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El fin de la vía (5)

Feb 5, 2014

A los siete años, Leonardo ya era un vecino con historia en la Carlos Gardel, ese barrio en el que abundan hinchas de Deportivo Morón, un popular club del ascenso y el más importante de la zona. Su padre, que murió cuando él todavía era un niño, tenía la concesión para vender gaseosas en las tribunas de la cancha de Chacarita, uno de los máximos rivales de Morón, más aún cuando el equipo de San Martín se asentó en el fútbol de ascenso tras su época dorada en Primera. Como Leo lo acompañaba a trabajar, terminó simpatizando con el Funebrero y no con su equipo de barrio. “Acá ya me conocen”, aclarando que esta cuestión de camisetas cruzadas no le trae ningún problema en la Gardel. La mañana del 22F, Leo esperó cuatro horas en el Chapa 16 hasta ser rescatado. Tenía puesta otra camiseta de fútbol, la de su querido Boca Juniors.

Me encuentro con Leo un viernes. Ya fue y volvió del Hospital Italiano, donde a casi dos años del choque continúa realizando sesiones de kinesiología y sigue con un tratamiento de drenaje linfático. Pasó por la estación de trenes de Ramos Mejía, aunque ahora sólo la cruza para tomarse el colectivo. Su madre, Nelly, fríe milanesas. En un rato, Leo espera ver en directo el sorteo del Mundial de fútbol. Tiene puesto un pantalón largo deportivo con un cierre a la altura de las rodillas; al abrirlo, se vuelve bermudas y deja ver una cicatriz, no la única, sí la más grande que le dejó el choque, a la altura de su pantorrilla izquierda. Cuando el helicóptero lo dejó en el Hospital Santojanni, debieron abrirle esa pierna porque ahí se le habían juntado líquidos de los riñones. También sufrió fractura y desplazamiento de pelvis, una fractura expuesta en la pierna derecha, un corte profundo en su oreja derecha, daño neurológico leve por haberse lesionado el nervio ciático. Lo que más sufre son los problemas crónicos en ambas piernas producto del aplastamiento durante tanto tiempo. “Primero me habían dicho que me iban cortar la pierna izquierda. Esperaron y por suerte se salvó. No sabía qué iba a pasarme hasta último momento”.

Leo iba a trabajar, pero —como el 40% de la población económicamente activa del país— era un trabajador informal, no tenía ninguna ART, no había cobertura privada que se encargara de su salud. Los médicos del hospital aportaron enormes esfuerzos para su recuperación. Sin embargo, el camino se le hace, a veces, demasiado empinado. Leo fue uno de los 31 heridos graves que se salvaron (hubo 758 heridos leves). A medida que el accidente desaparece de la esfera pública, quienes podrían ayudar cada vez se acercan menos, pero él sigue ahí, con un nuevo mundo por delante y sin las herramientas para transitarlo.

Su internación duró más de dos meses. Semanas más tarde, aún en muletas, se casó con Mónica Chegoriansky, amiga de unas primas suyas, con quien había empezado a salir en enero. Le había pedido matrimonio siete días antes del choque. “Ella había aceptado y estuvo todo el tiempo al lado mío”. La modelo brasileña Anamá Ferreira escuchó la historia por televisión, se contactó con ellos y les financió parte de la boda, a la cual también asistió. Los medios cubrieron el rapto de solidaridad y el resurgir de Leo desde las cenizas; flashes perpetuaron un momento único. Nada de eso sucedió cuando, tres meses después, se separaron. “Nos empezamos a llevar mal. Habría ocurrido aunque no hubiera existido el accidente. Igual, no tengo problemas con ella. Fue todo de común acuerdo y hasta a veces vuelvo hablar para saber cómo anda cada uno”, explica Leo, quien ahora vive con su madre y cuatro hermanos más chicos, uno de los cuales tiene una beba de un mes y medio.

Los mayores problemas que tenía Leo para caminar derivaban de la rotura de ligamentos de su rodilla izquierda. Como la complejidad de la operación era mayor, en el hospital no podía hacérsela. Para pagar costos médicos, Leo ya había vendido un microondas, un televisor y la bicicleta que antes usaba para moverse por el barrio. A fines de 2012, Cristian Ritondo, diputado porteño de PRO, quien —como Anamá Ferreira— había oído su historia, le ofreció un puesto en su equipo de trabajo en la Legislatura de la Ciudad como cadete. Leo aceptó enseguida y pudo acceder a cobertura médica, gracias a lo cual fue operado satisfactoriamente. “Siempre trabajé. Nadie me dio nada gratis”, dice con orgullo. En un barrio que hace un par de décadas llegó a contar con el 45% de habitantes ligados a planes sociales, no es un dato menor.

Luego de todo por lo que pasó, ya prácticamente no le tiene miedo a nada. Salvo a viajar en tren. “No me subo más. A Capital, al trabajo, voy en colectivo. Con el 146 o el 135, aunque tarde como dos horas en ir y otras más en volver. De a poco, y cuando los trámites en la Legislatura son urgentes, aprendí a viajar nuevamente en subte. Sólo cuando no queda otra”. En la Legislatura, Leo se informa cada vez más de lo que ocurre en política. “Antes ni le daba bola. Iba y votaba. Ahora leo más. Lo del código civil es una vergüenza. Arman todo para cubrirse ellos y llenarse los bolsillos”, critica al gobierno nacional, por la ya media sanción que dieron en la cámara de Senadores. Durante la rehabilitación, Leo sufrió otra decepción ligada a la política. El mismo gobierno local que le había entregado su casa nueva (del partido Nuevo Encuentro, aliado del Frente para la Victoria), le dio la espalda cuando no quiso nombrarlos como quienes lo ayudaban a salir adelante, por poner un auto a disposición para que se fuera a realizar los estudios médicos y por ofrecerle el servicio de una psicóloga. De a poco, el auto no lo fue a buscar más y la psicóloga no le dio más turnos. Terminó atendiéndose con una profesional del Hospital Posadas, con la que hoy continúa en su consultorio privado, gracias a la obra social.

Leo sigue yendo a ver a Boca, muy de vez en cuando, ya no como infiltrado junto a su hermano mayor que vendía gaseosa o garrapiñada en la popular, sino cuando consigue alguna entrada a la platea. Banca a sus ídolos de siempre, Riquelme y Bianchi, a pesar del difícil 2013 que sufrió su equipo. Su objetivo principal es recuperarse definitivamente de los problemas de irrigación sanguínea en las piernas, que lo cansan mucho. Quiere retomar los estudios que dejó de chico, tras terminar 7º grado en la escuela Nº 67 de Haedo y, en el mediano plazo, poder mudarse solo. “Me gustaría ayudar a las personas. A mí me ayudó mucho la gente con su apoyo en la calle cuando empezamos a salir en la tele, porque no teníamos contención de parte del gobierno”. Leo no cobra ningún subsidio. Se encuentra en juicio con el Estado y el día que haya sentencia probablemente se sacará otra pesada mochila de encima. Sabe que es difícil, pero no descarta volver a agarrar una pelota. Ya le recomendaron que vuelva a hacer bici.

Del mismo autor:
El fin de la vía (8)
El fin de la vía (7)
El fin de la vía (6)
El fin de la vía (4)
El fin de la vía (3)
El fin de la vía (2)
El fin de la vía (1)


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