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Mail Eclesiástico

Jul 31, 2009

Una vez que el gobierno hace algo bien, una vez que las políticas de estado apuntan, para variar, a resolver un problema constatable evitando los meandros de la paparruchada ideológica, una instancia insólita en la que todos nos podríamos poner de acuerdo sin problemas, viene la Iglesia a hinchar las pelotas. No es sorprendente, ha pasado muchas veces, no es más que otro indicador de la escasa influencia que le va quedando a las religiones mainstream sobre su propia constituency, pero igual vale la pena detenerse unos minutos en el tema, aunque sea para revelar la condición psico-teológica de los denunciantes, lo cual seguramente nos permitirá seguir de largo, perder menos tiempo.

La cruzada anti-educación sexual que La Nación, haciendo honor a sus peores tradiciones, reseña esta mañana, tiene un responsable, y ese responsable tiene un nombre: Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, presidente de la Comisión de Educación Católica del Episcopado y enfermo mental. Excede a nuestras posibilidades intentar siquiera indagar cómo un tipo así puede, en el Siglo XXI, detentar semejantes cargos. Estamos escribiendo rápido, entre la cena y la película del viernes a la noche, no tenemos ganas de hablar del arzobispo. Pero sí tenemos información privilegiada sobre sus patologías, que por supuesto no mencionaríamos si no afectaran nuestra vida pública. Por si no quedó claro: nos parece perfecto que el arzobispo haga lo que quiera con su vida, pero al cruzar la frontera de la opinión pública, queda expuesto a la posibilidad de que cuestionemos sus credenciales. Después de todo, uno no le compra un auto usado a cualquiera. Si en eBay hay feedback ratings, ¿por qué no tendría que haber en estas discusiones?

No es la primera vez que Monseñor Aguer se lanza a una cruzada mediática contra el gobierno. Ahora es la educación sexual, y hace unos meses fue la intolerable propuesta de que un programa escolar para estimular la lectura prescindiera de moralejas y contenidos religiosos. Está muy mal, el obispo, y no soporta la idea. En su momento denunció a los gritos esta avanzada de lo que llamó “educación atea”, y a nosotros (que la creíamos laica) nos llamó la atención. ¿Cómo atea? ¿Es “atea” la educación en la Argentina? La idea nos entusiasmaría si tal cosa fuera posible.

Llamamos al arzobispo. Nos atendió una secretaria resfriada, muy amable. Le planteamos nuestras inquietudes, una serie de preguntas, y le dijimos que llamaríamos más tarde (el arzobispo no trabaja a la mañana, o trabaja en otra parte) para hablar con Monseñor Aguer. No es fácil saber cuán loca o cuán mala es una persona a través de gacetillas. Queríamos escucharlo hablar. No fue posible. Cuando llamamos de nuevo, al día siguiente, la secretaria (más resfriada que el día anterior) nos dijo que el arzobispo estaba en ese mismo instante escribiéndonos un mail. No se nos ocurrió como contraatacar. Decidimos esperar el mail.

El mail de monseñor Aguer resultó tan deprimente, que no nos dio ni para comentarlo acá. En su momento, al menos, nos pareció que no hacía falta, que ya nos íbamos a olvidar de Aguer en cinco horas. Ahora que reapareció, cumplimos con el deber cívico de citarlo acá:

Estimado Sr. Raffo:

El laicismo tradicional de la escuela argentina implicaba la exclusión de contenidos religiosos y su reemplazo por mitos patrióticos, pero transmitía valores morales que —en nuestro caso concreto— eran restos de la cultura cristiana. De cualquier modo, es correcto calificar como atea esa orientación de la enseñanza; implica excluir a Dios. Es peor, sin embargo, el laicismo posmoderno que se impuso en la reforma de la década de 1990 y en la actualmente en curso de realización, inspirado por una filosofía constructivista del conocimiento que desconoce el orden natural de la creación y una concepción integral de la persona humana. En el proyecto oficial para fomentar la lectura en voz alta sólo parece interesar el valor formal de saber leer (¡ojalá lo logren!, pero dudo seriamente), como si el texto leído fuera indiferente. Creo que la ignorancia de los asesores ministeriales y una inclinación demagógica les llevan a excluir, junto a los contenidos religiosos, las “moralejas”.

En mi crítica aludí a las fábulas evocando mis lecturas infantiles. Muchas de ellas expresan enseñanzas de gran valor de humanidad que proceden de una antiquísima tradición, con rastros en la Sagrada Escritura. El ministerio prefiere irrisorios subproductos de la decadencia cultural que sumerge a nuestros chicos. Así, no hay futuro.

Cordialmente,

+ Héctor Aguer

Y nosotros que teníamos problemas con el arzobispo de Canterbury. Motherfucker!

No sabemos qué es esa crucecita antes de la firma. Sospechamos lo peor. Sí sabemos que alguien que confunde “laico” con “ateo” porque lo primero “implica excluir a Dios” es una persona muy bruta, desequilibrada o con bastante mala leche (o, lo que es más probable) all of the above.

Por supuesto, celebramos desde aquí que el ministerio ponga algunas fichas en los irrisorios subproductos de la decadencia cultural que sumerge a nuestros chicos. También sugerimos que nadie pierda el tiempo contestándole a Aguer, que demostremos un poco de piedad, pensemos cómo sufre ese tipo, cómo fue que llegó a pensar así.

Pero, sobre todo, hacemos un llamado público a la sensatez:

Si Aguer va a aparecer en La Nación, por favor que aparezca en los comments, su hábitat natural, sujeto a la democratización instantánea que se merece, junto a los demás lunáticos.

No mucho más por ahora. TP está atravesando un período de receso invernal sorpresivo, pero preparamos sorpresas.

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