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Graciela Bevacqua

Sep 25, 2012

El domingo, en Periodismo para todos, Lanata mostró el emocionante relato de Paula De Conto, la despachante de aduana que se le plantó a Moreno y lo denunció. Durante el programa, Lanata dijo varias veces que era la primera vez que alguien se enfrentaba al Secretario de Comercio y lo denunciaba públicamente. Recordé la primera víctima pública, Graciela Bevacqua, directora del IPC del Indec hasta la llegada de la gente de Moreno, quien por no obedecer las instrucciones del poder pagó un costo enorme físico, mental y espiritual. Nos pareció una buena idea reproducir aquí hoy el capítulo 25 de mi libro sobre el Indec, editado en 2010 por Random House Mondadori, que cuenta su triste calvario. GN

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Para ejemplificar el cambio en su estado de ánimo, Graciela Bevacqua me dice: “En el 2007 y 2008 lo que quería era dormirme y despertarme en 2012. Ahora lo que quiero es volver a 2005”. Me lo dice como avergonzada y le digo que no, que es normal, que lo que está deseando no es volver a ser adolescente o empezar alguna carrera en la facultad, tratando de engañar al tiempo pasado. No, lo que Graciela quiere es volver a tener una vida razonablemente normal, con un trabajo del cual se sienta orgullosa, con un sueldo magro pero digno, con compañeros de trabajo confiables, buenos profesionales, amigos. Todo eso que Graciela añora lo tuvo hasta 2005, tambaleó en 2006 y se lo llevó un tornado apenas comenzado el 2007, el 29 de enero, cuando se quedó sin la Dirección del IPC que ejercía desde hacía varios años. Insólitamente, a partir de su democión comenzó una nueva etapa en su vida: la persecución interminable a la que fue sometida, un acoso que terminó con su equilibrio emocional y mental.

Como fuera contado en otro capítulo, la ocupación principal de Graciela en 2006 fue atender los requerimientos de Guillermo Moreno quien, personalmente, pedía las direcciones de los negocios encuestados para calcular el IPC y, posteriormente, cuestionaba todas y cada una de las características metodológicas siempre y cuando estas apuntaran a subir el índice y no bajarlo. Bevacqua recuerda la que probablemente fue la más absurda de las discusiones: una larguísima con el Secretario de Comercio Interior, economista, sobre si el corte decimal del índice debía ser por truncado o redondeo. Para los que no tienen presente algo que se aprende en la primaria uno puede cortar un número con decimales de dos maneras. Una, la correcta, es por redondeo: así si quiere cortar a una cifra decimal y el segundo dígito es 5, 6, 7, 8, o 9, se redondea para arriba. Si el segundo dígito es un número de 0 a 4, se mantiene la primera cifra decimal. Con los números no hay nada mejor que los ejemplos así que decimos que si queremos llevar 1,83 a un decimal lo convertimos en 1,8 pero si queremos hacer lo mismo con 1,87 se convierte en 1,9. A la larga, lo que se suma de un lado se resta del otro y se compensa. Moreno quería truncar directamente con lo cual si el índice le daba 1,98 debía publicarse 1,9 en vez del más correcto 2,0. Esta tontería para ahorrarse unas décimas de índice le implicaba a Bevacqua una conversación muy larga, en la que tenía que aguantar los gritos, el desdén por el rigor metodológico y el amor por la ignorancia del Secretario Moreno.

Otros momentos de 2006 –entre reuniones intempestuosas acompañadas de música clásica con el Secretario— incluían una conversación telefónica diaria de cuarenta minutos entre Moreno y Clyde Trabucchi, la jefa de Graciela, en la cual ella se sentaba al lado y, mientras escuchaba el vozarrón del Secretario sin necesidad de utilizar el altavoz, trataba de aportar datos a la discusión. Durante el 2006 Bevacqua defendió como pudo la metodología y se sintió un poco sola cuando el comité para el secreto estadístico terminó con un dictamen ambiguo, que no le ponía los límites que correspondían al celo abusivo del Secretario de Comercio.

En enero de 2007, cuando percibió con los informes del arrastre del mes anterior que la inflación iba a ser alta, decidió cancelar la primera de las semanas de sus vacaciones, la del 8 al 15. Para la siguiente fue Lelio Mármora directamente el que le pidió que se quede. Los informes semanales con la proyección para el resto del mes indicaban que la inflación en enero rondaría el 2,1 % y por la experiencia sufrida en el año anterior sabía que habría tormenta y que enfrentarla era su tarea, no la de un subordinado. Las cosas siguieron razonablemente tranquilas hasta el lunes 22, en el que Mármora les anunció a Trabucchi y a Bevacqua que una persona del ministerio de Economía vendría a mirar el cierre del índice. Bevacqua conoció así a Beatriz Paglieri quien, en la primera reunión, dijo “Yo del índice de precios no sé nada”. A lo largo de la semana, Paglieri preguntaba, Bevacqua y sus dirigidos contestaban. Los temas de discusión eran la lechuga, Turismo y la forma de relevar las prepagas, que habían aumentado enormemente, un aumento que el Gobierno quería dejar pasar por alto.

El viernes 26 Bevacqua recibió el tercer informe parcial que volvía a repetir, ya de manera casi irreversible, el 2,1 % proyectado para todo el mes. Asistió a una reunión en donde se discutía disimuladamente, con la anuencia de varios directores nacionales, cómo bajar el índice. Durante el fin de semana pensó que todo el cuidado metodológico se derrumbaba y que ya quedaba poco por hacer. Conversó con sus hijos —de 14, 15 y 19 años— y pensó en renunciar. El lunes llegó a trabajar y allí Clyde le anunció: “Kirchner quiere tu cabeza”. Le dijo que no todo estaba perdido y que Mármora había ido al Ministerio de Economía para pelearla.

Shockeada, salió de la oficina y cruzó al bar de enfrente. De a poco, fueron llegando sus compañeros, de distintos sectores. Se armó una mesa grande. La gente estaba consternada porque comprendía que la violencia contra el índice se había, finalmente, convertido en violencia contra ellos mismos. Al poco tiempo llegó Clyde Trabucchi con noticias frescas sobre lo que Mármora había conseguido en Economía. Mármora, reunido con Felisa Miceli y Alberto Fernández, no había conseguido nada, ya que la orden venía “de más arriba”. “Estás desafectada de tu cargo”, le dijo Clyde. La recomendación del director del Indec era que se tomara el mes de vacaciones y que en marzo se vería cómo estaba la cosa.

Bevacqua no volvió nunca más a su oficina. Unos días después, una compañera iría a levantar las cosas que había en los cajones y las fotos de sus hijos. Lo siguiente que pasó en ese día y en los posteriores no lo recuerda salvo en episodios fragmentados. El sábado posterior, luego de pasar cinco días totalmente aturdida, con el teléfono sonando cada cinco minutos, decidió salir a la calle a encontrarse con dos compañeras. Apenas se bajó del taxi, un fotógrafo de Perfil, que había estado haciendo guardia, se abalanzó sobre ella, dejando un auto mal estacionado y con las puertas abiertas. La había seguido desde la puerta de su casa, donde se había pasado horas con fotos viejas de Graciela, comparándolas con las caras de cada una de las mujeres que salían de su edificio. El mundo se había convertido en un lugar extraordinariamente hostil e incomprensible.

A principios de febrero, el Indec anunciaba que el índice de enero era del 1,1 %, la mitad de lo que se venía calculando. Bevacqua no lo supo porque no veía televisión ni escuchaba radio ni leía los diarios. Durante el resto del mes no pudo levantarse de la cama y las frases que recuerda de una de sus hijas son suficientes para pintar el cuadro entero: “Mamá, ¿cuándo vas a cocinar? Mamá, ¿cuándo vas a cambiar las sábanas?”. En Marzo declaró ante el Fiscal de Investigaciones Administrativas, Manuel Garrido, quien, luego de agradecer el testimonio franco y abierto, le recomendó asistencia médica. A partir de ahí –con un breve paso por la dirección de Comercio Exterior—comenzó para ella una serie de tribulaciones que incluyen licencias médicas, licencias psiquiátricas y vacaciones atrasadas, que la alejaron todo lo posible del Instituto. Estaba clínicamente deprimida aunque se resistía a tomar psicofármacos. No se podía acercar al edificio, intentó sumarse a alguno de los abrazos pero un par de cuadras antes veía la figura plana y ominosa que se alza frente al monumento a Roca y ya no podía seguir. No recurrió a ATE, como lo hicieron otros compañeros que se fueron quedando sin tareas después de su democión, ni salió a hablar con la prensa: simplemente se encerró en su propia desesperación. Aún así, el Indec intervenido la seguía señalando y bloqueando toda posibilidad de cambio. Intentó conseguir otro trabajo de manera de poder renunciar y dejar todo atrás pero una tras otra, misteriosamente, las ofertas se iban cayendo. La psicóloga le dijo en aquel entonces: “No es que estés paranoica, ¡te están persiguiendo!”

El tema económico era acuciante. Cuando Bevacqua estaba al frente del IPC cobraba en mano $ 5860, un sueldo evidentemente bajo para un trabajo fuertemente especializado y con altísima responsabilidad institucional, pero aún así una cantidad de plata que le permitía vivir junto a sus hijos ajustada pero dignamente. Con su desafectación, Bevacqua perdió mucho, al punto de encontrar unos meses después que lo que recibía era 1600 pesos, porque su reemplazante, Beatriz Paglieri, había sido nombrada retrospectivamente desde febrero y que se le descontaba a ella los pluses que había cobrado en esos meses para que se los pagaran a la enviada de Moreno. Más allá del orden administrativo –sordo, ciego y mudo ante los pesares de las personas—había algo diabólicamente simbólico en el hecho de que la plata que a ella le faltaba iba directamente a engrosar las arcas de Paglieri. Luego de ese descuento, en los meses siguiente, el sueldo que cobraba era de un poco más de dos mil pesos, a todas luces insuficiente.

Apareció ahí la posibilidad de viajar a Uruguay, a hacer una asesoría para el IPC del país vecino, pedida por las autoridades orientales. Era un trabajo pago. Bevacqua se asesoró con abogados para saber si se podía hacer. En realidad, cada uno de su pocos y reducidos movimientos era consultado con profesionales: abogados, psicólogos y psiquiatras evaluando la legalidad y las consecuencias de su accionar. Los legistas le dijeron que no había ningún impedimento y Graciela sintió que era una posibilidad de empezar a salir del pozo negro, una pequeña abertura de luz después de tanta oscuridad. Se pidió unos días que le adeudaban de vacaciones para poder viajar y concertar la entrevista laboral. En esos días, recibió un llamado de las autoridades estadísticas de ese país diciéndole que personalmente Ana María Edwin las había llamado para decirles que el Indec y el Gobierno no verían con buenos ojos la contratación de Bevacqua para su IPC. Los estadísticos uruguayos decidieron seguir adelante con la entrevista pero las autoridades del Indec encontraron un nuevo recurso. Poco antes de viajar, el director de Personal del Indec le avisó que sus vacaciones estaban canceladas. Bevacqua no pudo viajar. La reacción de Graciela fue –dentro de sus posibilidades—violenta, gritándole a Roberto Martínez: “¡Vengan ustedes a darle de comer a mis hijos!”

Para ese entonces, Graciela había conseguido un pase para la Biblioteca del Ministerio de Economía. Comenzó a trabajar de a poco, contenta, asistiendo a reuniones. No entraba por la puerta de Hipólito Irigoyen, expuesta al público y de más circulación, sino por Balcarce, haciendo un largo recorrido por los laberínticos pasillos, para ocultarse de la prensa. Allí pensó que la dejarían tranquila, que no tendría que soportar más las presiones que salían del edificio de Roca. Se equivocó otra vez.

Primero apareció como testigo en una causa penal que el Indec hacía contra uno de los técnicos que trabajaba con Graciela en el IPC, Luciano Belforte. Martínez, a la distancia, desde el otro edificio, comenzó a hostigarla con el tema de los horarios, para que se le entregue la cédula de citación. Peor aún, la causa, prontamente, la tuvo como acusada junto a Belforte. Se trataba nada menos de una causa judicial, en la que se le acusaba de “falsedad ideológica” ¿Qué crimen habían cometido Bevacqua y Belforte?

La situación era sencilla. Belforte cobraba unas horas cátedra por haber dictado un curso en el INAP. La liquidación de esas horas aparece en el recibo coincidente con las vacaciones, que Luciano pasó en Brasil. Se acusa a Bevacqua de haberle firmado esas horas para cobrar y que Belforte las obtenía sin trabajar. Que la única denuncia penal contra los técnicos del Indec haya sido ésta provoca la sensación de que los discursos acerca de la corrupción previa a la intervención no tienen ningún sustento. Si uno ha trabajado un poco en la administración pública sabe perfectamente que entre la prestación de un servicio y su cobro pueden pasar meses. Eso es lo que sucedió en este caso. La cámara en una primera instancia ha dicho que no tiene elementos como para condenar a Belforte aunque la causa sigue abierta. Aún así, el Indec ha hecho perder tiempo y dinero del Estado para una causa totalmente insustancial, que solo ha servido como chicana para retrasar el juicio laboral que Belforte le realizó al Indec y para seguir persiguiendo a Bevacqua.

Finalmente, luego de larguísimas licencias médicas, de cambio de medicación, de consejos de psicoanalistas, psicólogos y psiquiatras, de trabajos perdidos, de gente que cambiaba su parecer cuando parecía que la estaba por emplear, de penurias económicas, de inseguridad, de acoso periodístico, de acoso laboral, de ofrecer sus servicios como secretaria y aún así ser rechazada; después de toda esa ordalía, Graciela decide que su vida y el Indec son incompatibles, que hay que dar el gran salto al vacío y encarar la vida más allá del Instituto. La renuncia termina siendo en una fecha significativa: el jueves 29 de enero de 2009, exactamente dos años después de que comenzara su pesadilla con aquellas palabras de Clyde Trabucchi: “Kirchner quiere tu cabeza”. Se refugia en un instituto que tiene conexión con la Facultad de Ciencias Económicas y, junto al economista Nicolás Salvatore, calcula un IPC para Buenos Aires City, publicado mes a mes, “una manera”, según ella, “de devolverle a la sociedad lo que sé hacer”.

Con la libertad, aparece, por primera vez, el perfil público de Graciela Bevacqua. Algunos meses después de la renuncia y por primera vez desde que se desató el conflicto, Graciela decidió conceder una entrevista. A comienzos de julio de 2009, una semana después de la derrota electoral del justicialismo en las legislativas, apareció en el diario La Nación, en el suplemento Enfoques, una larga entrevista realizada por Francisco Juegen, donde Graciela cuenta su historia, desde las primeras reuniones con Moreno hasta el presente. El título, provocativo pero no elegido por ella, era un textual de Graciela: “Cristina avaló la manipulación de las estadísticas del Indec”.

Una semana después, el Instituto decidió emitir un comunicado para contraatacar la salida a la luz de Graciela. En un “Comunicado al personal”, fechado el 13 de julio de 2009 se enumera una serie de 10 puntos sobre Graciela Bevacqua. Es la única vez que el Indec de la intervención se tomó el trabajo de defender oficialmente su versión de los hechos y de atacar a los técnicos que se resistían, así que vale la pena ver cuáles son sus argumentos. El primero refiere al juicio penal seguido contra Bevacqua y Belforte ya mencionado. Luego sigue enumerando los días en que Graciela no trabajó en 2007 y 2008: 9 veces con ausente con aviso, 40 días por licencia por enfermedad, 247 días por licencia por enfermedad de largo tratamiento y 107 días de vacaciones comunes y señala que todo ese tiempo cobró el 100 % de su sueldo. Sigue con una larga aclaración sobre la cancelación de sus vacaciones cuando quería viajar a Uruguay. Señala una interpretación según la cual no podría desempeñar tareas en Uruguay siendo miembro del Indec. Aclara que Bevacqua ingresó en dos oportunidades al Indec, en 1984 y en 1992. En los puntos seis y siete señala que Bevacqua no tiene título universitario y que no estaba en su cargo por concurso. Los puntos 8 a 10 refieren al nuevo trabajo de Bevacqua en Buenos Aires City y a su curriculum.

Nuevamente, la presentación peca de sabor a poco. No se entiende el nivel de persecución a un técnico al cual solo se le puede acusar de una firma de horas extras supuestamente indebida. Los puntos referidos al título de Graciela y a la falta de concurso de su cargo son especialmente inadecuados como argumentos. El comunicado es firmado por la Dirección del Indec, es decir, por Ana María Edwin, responsable de Recursos Humanos del Instituto desde décadas atrás. Si alguien es responsable de que no hubiera concursos en el Indec era ella y no Graciela Bevacqua. Lo mismo si se piensa que su calificación profesional no era la adecuada. La enumeración de las licencias otorgadas por la propia Edwin, con certificación médica, y la aclaración de que siguió cobrando el sueldo durante las mismas no aporta nada, ¿cómo podría ser de otra manera? La enumeración de puntos es tediosa y, aun así, la falta de volumen del comunicado es llamativo: ¿esto es todo lo que se puede decir de Graciela Bevacqua para desacreditarla?

Graciela decidió no contestar el comunicado. Ya no les tiene tanto miedo, ya no depende de ellos. Lentamente, sin dejar de tener una enorme cantidad de dificultades, va armando una vida digna. Como el periodista de La Nación, me costó mucho llegar a una cita con ella pero cuando nos encontramos, en el mismo lugar en el que había hablado con Francisco Juegen, estuvimos cuatro horas, donde habló sin parar, en confianza, fresca y abierta, firme en lo que decía. Me dijo, sin embargo, que aun hoy siente en el pecho una angustia de muerte que la oprime. No parece. Le digo que la veo mucho mejor que en julio cuando, luego de dar la entrevista a La Nación, estuvo en varios programas de televisión, donde se la notó nerviosa y dubitativa. Es allí cuando me dice que está mejor, y con un poco de vergüenza me cuenta que antes quería dormir y desaparecer del mundo y que en cambio ahora simplemente añora su vida de hace cuatro años.

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