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El fin de la vía (4)

Jan 31, 2014

María Luján Rey me abre la puerta de su casa. Viste una enorme remera blanca, con la ya característica imagen estampada: un logo con fondo negro, un “5” en lugar de la “S” de “Justicia”, y un “1” en la posición de la “I”, que a su vez tiene adentro un pequeño “+1”. La suma da 52, la cantidad de víctimas fatales en Once. Ese “+1” se incorporó en representación de Uma, una beba que llevaba seis meses de gestación en la panza de Tatiana, abogada de 33 años que falleció en el tren. Su esposo, Edwin Ojeda, con quien tenía ya tres nenas de 3, 4 y 7 años, logró que se elevara el número oficial de víctimas a 52.

María Luján está estampando ese mismo logo en otras remeras, esta vez las de los empleados de limpieza, las de quienes venden los boletos o son guardas del Sarmiento. No hay un ejército de personas pintando remeras, organizando actos y actualizando la página web de los familiares y amigos de las víctimas de Once; lo hacen ellos mismos. Luján fuma y toma mate, hay una pava eléctrica encendida todo el tiempo. “El cigarrillo me acompaña durante toda la vida, desde los 12. ¿Necesidad de dejarlo? Ni en pedo. Viajo en tren. De algo me voy a morir. Sí, me hace mal. Me hacen mal tantas cosas. Estaría buenísimo no fumar y toda la gente que no fuma, está buenísimo. Pero yo, hoy por hoy, no necesito otra preocupación y otro problema”.

Lucas también fumaba, el apodo que más lo identificaba era Chimu, por chimenea. Una de sus bandas se llamaba Chimeneas, y este símbolo está dibujado en el antebrazo izquierdo de su madre; un tatuaje con dos chimeneas de colores juntas que lanzan humo, nptas musicales y corazones. Se lo hizo en 2012. Guadalupe Paz, su nieta, la hija de Lucas, con sólo 4 años, le dijo: “Ya sé por qué te lo hiciste: por el quetejedi_”. Guadalupe dice que va a trabajar _de Justicia, como su abuela. También busca en el cielo el lucero y le habla a su padre. María Luján tiene otro tatuaje en memoria de Lucas, en la espalda. Dice “Madera noble, roble es mi corazón”, con la caligrafía de él. Es una frase que había escrito en la canción “Moscas en rosa”, a los veinte años.

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Al día siguiente del velatorio de Lucas, María Luján salió a comprar algo para desayunar. Agarró el Clarín, que todos los domingos llegaba a su casa; tenía la conmovedora foto de la marcha de Padua en la tapa y, adentro, una frase de Nilda Garré, ministra de Seguridad: “El cuerpo de Menghini Rey se encontraba dentro de la cabina de conducción del motorman del cuarto vagón, lugar vedado a los pasajeros, que se hallaba en desuso y sin comunicación con el interior del mismo por hallarse las puertas clausuradas”. Listo. La víctima viajaba en un lugar prohibido, era culpable de su destino.

“Desquicié mal. Lo llamo a Paolo —su ex-pareja— y él ya lo había visto también. Me pasó a buscar y yo ya quería escribir un comunicado. Analizamos y le gané la discusión de nombrar a Garré. Ella puso el nombre y apellido de mi hijo y yo iba a decir el suyo”. El comunicado, el primero de una lista que al día de hoy continúa, merece ser leído.

Al día siguiente, lunes 27 y nuevamente feriado, los padres de Lucas, junto a Lara, se sientan en el escenario del teatro Margarita Xirgu, en Capital Federal. Sientan posición: “Un desastre previsible y no un accidente”. No todos allí son conocidos de la víctima Nº 51. También se produce el primer contacto con otros familiares de personas que habían fallecido en el Chapa 16. Cuando sale del teatro, Luján se encuentra con una chica joven, que le dice: “Vine. Yo perdí a mi mamá”. Esa chica es Vanesa Toledo, hija de Graciela, a quien reconoció en la morgue el mismo #22F. “Ahí terminé de unir el dolor que yo tenía con todo lo que sabía que les había pasado a otras personas. El tema es que ellos hasta habían vivido junto a nosotros, a través de los medios, toda la situación que había ocurrido con Lucas. Nosotros estábamos tan compenetrados en la búsqueda que los tiempos fueron otros y no habíamos podido procesar todo lo demás”, dice Luján.

A partir de ese momento empezaron a contactarse con más familiares. También llegaban mensajes de desconocidos a los celulares de Paolo y Luján. “Me llamó una chica y me dijo que era amiga de los padres de Coqui, que ellos eran muy grandes y que estaba preocupada. Que sabía que yo tenía lo mío pero si podía tratar de darles una mano”. Coqui era Juan Carlos Alonso, de 41 años, quien iba en el tren hacia su nuevo trabajo, una empresa de computación, y nunca logró llegar a destino. “Los llamé. Me presenté sin saber qué decirles y a los dos minutos hablaba con Juanca, quien se llama igual que su hijo, como si nos conociéramos de toda la vida. Él decía estar bien pero andaba preocupado por su mujer, Haydeé. Hablé con ella y me decía lo mismo, pero al revés. ‘Yo voy si vos vas’. A la marcha en la Catedral que convocamos para el miércoles siguiente. Así fue como nos empezamos a conocer, a entender, entre nosotros”.

Hoy son alrededor de veinticinco familias las que se juntan a discutir los pasos a seguir, una vez por mes o cuando las noticias lo hagan necesario. Dieciséis de las víctimas fatales eran del exterior, varias no contaban con parientes en el país y algunos otros eran de otras provincias. Hay familiares de ellos que, cuando pueden, se acercan a compartir escenario en algún acto.

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Norma se incorporó a los cinco meses del choque.Viajaba a trabajar justo en el primer vagón, delante de todo, junto a su hija, Karina Altamirano. La chica estaba a 15 días de cumplir 15 años. Como eran vacaciones, la madre la llevó con ella. En el viaje, se desocupó un asiento atrás de la cabina del conductor y se lo cedió a Karina. Tras el golpe contra el final del andén, nunca más vio a su hija con vida. Ella se recuperó lentamente, aunque tiene secuelas en sus piernas. “Hoy le decís ‘Hola, Norma’ y Norma llora. Pero tuvo el coraje para acercarse al grupo y compartir sus dolores, sus sensaciones y sus pensamientos”, valora Luján. El grupo es heterogéneo, tienen distintas visiones de la vida, de la sociedad, inclusive de la política y de la religión. Sus integrantes aceptan estas diferencias y se concentran en la razón por la que están juntos, además de contenerse mutuamente.

Los familiares de Leonel Frumento, un vigilador de una empresa de caudales que ese día tomó el tren porque su moto estaba rota, nunca faltan a los actos. Leonel dejó una esposa, y un hijo que tenía un año cuando chocó el tren. Los padres de Leonel y su hermana, Marisol, también van a las reuniones. Ella se entrevistó con la Presidenta en una reunión privada con familiares de víctimas. “Nos repetía que nadie como ella sabía qué era el dolor. Le dije que no era lo mismo que el nuestro, ya que Leonel iba a trabajar porque quería progresar, era joven y sano. Me respondió: ‘Nena, mi marido se murió trabajando por un país mejor, por la Argentina’”. Ese país mejor no llegó a las vías del Sarmiento a tiempo.

Zulma Ojeda también estuvo cara a cara con Cristina. Es la madre de Carlos Garbuio, quien —como Leonel— murió a los 32 años, y hermana de Elisa, una de las personas más activas del grupo y de las que comparten más tiempo con Luján. “Le dije que la había votado en 2011 y que hasta había estado en el funeral de Néstor, en 2010. Pero que seguía pensando que ella no sabe lo que es el dolor, algo que había dicho cinco días después de la tragedia. Me respondió que sí sabía y que yo hablaba desde el dolor, pero todavía no sabía bien de qué se trata”.

Todos los meses preparan en grupo un nuevo discurso para el aniversario del choque. Se reúne todo el grupo. A veces son veinte, a veces más. Todos tienen voz para decir lo que quieran que aparezca en el texto. Se consideran hasta los insultos a algún funcionario, aunque siempre se le busca la vuelta para no faltarle el respeto a nadie. Luego, entre Paolo y Luján acomodan todas las ideas y cohesionan las frases. Después todos revisan el texto y hacen las críticas correspondientes, o dan el visto bueno para que sea publicado. Si hay urgencia, Paolo o Luján se ganaron ya la confianza de los demás como para redactar algún comunicado sin que pase por manos de todos. Esto sucede cuando ocurre un nuevo accidente o surgen novedades importantes en la causa. María Luján aclara: “Todos tenemos un rol clave. Desde Susana, que perdió a su hermana y siempre está en las reuniones con sus sanguchitos únicos, hasta quienes escribimos más o leemos. Esto también lo aprendimos. No cualquiera puede leer y transmitir lo que se quiso decir. Nosotros dos, quizás Mónica Pontiroli (la mamá de Tatiana, una víctima de 24 años y diseñadora de indumentaria), Vanesa, somos los que encontramos la manera de transmitir con nuestra voz lo mejor posible cada mensaje”.

Luciana, una sobrina de Luján, administra la cuenta de Twitter oficial del grupo. “Antes consultaba a la tía. Hoy ya puede manejarse muchas veces sola”, dice María Luján, que se ocupa de mantener el website y la página de Facebook desde su netbook del plan Conectar Igualdad. En el desktop hay una foto de la impactante concentración de gente en Plaza de Mayo. Y en la netbook un sticker con el logo de “JU5T1CIA”, pegado justo al lado del escudo de Presidencia de la Nación.

Del mismo autor:
El fin de la vía (8)
El fin de la vía (7)
El fin de la vía (6)
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El fin de la vía (3)
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