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El fin de la vía (6)

Feb 7, 2014

Durante todos los días 22 posteriores al 22 de febrero de 2012 se realizaron decenas de actividades. Pintar remeras, sacar fotos a ciudadanos anónimos portando el cartel de “Justicia”, discursos en las distintas estaciones del tren Sarmiento, misas en una iglesia de Merlo como en la mismísima Catedral. De todos ellos hubo tres particularmente relevantes.

El primero fue el del aniversario de la tragedia. Muchos pedían una marcha multitudinaria con reclamos varios contra el gobierno. Inteligentemente, los familiares dijeron que no, que el reclamo era único: el pedido de justicia por una masacre que debió haberse evitado y de la que el Estado es responsable. Se arriesgaron a que la convocatoria fuera menor. El gobierno de la ciudad prestó los generadores de electricidad para alimentar una pantalla gigante sobre el escenario y los equipos de sonido. Como anticipo de lo que está pasando ahora, la energía falló. Algunas bandas que iban a tocar no pudieron, y los micrófonos funcionaban cuando querían. Un rato después de que Adolfo Pérez Esquivel sorprendiera a todos los familiares con un conmovedor pedido de Justicia, Luján, con una pechera amarilla, y Paolo subieron al escenario. Ya habían hablado otros familiares y los sucederían otros, contando sus experiencias y nombrando a quienes ya no estaban.

—Fue impresionante, —dice Luján— llenar una plaza sólo con carteles de justicia y sin banderas políticas fue un enorme logro. En el momento no reaccionás ante todo lo que pasa. Es como cuando organizás una fiesta de quince. Estás tan metido tratando de que salga todo bien y en un momento terminás y pensás ‘tanto que laburé…’. Pero sin dudas valió la pena. Todo a pulmón, hecho por nosotros. Familiares que les daban algo de tomar a los músicos, repartiendo carteles. De repente, me dicen ‘Che, Tuti, está Pérez Esquivel’. ¡Yo no sabía ni dónde sentarlo! En ese momento caés y pensás que grosso es que venga el premio Nobel de la Paz.

Dicen que la presidenta siguió el discurso desde la Casa Rosada. Si eso es cierto, escuchó esto:


Este no es un acto politizado, es un hecho político, porque esa es la manera de definir a esta unión en la que las diferencias desaparecen, para expresar una necesidad básica para nuestro crecimiento como sociedad: la exigencia de juzgamiento para los responsables de la muerte de inocente.
Vengan de donde vengan, y se llamen como se llamen, los asesinos son asesinos, los corruptos son corruptos, los cómplices son cómplices y por eso deben ser juzgados y condenados.
Actuaron con desprecio por la vida, creyéndose impunes. Hoy luchamos para que esa impunidad se termine. La corrupción no solo se llevó la plata del pueblo, esta vez se llevó muchas vidas. La cara visible de la corrupción es la muerte y su cómplice es el silencio. Para ser más claros, los empresarios y funcionarios corruptos mataron a nuestros seres queridos.
En memoria de los mártires del 22 de febrero, aquellos que sintieron cómo se les iba la vida esa mañana sin entender por qué, nos hemos encontrado esta noche. Pero también por nosotros, y por los que vendrán, por los que creemos que es posible un país justo, libre de delincuentes con cargos públicos, libre de empresarios enfermos de codicia, libre de sindicalistas entregadores de trabajadores. Levantemos una vez más nuestros carteles.

Fue la primera vez que Leonardo se acercó a un acto conmemorativo de los familiares. Había pasado mucho tiempo internado y en rehabilitación. Se conoció con los padres de Lucas en algún estudio de televisión en el que se cruzaron circunstancialmente. Dice: “Cuando hablé con Luján, le dije que iba a estar acompañando en todo lo que pudiera y ella me respondió lo mismo. Es impresionante la lucha que llevan adelante. Le podría haber tocado a cualquiera. Fue increíble escuchar el discurso. Necesitamos que mucha gente los acompañe porque es una causa de todos los argentinos.”

Seis meses después, en el Hall de Once, unas quinientas personas, incluidos familiares y amigos, se juntaron a escuchar las palabras de Luján, Paolo y quienes acompañaron y hablaron: el periodista Alfredo Leuco, el activista social de Red Solidaria, Juan Carr, y el director de Cine, Juan José Campanella. Esa vez Leonardo no pudo ir. Estaba invitado y había hecho todo por llegar, pero necesitaba una férula que le cubriera la pierna izquierda, que seguía teniendo en rehabilitación tras una segunda operación. Había logrado que el gobierno porteño se la donara, porque no tenía plata para comprársela. Su madre fue a retirarla a Capital temprano, para que él la tuviera a tiempo y tomara, una vez más, el colectivo con destino al acto. Cuando regresaba en el mismo servicio de tren que casi mata a su hijo, en la estación de Villa Luro, mientras esperaba que la formación arrancara nuevamente, un hombre le arrebató la bolsa en que llevaba la férula y salió corriendo por el andén. Nadie pudo ayudarla. Nadie se sorprendió tampoco.

A 21 meses de la tragedia, el último 22 de noviembre, llegar a Plaza Miserere, frente a la estación de Once, tenía un significado especial: se inauguraría el monumento en homenaje a los muertos de la tragedia. El mismo fue realizado por el gobierno de la ciudad a raíz de una ley votada por todos los bloques políticos de la Legislatura. La pieza de hormigón, amarilla, tiene en sus dos caras una placa con los 52 nombres. Desde la parte superior cae agua a la fuente que lo rodea.

Pero no era fácil llegar. De los cinco andenes de la estación sólo funcionaban el 4 y el 5, los otros tres estaban clausurados temporalmente. Una temporalidad que se prolongó por más de treinta días, desde el 19 de octubre, cuando el tren Chapa 5, también en el andén 2, siguió de largo, con poca gente a bordo, y se elevó hacia el inicio del hall, por lo que de milagro no hubo víctimas fatales. Una foto permite observar que, ante el mal funcionamiento, una vez más, del flexible de contención que debió haber amortiguado el impacto, la formación no avanzó más sólo porque una parte del techo del primer vagón se topó con el que sobresalía de la estación. Prevención cero. El único imputado por esta causa es el motorman Julio Benítez, quien no habría accionado los frenos a tiempo. Aunque se trata de los mismos coches en mal estado, de la misma línea de trenes y del mismo gobierno que regula el transporte público.

Desde ese día, los maquinistas tienen una orden nueva por cumplir cuando se ingresa y se sale de Once: deben hacerlo a no más de cinco kilómetros por hora. El éxito de la medida podría verse en que ningún tren más se incrustó nuevamente, por ahora, en la estación. Lo notable es que los últimos trescientos metros se pueden hacer más rápido caminando por las vías que arriba del tren. Soluciones de último recurso. Durante todo el tiempo que tardaron en trasladar la formación que chocó, el santuario ubicado en el andén Nº 1 también quedó oculto. El enorme mural que dice “En honor a la vida”, con los 52 corazones y los nombres de cada uno, junto a fotos y mensajes de familiares, no se pudo ver hasta que se habilitaron nuevamente los accesos bloqueados. El gobierno hizo lo propio desde entonces, tratando de invisibilizar al grupo de familiares a través de los medios de comunicación afines, y del silencio de sus funcionarios.

Del mismo autor:
El fin de la vía (8)
El fin de la vía (7)
El fin de la vía (5)
El fin de la vía (4)
El fin de la vía (3)
El fin de la vía (2)
El fin de la vía (1)


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