el motor principal de los partidos de izquierda y progresistas que, llevados por creciente disconformidad por la falta de espacio político para sus fuerzas, destilarían sus energías en la guerrilla de los 70. La guerra civil latente se tornó evidente con el triunfo de Perón en 1946. A partir de ahí el país se dividió con odio y resentimiento creciente entre peronistas y antiperonistas. Igual que las familias, las principales instituciones y clases sociales del país fueron atravesadas por esa división.

La guerra mostró sus garras en 1955, cuando aviones militares argentinos bombardearon y mataron a centenas de civiles en Plaza de Mayo. Fue un episodio claro de guerra civil. A partir de ahí el resentimiento de los argentinos nunca daría tregua, determinando un periodo de guerra latente sin fin, con manifestaciones cíclicas de episodios de guerra civil manifiesta. Con el gobierno de Alfonsín (1983-1989) el país pareció entrar en un período de obediencia al Estado de Derecho, pero eso fue una ilusión fugaz, como se puede hoy comprobar (2012).

No resulta difícil suponer que los años 70 constituyeron un momento que también daba espacio para la expresión de los resentimientos acumulados en los diversos episodios de guerra civil, tanto del siglo XIX como del XX. Hacia los 70 convergieron dos procesos que corrieron en paralelo durante esa década: por un lado el del peronismo, proscripto políticamente por los militares desde 1955, por el otro el de la nueva izquierda revolucionaria, que tampoco encontraba su lugar dentro del sistema político vigente. Es posible que Perón haya querido reconciliación a los argentinos en 1973, pero queriéndola o no ella ya no era posible, en gran parte debido a sus acciones anteriores. En los 70 había comenzado un proceso acelerado de fusión entre peronismo y revolución que encontró su mejor expresión en los Montoneros. Y ellos querían una confusa revolución socialista con o sin Perón. Así como el peronismo realizó en los 40 una síntesis de fuerzas y sentimientos contradictorios, la guerrilla en los 70 también haría lo mismo, ella sería peronista y no peronista, marxista y no marxista, de derecha y de izquierda, atraería a sus filas a los vencedores y vencidos de las luchas pasadas.

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La guerra civil no es un invento peronista, obviamente, pero su fantasma asoló a sus dos gobiernos emblemáticos: el de Perón y Eva (1946-1955) y el de Perón e Isabel (1973-1976). Tanto en 1955 como en 1973 el país vivió al borde de la guerra civil, con grupos de civiles y militares armados matando gente por la calle. No es casualidad. La historia del peronismo y de las fuerzas armadas es concomitante, ambos actores se resienten por igual de su destino, se sienten incomprendidos e sujetos a injusticia por parte de sus adversarios, los cuales no merecen ni la ley. “Al amigo, todo; al enemigo, ni justicia”, según una conocida sentencia de Perón pronunciada frente a las cámaras en 1971, que sirve para ilustrar tanto el comportamiento histórico del peronismo, como el de las dictaduras militares.

Para algunos politólogos la democracia argentina continua firme su proceso de consolidación. Estoy en desacuerdo, pero no voy a entrar en detalles, el presente no es el foco de este ensayo. Aun así, a titulo de ilustración me permito aventurar que al final de la era Kirchner el país asistirá a un nuevo ciclo de violencia entre argentinos. La guerra civil argentina todavía no terminó porque la comunidad continúa dividida. Es importante entender la sobredeterminación del presente por el pasado en la Argentina. Eso ocurrió en los 70 y continuará ocurriendo en el futuro, por lo menos hasta que los argentinos se sientan parte otra vez de una historia común.

Los militares que dieron el golpe en 1976 continúan aun ocupando la primera plana de las noticias de los tribunales. Como de costumbre, no hay política ni intención de pensar la reconciliación nacional por parte del Estado. Por eso el resentimiento se acumula y la guerra civil retorna cíclicamente.

La fuerza de la explosión dependerá de las circunstancias, podrá haber centenas o millares de muertos, podrán ser degollados, fusilados o desaparecidos, pero en todos los casos ocurrirá siempre la misma tragedia de argentinos matando a otros argentinos sin misericordia, con odio. Un dato curioso de ese eterno retorno es que los fantasmas alternan sus posiciones ideológicas sin pudor, eso es posible porque el resentimiento es una motivación que no se apoya en distinciones racionales sino en sentimientos y valores difusos.

La palabra “vuelve” tiene ecos profundos en la Argentina, el pasado siempre está volviendo.

Aramburu fue condenado a muerte por su pasado, no por su presente. El pueblo peronista dio rápidamente un enorme reconocimiento a sus ejecutores, ellos no estaban comenzando algo nuevo, sino continuando algo antiguo. Ese acto no tenía ningún valor simbólico como anuncio de un camino hacia el socialismo, su tremendo poder residía en ser un acto de venganza, que pretendía cambiar la derrota del pasado en victoria futura. Pero el comando que lo ejecutó traía más cartas en la manga. La enunciación de su acto fue hecha en un comunicado firmado con el nombre “Montoneros”, en donde se incluía en el texto la piadosa frase: “Que Dios Nuestro Señor se apiade de su alma”. Los Montoneros eligieron para sí un nombre arquetípico que identificaba a las tropas irregulares en la guerra civil argentina del siglo XIX. Los montoneros (o las montoneras) fueron protagonistas decisivos en muchos combates, su heroísmo era mítico. Dando ese nombre a la organización ellos atrajeron inmediatamente la simpatía de los descendientes de los derrotados en esa guerra. Incluyendo a Dios en su primer comunicado los Montoneros consiguieron también atraer simpatías importantes entre los descendientes de las elites vencedoras, que vivían con culpa la historia argentina. Dios había sido citado de una forma que, por cierto, no traslucía el contenido doctrinario de la teología de la liberación de los comandos, sino la religión oficial del Estado Argentino.

La fuerza de la guerrilla de los años 70 se habría quedado muy atrás de lo que fue sin la invocación a esas fuerzas míticas y sagradas en el primer comunicado de los Montoneros. Las otras organizaciones revolucionarias —ERP, FAL, FAP, FAR, etc.— se presentaban con nombres y siglas convencionales, sin cualquier atractivo especial. Sin la presencia de los Montoneros igual habría habido guerrillas peronistas y no peronistas, pero su expresión popular y sus efectos políticos habrían sido bien menores, así como la convocatoria para sumarse a sus estructuras de combate. La guerra habría durado menos y quizás no hubiera habido ni siquiera un Videla, ¿quién sabe?

Una astucia cruel de la historia fue que la conducción de los Montoneros se dejó engañar por los efectos de sus primeras acciones. Ellos creyeron que eran los principales artífices de la enorme popularidad y reconocimiento que rápidamente ganó la organización. Se creyeron que la espantosa dinámica de crecimiento de sus filas, especialmente en los años de 1972 y 1973, se debía a su “genio” político. Se atrevieron así a desafiar a Perón y a las fuerzas armadas al mismo tiempo, y en el momento más crudo de su derrota llegaron a pensar que existía un movimiento de masas montonero que era la expresión superior del peronismo, conducido por ellos. Era tal su autoengaño que se creyeron invencibles y en 1979-1980 no vacilaron en mandar a la muerte a sus últimos militantes, convencidos de que al llegar a la Argentina se multiplicarían como por arte de magia. Muchos analistas ven esas “contraofensivas” como graves errores políticos de la conducción. Fueron mucho más que eso, fueron la prueba última y definitiva de que la conducción de los Montoneros no soportaba la realidad. Como los “aprendices de brujo”, habían desatado fuerzas que no sabían como controlar sin invocar a la muerte, hasta el fin.

Continúa en la segunda parte de este capítulo.

Del mismo autor:
El círculo de la venganza infinita
Respuesta a Horacio González
Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana
El Efecto Mariposa
Testamento: 3. Líderes
Testamento: 2. Generaciones
Testamento: 1.2 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (segunda parte)
Testamento: 1.1 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (primera parte)
Testamento: Introducción


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