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Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana

Aug 28, 2012

El fenómeno del resentimiento tiene raíces antiguas pero cobra importancia fundamental con la llegada del mundo moderno, sumando los conflictos por los valores sociales y culturales de la nueva dinámica histórica a las tradicionales luchas políticas y militares. Los derrotados en ese mundo de grandes transformaciones son empujados cada vez más hacia atrás con el correr del tiempo, aumentando su impotencia y resentimiento en la misma proporción. Acompañando la eclosión de las masas en la política aparecen individuos y grupos que intentan ponerse por encima de las leyes y los dioses, lo cual lleva a que se atribuyan el derecho de hablar sin escuchar, o de hacer y deshacer aquello que está prohibido a los demás. Eventualmente puede haber entre ellos figuras carismáticas y personas altruistas, pero la ceguera sobre el verdadero sentido de sus actos los conduce inevitablemente a la ruina. Disociados de la realidad, se sienten imposibilitados para pedir perdón por sus actos y eso vuelve imposible la cura de las heridas causadas en la comunidad política. En ellos se cristaliza la convicción de que la culpa siempre es de los demás; los ciega por un deseo de venganza que les impide emprender cualquier sacrificio por el bien común.

Para Friedrich Nietzsche el resentimiento surge a través de una operación sugestiva, mediante la cual el odio de los vencidos es transformado en una victoria moral. En la literatura posterior a Nietzsche, el concepto de resentimiento fue ganando relevancia para entender la dinámica histórica tanto de los vencidos como de los vencedores, dependiendo de las circunstancias. Más allá de las diferencias entre diversos autores, hay consenso sobre el hecho de que el resentimiento evidencia un tiempo penoso que no puede ser superado u olvidado, transformando a los seres humanos en rumiantes de la memoria. Esto trae consecuencias que el análisis político y social contemporáneo no sabe todavía como enfrentar. En las últimas décadas, las ciencias han reivindicado el valor de la memoria como una parte esencial de la condición humana. Pero el congelamiento de un sufrimiento vivido amenaza al futuro con la espada de la venganza. El recuerdo y registro de los hechos históricos es tan deseable como el olvido de los sentimientos negativos asociados a esos mismos hechos. ¿Qué hacer, entonces, cuando determinadas sociedades o grupos humanos quedan presos de un resentimiento que se retroalimenta, estableciendo un círculo vicioso que amenaza no tener fin? Para no caer en el abismo de la barbarie, vencedores y vencidos deberán buscar algún tipo de reconciliación. El perdón y el sacrificio son los únicos caminos para eso. El tiempo por sí solo no cura el resentimiento; por el contrario, lo aumenta. La reconciliación no llega si los actores (o los descendientes de estos actores) no quieren perdonar ni ser perdonados.

El perdón, el sacrificio y la reconciliación son temas centrales de la tradición abrahámica, que nutre tanto al judaísmo como al cristianismo y al islamismo. En La Condición Humana, Hannah Arendt afirma que el origen religioso de estos elementos no impide trasladarlos a la política. Sin embargo, en el mundo contemporáneo difícilmente llegan de forma auténtica. El sentido común de la política contemporánea es extremadamente secularizado y creó, en consecuencia, una falsa antinomia entre perdón y justicia. Pero al contrario de lo que se piensa habitualmente, la justicia —entendida como condena de los culpables— no excluye el perdón. Por más que la relación entre justicia y perdón pueda ser tensa debe recordarse que no son opuestas. Tzvetan Todorov afirma que la justicia prioriza la ley. Es punitiva, pero no reparadora, no se preocupa por el bien de la comunidad. La única diferencia entre la venganza y la justicia punitiva es que la primera es ejecutada por agentes privados y la segunda por agentes públicos. A pesar de esa diferencia ambas responden al mismo padrón: “la ley del talión no ha sido abandonada”. Ejemplos: con la condena a Videla el Estado ejerció una justicia pública, con la condena a Aramburu los Montoneros pretendieron una justicia privada. En este sentido, la ejecución de Aramburu tenía un justificativo que el asesinato de Rucci no tuvo, él fue asesinado apenas para mandarle un mensaje (terrorista) a Perón. La justicia reparadora, que también puede ser llamada reconciliadora, prioriza la comunidad antes que a los individuos, ya que aspira a la cura de los resentimientos mutuos entre culpables y victimas de una historia común.

El perdón es el único camino que garantiza la reconciliación. Sin pedir perdón, sin perdonar a quien lo pide, los errores del pasado continuarán amenazando al presente y al futuro. Pero sin el sacrificio de la confesión, el perdón puede tornarse un artificio instrumental sin efecto. El sacrificio es un elemento central porque demuestra la autenticidad del perdón. El sacrificio de la confesión garantiza la verdadera intención de paz. Que esa intención no existe en Argentina se prueba fácilmente: incluso después de cuarenta años de la tragedia de los años 70, no existe el menor deseo de confesar por parte de los participantes en los hechos de violencia. Peor todavía, cuando aparece alguien como el capitán Adolfo Scilingo —quien en 1995 confesó arrepentido su participación en los llamados “vuelos de la muerte” de la Marina, que arrojaban personas vivas al mar— rápidamente es denigrado por todos, organizaciones de derechos humanos, actores políticos, opinión pública y gobierno. ¡No sea el caso que su actitud sea imitada! En la Argentina son incentivadas y premiadas las acusaciones y la justicia punitiva, nunca las confesiones y la justicia reparadora

Los acontecimientos del pasado son procesados a través de una dialéctica entre la memoria y el olvido. Los actores construyen una memoria que, para fortalecerse, necesita olvidar momentáneamente algunos hechos de su pasado. En particular, aquellos que aun siendo verdaderos y comprensibles presentan elementos contradictorios con las necesidades del presente. La literatura sobre memoria apunta casos interesantes. Uno de ellos es el de los alemanes que, después de la Segunda Guerra Mundial, precisaban construir un consenso nacional sobre los crímenes de guerra del nazismo. En esa memoria había poco lugar para los crímenes de guerra cometidos por los Aliados contra los propios alemanes (como, por ejemplo, el que ocurrió en la ciudad de Dresde, pocas semanas antes de la rendición de Alemania, que fue bombardeada con el objetivo principal de aniquilar a su población civil). Esos hechos debían ser olvidados para facilitar la convergencia de los alemanes en los trabajos de reconstrucción del país junto con los Aliados. Algo parecido ocurrió en la Argentina, donde los atentados terroristas de la guerrilla, realizados entre mayo de 1973 y marzo de 1976 —momento en que el país estaba viviendo bajo un gobierno democrático—, tuvieron que ser olvidados cuando retornó la democracia en diciembre de 1983. La nueva memoria tenía que unir a los argentinos contra la dictadura militar pasada y contra las fuerzas armadas del presente, que aun se sentían con poder para amenazar el futuro. En ese momento no había tiempo y lugar para otra cosa. Pero el tiempo debería avanzar en dirección de la sustitución de estas memorias instrumentales, fruto de las circunstancias, por memorias que gradualmente se aproximen a la verdad. En la Argentina parece ocurrir lo contrario, a medida que pasa el tiempo las memorias históricas se tornan más instrumentales y menos verdaderas.

Cuando la instrumentalización de la memoria histórica se vuelve dominante, deja de ser posible la existencia de una dialéctica auténtica, guiada por el bien común, entre memoria y olvido. En esos momentos la sociedad es obligada a dividirse en base a memorias opuestas, donde lo que recuerda una parte de la sociedad es olvidado por la otra y vice versa. Son momentos de fuerte conflicto simbólico, en los cuales la sociedad se polariza dejándose llevar por una relación amigo-enemigo que exacerba la visión del enemigo, no la del amigo, colocando en riesgo el futuro político de la comunidad.

Parece que los agravios, de palabra y de hecho, que cada uno de los actores hizo contra el otro en el pasado, no pudiesen ser olvidados. ¿Qué hacer para salir de esta situación? La reconciliación es la única solución existente. Pero la misma tiene un fondo trágico que para ser superado necesita del perdón y de la verdad. Y sin embargo, el perdón no siempre es posible, posee un aspecto existencial que supera las posibilidades de la política. ¿Como se podría perdonar lo imperdonable? se preguntaba Jacques Derrida a propósito del Holocausto. No obstante, el perdón es imaginable como posibilidad siempre que la verdad sea revelada para todos. Sin verdad no hay qué perdonar. ¿Pero qué hacer entonces cuando la verdad no es consensual y, por lo tanto, ni siquiera existe la eventualidad de una reconciliación por el perdón? En este caso sólo restan las confesiones. Una muestra de la degradación de quienes hoy reclaman el perdón para los militares o defienden la amnistía que protege a los guerrilleros es el hecho de que no reivindican en ningún caso la debida confesión de los mismos.

Cabe hacer una última pregunta: ¿existe alguna jerarquía entre verdad, justicia y memoria? Para la tradición ética occidental no hay duda de que la verdad es el valor principal. Mal se podría hacer justicia sin el conocimiento de la verdad. Para una comunidad política, la verdad se vuelve esencial porque se refiere a su propia existencia como tal. La verdad es la justicia que una comunidad hace con su futuro. La injusticia, por peor que sea, afecta únicamente a una parte de la comunidad, sean individuos o grupos. Sin la verdad, los resentimientos y los preconceptos que conducen a la injusticia nunca desaparecen. En este sentido se puede afirmar que la verdad es terapéutica, mientras que la justicia que no se subordina a la verdad está lejos de serlo; por el contrario, crea más enemistad en el interior del cuerpo político. Así como la justicia no puede negar su parentesco con la venganza, la verdad tampoco puede negar su intimidad con la confesión y el perdón.

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Sé que mi texto llega demorado. Necesitaba una señal para escribir finalmente llegó. Cerca de mis 70 años la inercia se transmutó en la urgencia de escribir mis memorias. Pretendo concluirlas en breve, pero la urgencia fue tal que fui obligado a escribir primero este ensayo sobre los años 70.

En mi vida no creo haber hecho nada con intención perversa o egoísta, pero hace tiempo descubrí que fui parte activa de una dinámica histórica que podría haber evitado, si hubiese encontrado dentro de mí reservas morales e intelectuales suficientes para enfrentar el lado oscuro del espíritu del tiempo de mi generación. Sin embargo, ser más sabio me exigía no aceptar en aquel momento el desafío de la revolución y, al final de cuentas, haber participado me dio una oportunidad de sabiduría mayor. Solo aquellos que se equivocan tienen la oportunidad de alcanzar una verdadera sabiduría, enseñó Platón en el albor de la cultura occidental. No existe sabiduría innata que ayude evitar los males de este mundo, los seres humanos nacen apenas con una chispa de la luz universal, que por ser tan reducida solo puede ser usada a posteriori, nunca a priori.

Si algún factor me hubiese impedido participar en la principal jugada histórica de mi generación, no por eso la tragedia hubiera dejado de ocurrir. Y, habiendo ocurrido, mi participación me permitió mirar hacia atrás y reconocer que todos —y cuando digo todos quiero decir todos— hicimos cosas que nunca imaginamos que haríamos. Comprender eso me dio fuerzas para mirar hacia el futuro y criticar la mentira y la falta de compasión de las memorias vigentes en la Argentina, que rechazan la confesión y el perdón, dos términos que en el vocabulario político vigente equivalen a malas palabras.

Concluyo entonces mi texto confesando que contribuí al sufrimiento argentino con acciones y pensamientos luminosamente ciegos.

Pido perdón a las víctimas de los hechos donde mi participación fue directa, como en José León Suarez hace casi cuarenta años.

Pido también perdón a los inocentes y a las generaciones posteriores a la mía, que aun sin ser responsables por los acontecimientos de la reciente historia argentina continúan siendo castigadas con la ignorancia de su verdadero sentido, impidiéndoles así de parar el yira-yira del karma nacional.

El desierto crece: van aumentando los anillos pálidos y estériles. Ahora desaparecen las zonas avanzadas que estaban llenas de sentidos: los jardines de cuyos frutos nos nutríamos despreocupadamente, los espacios pertrechados con instrumentos bien probados. Ahora las leyes se vuelven dudosas, los utensilios adquieren un doble filo. Ay de aquél que alberga desiertos: ay de aquel que no lleva consigo, aunque sólo sea en una de sus células, un poco de aquella sustancia primordial que una y otra vez es garantía de fecundidad.
Ernst Jünger (1895-1998)

Del mismo autor:
El círculo de la venganza infinita
Respuesta a Horacio González
Testamento: 4.1 Memoria y Condición Humana
El Efecto Mariposa
Testamento: 3. Líderes
Testamento: 2. Generaciones
Testamento: 1.2 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (segunda parte)
Testamento: 1.1 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (primera parte)
Testamento: Introducción


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