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El fin de la vía (1)

Jan 17, 2014

Sin pedir permiso pero sin obstrucción de nadie, deciden tomar el centro de la escena, que —curiosamente— es el centro del vagón. Del primer vagón. La formación de ocho coches que hace más de diez minutos se encuentra en la estación de Merlo le da una mano a estos dos jóvenes aventureros sub 25. Gracias a la inesperada e injustificada cancelación del viaje con destino a Moreno, el tren regresará hacia Once con menos pasajeros de los que habitualmente lleva por ser las 10:45 AM de un día laborable. Ese día laborable es el jueves 12 de diciembre de 2013. Podría ser como cualquier otro, incluyendo este tipo de decisiones que alteran viajes de ciudadanos tan cansados como resignados, aunque algo inesperado lo ha vuelto diferente. Tres horas y media antes, la formación Chapa 10 descarriló en la entrada al Andén 1 de Once y provocó serias demoras en el servicio. Por suerte, el buggy (eje) de un vagón que se descalzó no provocó mayores inconvenientes en la estación cabecera de Capital Federal. Tampoco generó asombro en nadie. Ni entre los ciudadanos que debieron caminar 300 metros de más hasta llegar al Hall principal, ni entre los trabajadores del tren, ni entre los funcionarios a cargo de que esto no suceda más. Sólo se suspendieron los accesos a ese andén y al contiguo (el número 2, protagonista principal de esta historia) y se dejaron abiertos los tres restantes. El show debe continuar. Eso es lo que también sucede a 31 km. del lugar del accidente.

Él, de impecable presencia, barba rebajada al ras, bermudas y remera oscura, da las indicaciones y afina por última vez la guitarra. Ella, sintiendo las miradas que apuntan cada vez más hacia su figura cubierta por una llamativa calza al estilo “cebra” y una musculosa y chatitas negras, se acomoda entre las dos puertas laterales del medio. La formación, con sus 60 asientos ocupados en cada coche, más algunas personas de pie, finalmente arranca. Ellos dos hacen lo propio con su repertorio, que no durará más de cinco minutos. Él canta y recita como si estuviera en un tren urbano de San Juan, la capital de Puerto Rico, país del que es oriundo Eddie Dee, el famoso cantante de reggaetón que perfeccionó una de las canciones más exitosas de sus compatriotas de La Secta All Star, en 2005. A la base melódica y romántica del tema “La locura automática”, Eddie le sumó en el remix un estilo que invita a mover caderas, brazos y piernas. En el Sarmiento, por supuesto, no existe espacio suficiente para hacerlo. Muchos pasajeros aceptan acompañar el ritmo de la música centroamericana, algunos golpeando sus suelas con el piso. Antes de terminar, los improvisados cantantes repiten dos veces más el estribillo, con una frase que quedará rebotando entre las paredes del vagón: “Si yo no te vuelvo a ver… No sé lo que voy a hacer…”. Después basta con que un joven aplauda una, dos veces, para que el resto se contagie y de por aprobada la corta función.

El artista anónimo agradece y pide una “colaboración”. Su aleatorio público responde. No menos de 15 billetes de 2 pesos, hasta alguno de 5. “Gracias y que Dios te bendiga.” “Suerte, papá”. Su voz y la de su compañera se pierden entre el fuelle que divide al primer vagón del segundo. El vacío que dejan ambos se ocupa de inmediato. Quien le sigue es un señor no vidente, sin ningún show por ofrecer. La ropa gastada, el bastón que lo ayuda y un vaso que hace ruido al moverse. Esos son sus instrumentos. Para él no hay billetes, salvo alguna excepción.

Entre el joven dúo cantor y el hombre que mendiga con sus limitaciones a cuestas, el tren se detiene por primera vez, en la estación de San Antonio de Padua. Si uno proyecta la visión por la ventana que da al lado sur de la ciudad, se encontrará con la calle Pedro Noguera. Trazando una línea imaginaria, a más de 15 cuadras de las vías, entre casas que no respetan la numeración que corresponde, saltando del 1700 al 1200 en cuestión de metros y volviendo a la correlatividad correcta, vivía Lucas. Hoy viven Luján, su madre, y Lara, su hermana. “Los que se pierden preguntan en la remisería de la esquina y se ubican mejor”, explica quizás la cara más visible del grupo de familiares y amigos de las víctimas de la tragedia de Once. Esa remisería se llama “La Fe”. María Luján Rey no volvió a ver a su hijo después del 22 de febrero de 2012.

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Lucas vivía en la calle Noguera, pero no era su única casa. Casa Frida, un espacio cultural y comunitario donde cantaban bandas, se presentaban libros, ciclos de cine y se intercambiaban vivencias entre grupos diversos que compartían el amor por el arte en cualquiera de sus versiones, era su segundo hogar, en Ituzaingó. O su tercero, porque también solía parar en el departamento de su padre, a cuatro cuadras de la estación de Padua. Justo allí durmió hasta cerca de las 7 AM del 22F. Paolo Menghini, su papá, había ido muy temprano a su trabajo en la TV Pública como uno de los editores del noticiero, desde el departamento de su novia, en Palermo. Cuando podía, le ofrecía a su hijo sacarse el sueño en el auto camino a Capital, aunque llegara antes a su trabajo en un call center, de manera de evitar el Sarmiento, un transporte que el mismo Paolo había sufrido durante 23 años, padeciendo el frío en invierno y hacinado en el calor del verano. Esa mañana no ocurrió.

La noche del 21, Lucas cenó con su madre y su hermana y luego tocó algunos temas en los corsos de Padua con Sistemática, una de sus dos bandas; la otra se llamaba Chimeneas. Lucas también tenía una hija, Guadalupe Paz; por ella viajaba de lunes a viernes a Capital a trabajar. Después de pasar por un corso y saludar a su amigo Germán, a la 1:30, Lucas se fue a dormir para levantarse temprano al otro día. Lo mismo hizo su madre, quien a las 7:20 tenía las primeras mesas de examen de Geografía en la Escuela estatal No 32, alejada del centro de Merlo. Cuando ella salió del aula y verificó el celular que había puesto en silencio, se encontró con 20 llamadas perdidas de Paolo. Su ex pareja había recibido la noticia del choque del tren en el canal.

Luján quiso creer primero que su hijo se había quedado dormido. Su hermana Lara, que hoy tiene 18 años, fue a buscarlo en bicicleta porque no atendía el teléfono del departamento. Tampoco contestaba. Desde ese momento supieron que Lucas viajaba en la formación 3772 que se había estrellado en la estación de Once al final del Andén No 2.

“Paolo llegó 8:50 a la estación y me dijo que no fuera para allá porque la escena era terrible. Entonces viajé a Capital a recorrer hospitales, aunque no se sabía nada de Lucas”, recuerda Luján. Al inicio de la tarde, el SAME inició la retirada de la estación. Sólo lo hace cuando la policía da por terminado el operativo de búsqueda y rescate. Ni la búsqueda ni el rescate de Lucas se habían dado a conocer. Este joven de 20 años tampoco se encontraba en las oficinas de su trabajo, sobre la Avenida Mitre, donde también se había dirigido previamente su padre. 50 cuerpos sin vida se habían sacado del tren. Faltaba reconocer a varios de ellos, y a la noche llegaría el duro momento de acercarse a la morgue de Chacarita. Antes, Luján siguió el recorrido por hospitales, que había empezado en el Ramos Mejía, y hasta clínicas privadas, por las dudas.

“Uno se siente un miserable. Ver una foto de una persona muerta y en esas condiciones. Se siente alivio porque no era el hijo de uno, pero era el hijo de alguien”, admite Luján. Ya jueves, hicieron la denuncia de búsqueda de paradero en la comisaría de Padua, que también quedó asentada en la División de Búsqueda de Personas de Capital. Gracias a estos movimientos, el viernes se accedió a los videos de las cámaras de seguridad de la estación de Padua. Recién el viernes. Hasta entonces, el juez Claudio Bonadío había impedido que se reiniciara la búsqueda en el tren para no modificar la escena hasta que se hicieran las pericias. Inclusive al mediodía del jueves dejó una respuesta por escrito con la negativa de utilizar una sonda en los vagones para detectar restos cadavéricos. Ante la inacción estatal, ese mismo día los padres debieron pasar nuevamente por la morgue y observar fotos de rostros en muy mal estado, pero ninguno de su hijo.

A las 15 del viernes 24, más de 50 horas después del accidente, Paolo volvió a Once. Estaban las solicitadas imágenes de la estación de Padua. En ellas se ve a Lucas subir al cuarto vagón, no por la puerta sino por una ventana que da a una cabina, la que sería del motorman, si se hubiera tratado del primero. Debió haber estado inhabilitada. Tampoco era fácil acceder por una puerta que parecía jugar a expulsar a la gente que desbordaba de cada una de las seis existentes por vagón (tres por lado). Esa cabina, de un metro de largo, se había incrustado en el tercer coche y había quedado disminuida en 30 centímetros. Rápidamente, sólo que 57 horas de búsqueda más tarde, los bomberos cortaron los fierros y se encontraron con el cuerpo de Lucas, sentado, con fuertes traumatismos que le habrían causado la muerte en el acto. Su madre prefirió no verlo en esas condiciones. Su padre lo reconoció gracias a un rasgo que sólo podía exhibir su hijo: una pequeña mancha producto de una quemadura en su mano derecha, que sufrió cuando recién aprendía a pararse.

Del mismo autor:
El fin de la vía (8)
El fin de la vía (7)
El fin de la vía (6)
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El fin de la vía (4)
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El fin de la vía (2)


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