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El fin de la vía (2)

Jan 19, 2014

Sarmiento

La Carlos Gardel impresiona por su tamaño. De acuerdo al plan de urbanización estipulado, o a la avenida por donde donde nos toque ingresar, decidiremos anteponer “barrio” o “villa” al nombre del histórico cantor. Poblado por aproximadamente 10.000 ciudadanos, el lugar está ubicado en el límite de El Palomar con Villa Sarmiento, dentro del partido de Morón. Las avenidas Marconi y Pedriel marcan los límites laterales, al lado del Hospital Nacional Posadas, uno de los más grandes de la provincia de Buenos Aires. Accediendo por Perdriel, se pueden ver los inmensos monoblocks Presidente Sarmiento, que se empezaron a construir en 1968. Son 31 en total, con 1200 viviendas. Algunos se ocuparon de acuerdo a lo establecido con quienes ya estaban en esos terrenos y permanecían transitoriamente (ésa era la idea) en Núcleos de Habitación Transitoria durante los 70. Muchos otros terminaron siendo usurpados por personas que no tenían techo y ocuparon el lugar de los adjudicatarios originales. Así, varios NHT pasaron a ser permanentes, incluso aquéllos que quedaron vacíos por las mudanzas, en los que se instaló más gente que no tenía dónde dormir. Ahora, ingresando por Marconi, el panorama es distinto. Desde 2005, cuando se empezó a concretar el Plan Nacional de Viviendas, se entregaron 366 casas, en terrenos individuales que se construyeron en calles de asfalto, como las de cualquier barrio normal. “La mía es la 1965”, resalta con orgullo Leonardo. Ese es el número de su casa, ubicada sobre Neuquén, tres cuadras adentro de la Gardel. Hace 32 años, desde que nació, que Leonardo vive en el barrio, pero recién en 2008 accedió a la vivienda por la que él y su familia habían hecho tanto esfuerzo. Leonardo es un hincha de Boca que trabaja desde los 7. Como las casi dos mil personas que se subieron el 22F al Chapa 16, Leo se levantó temprano ese día. Se tomó el colectivo desde el Barrio Carlos Gardel y viajó hasta la estación de Ramos Mejía. Allí esperó el tren, al que entró por la tercera puerta derecha del primer vagón. Iba a trabajar. No estaba en blanco. No tenía jefe. Tampoco feriados. Por eso puede decirle al ex secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi, que también había viajado en un día feriado, los dos anteriores más precisamente, decretados para festejar el carnaval. Este ex funcionario, hoy procesado en la causa por el choque del tren, justificó en parte la cantidad de muertos argumentando “que los primeros dos coches estaban atiborrados de gente. Si pasaba ayer, no era tan grave”. Ese “ayer”, como el “anteayer”, también había visto a Leo adentro del tren.

Leo iba hacia Once porque tenía un trabajo en Congreso, donde lo esperaba un muchacho que le conseguía laburos de plomería, pintura, carpintería o albañilería del otro lado de la Avenida General Paz. Varias veces viajaba con algún hermano menor o amigo del barrio, pero como era febrero, no había tanta mano de obra requerida. Mejor así. Leo estaba acostumbrado al Sarmiento, tanto que solía ubicarse al borde de las puertas corredizas, dejando abierta una de ellas con sus pies para que entrara algo de aire en días calurosos, como el 22F. Sarmiento no sentía vértigo. No es un error de tipeo: el apellido de Leo es Sarmiento.

“Algunos creen que me dicen Sarmiento por el accidente”, comparte Leonardo Germán Sarmiento entre risas nerviosas, producto de su timidez que fue aprendiendo a convivir con cámaras de televisión. Habría que aclarar que el tren tiene un sistema que le impide arrancar al motorman si alguna de las puertas está trabada. Como tantas otras cosas y como casi siempre, ese mecanismo no funcionaba. Cuando la formación ingresaba ese día a la estación, a las 8:32, Leo vio que, al entrar por el andén Nº 2, la salida sería por el lado izquierdo. Empezó a girar, se ubicó detrás de muchas otras personas y permaneció quieto y rodeado hasta que escuchó el ruido del impacto.

“Lo único que escuché fue una explosión y cuando me desperté ya estaba en la ventanilla. Cómo llegué, no sé. Podía ver para adentro. Aunque lo primero que observé fue gente del lado del Andén Nº 1, mirando hacia nosotros y sacando fotos, filmando con los celulares. Empecé a escuchar a la gente gritar y no entendía. Me acuerdo que estaba contra la ventanilla y un cuerpo, que tenía la cabeza aplastada arriba”. Leo no entendía lo que pasaba, y quienes estaban afuera no comprendían cómo podía sostenerse en el aire un muchacho de unos 100 kilos sin caer a las vías. Sus piernas estaban atoradas entre cuerpos y fierros retorcidos. “Primero sentía las piernas, después que iba pasando el tiempo las sentí menos, hasta que no las sentí más. Por un lado, le pedía a Dios que si me tenía que llevar, que me lleve, porque no aguantaba más el sufrimiento. Después, con un chico que estaba donde yo estaba, que también estaba sentado de espalda, decíamos ‘quedate tranquilo, que ya nos sacan’”. El “ya nos sacan” se transformó en una espera de casi cuatro horas.

Las fotos con Leo colgando, luego sostenido por una camilla de rescate naranja, siempre vistiendo una camiseta azul y amarilla de entrenamiento de Boca, se volvieron ícono de los momentos de rescate. El otro muchacho parecía vestir una campera de River, aunque Leo dice que no: “era toda blanca. Lo que pasa es que te confundís porque estaba manchada de sangre”. El lado derecho de la cabeza de Leo también estaba cubierto de sangre. Al principio se tocaba y no entendía, tardó en darse cuenta de lo que le sucedía: al salir violentamente expulsado por la ventanilla, sufrió un gran corte de ese lado, que le arrancó la oreja, sin afectar ningún órgano del oído. “Miro para arriba y veo el pedazo de oreja colgado de la ventana. Pero escuchaba bien y lo único que quería era salir de ahí”, explica crudamente Leo.

Un helicóptero lo trasladó de urgencia al Hospital Santojanni. De su ropa no le quedaron ni la camiseta ni las zapatillas incrustadas entre los hierros ni el nuevo par Puma que se había comprado y llevaba en su mochila para cambiarse. Su novia de entonces lo vio en la tele y salió directo a Once. Su madre Nelly, que vive con él y cuatro hijos más chicos (son nueve en total), esperó que un amigo del barrio la pasara a buscar y fueron hacia allá también. Leo recuerda que su hermano Facundo, dos años menor, le dijo mientras se lo llevaban en camilla: “Leo, acá estamos”. Y estuvieron ese día, así como durante los duros meses de internación, operaciones y recuperación que siguieron y aún no terminan.

Del mismo autor:
El fin de la vía (8)
El fin de la vía (7)
El fin de la vía (6)
El fin de la vía (5)
El fin de la vía (4)
El fin de la vía (3)
El fin de la vía (1)


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