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2x1

Apr 3, 2009

Bueno, the show must go on, así que empecemos, como de costumbre, desmintiendo lo que acabamos de decir y avisando que este domingo no hay radio. Estamos cansados, exhaustos algunos, ocupados otros (Hernanii, en un giro insospechado de la Historia, se tiene que ir a ver a los Cadillacs el domingo). Nos salteamos una semana y volvemos el domingo que viene. En el medio llega, a salvar el honor de Radio TP, Marcelo Panozzo, que tímida pero cariñosamente comienza a emitir nuestro primer programa outsourced. El programa de Panozzo viene con playlist y arte de tapa, y será semanal, suponemos. Le damos la bienvenida y esperamos que ustedes hagan lo mismo.

Países Pequeños
Sábados a la mañana
y jueves a la noche.
(Pero chequéen la agenda
por las dudas.)

Esta semana recibimos, claro, unos cuantos mensajes sobre Alfonsín, aunque no tantos como los de la semana pasada sobre Susana Giménez. Lo cual seguramente quiere decir algo, pero no queremos saber qué. De saludable negación está empedrado el camino de la supervivencia. Nuestro correo se mueve mucho; siempre es forwardeado —al consejo editor o al colaborador que corresponda— a través de los tubitos decimonónicos de propulsión neumática que recorren cada piso de nuestro edificio intangible. Esta vez, por primera vez, algunos mails fueron tan horribles que ni siquiera salieron del mailroom de TP. Podríamos contestarlos con una dosis de violencia equivalente, pero no. Ahí quedarán; primum non nocere. Décadas de política y de películas de Fincher nos inmunizaron contra todas las formas de la crueldad. Sigan mandando, que no pasarán.

Hubo también, por supuesto y por suerte, mails honestos y humanos. Uno de Ezequiel Serrano llamándonos a la acción, otro de Jesús Rodríguez agradeciendo el conmovedor párrafo de Schmidt, y varios previsiblemente melancólicos, como este de los Gemelos Cocteau (un lúcido colectivo electrónico que suele comentar desde distintas direcciones):

Viejo, me están haciendo llorar. Paren un poco que no doy a basto con los Elite.

Toda mi familia (obrera, por cierto) amaba al quía. Me acuerdo del día domingo de la elección. Todos habían ido a votar, todos a la UCR. Había comida sobre la mesa de nuestra familia, y sobre todo esperanza.

Encima para rematarla el quía era del Rojo.

Pero el mejor de todos —tal vez el más honesto y el más humano— fue de alguien que no compartía nuestra tristeza de estos días. O, mejor dicho, de alguien que la compartía absolutamente, pero sin darse cuenta. Esto nos dijo Nicolás Mauricio:

Me gustaría sentir el pesar como ustedes, ser parte de este lamento colectivo, francamente los envidio. Y no sanamente, los envidio de verdad. Quiero pero no puedo sentir la tristeza pública. Solo quería contarles el por qué de la envidia. La pena política, un sentimiento que, bien pero bien en el fondo, no es tristeza, o sí, pero una tristeza que llena el alma, creo yo, que paradójicamente reconforta, alegra, porque te hace parte de un todo. Compartir el objeto que genera la pena es una forma de no sentirse tan solo, de exponer en la arena pública infinitas lágrimas personales pero al mismo tiempo entregarlas a la multitud y hacerlas una sola.

Esta tristeza colectiva, política, pública, es dulce, reconforta, se opone a ese otro tipo de dolor, el íntimo, el que te destruye porque no lo podés compartir, porque el objeto que suscita la pena es sólo tuyo, lo reconoces solamente vos y tus lágrimas se pierden, no las podés compartir, se terminan secando, para que broten otras; y tu estómago se retuerce de la angustia, de saber que nada va a ser igual para vos, y el malestar no tiene nada de romántico, porque sabés que nadie lo siente sino sólo vos. Es el dolor del abandono, de la ausencia, del fracaso del amor.

Miraba ayer la gente desfilar hacia el féretro de Alfonsín en el Congreso, y sentía bronca porque me sentía incapacitado de compartir esa pena, totalmente invadido por la tristeza del abandono amoroso, que te carcome y te va quemando el estómago, y te quedás solo con esa tristeza, con ese ardor que no sabés cuando va a pasar. Yo miraba a esa gente llorando a Alfonsín, los miraba y no dejaba de imaginar que esas lágrimas eran dulces, ricas, azucaradas, mientras con un dedo me llevaba una gota que corría por mi mejilla izquierda hacia mi boca, con asco, sabiendo que no me iba a gustar.

De lo cual se desprende que cada cual tiene su Alfonsín. Curiosamente, eso mismo dice hoy José Natanson con un 15% de razón y un 85% de la prosa psicopática, deprimente y robótica que marca el Manual de Estilo de los Nuevos Emancipadores de la Tierra Plana.

Es que es cierto que cada cual tiene su Alfonsín. Salvo Nicolás Mauricio, que tiene dos. Y Natanson, que no tiene ninguno.

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