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But fear itself

Sep 7, 2009

Lunes. La buena noticia del día es que escribió Mitchelstein, la mala es que no se quiere levantar a nadie:

Raffo, estimado. Viviendo en a foreign field that is forever England es fácil ignorar al oligopolio. En Buenos Aires, donde mis únicas opciones de proveedores de cable son Pierri y Clarín, es más complicado. No es que en Evanston esté mucho mejor —mi única opción es comcast- pero aunque sea comcast no tiene un canal de noticias, un canal abierto, una radio y una diario en la misma ciudad. Y comcast es bastante más barato. También podría no tener cable, no mirar tele. Tal vez terminaría Moby Dick y Crimen y castigo. El video de Kirchner no me da miedo. Me molestó cómo lo trata a Míndez, pero a Kirchner no le tengo que comprar ningún servicio, y las probabilidades de que gane un ballotage son nulas. There is nothing to fear. Es como tenerle miedo a Menem en 2003.

Alé, lo de la división de poderes no es tan simple ni quedó tan resuelto por Hamilton y Madison. Tampoco leí todos los Federalist papers (leí el 10, el 51, el 70, los que sabemos todos). El 51 propone checks and balances porque no gobiernan los ángeles, el 10 dice que la tiranía de la mayoría es muy difícil porque Estados Unidos es un país grande (como dice Dahl, si el 10 es verdad, no hace falta el 51), y el 70 dice que energy in the executive es la característica principal de un buen gobierno. Como toda buena propaganda —y era propaganda en defensa de la constitución- tiene un poquito para todos. Los anti-federalistas no eran pro-decisiones a mano alzada. Eran anti-gobierno federal. No querían que el gobierno federal decidiera nada importante, porque creían que iba a ir contra los derechos de los estados (tipos previsores).

Y a Hitler nunca lo votó la mayoría. El partido nazi sólo sacó más del 40% de los votos (44% en 1933) después de quemar y disolver el Reichtag, echarles la culpa a los comunistas y suspender las libertades civiles en medio de una crisis económica terrible. Después del 33, Alemania se convirtió en una dictadura totalitaria, con mucha más coerción que consenso (por ejemplo, a los diputados opositores los nazis no los dejaron ocupar sus escaños) y los resultados de las elecciones dejaron de ser representativos. Argentina ya tuvo su momento Weimar en la historia reciente (diciembre 2001) y la sacamos bastante más barata que los alemanes.  No me gusta Hitler como ejemplo de la democracia porque no llegó al poder de manera democrática ni se quedó en el poder de manera democrática. Para ejemplos de cómo la democracia no siempre funciona como nos gustaría tenemos a Berlusconi o a Chávez, pero no tienen el mismo punch retórico.

No me quiero levantar a nadie (mi significant other es más conservador que yo, pero no es un punto de discusión entre nosotros), y no soy leal a ninguna figura política (bueh, me cae muy bien FDR, a pesar de los internment camps para los japoneses-americanos). Creo tanto en los principios que en las últimas elecciones fui autoridad de mesa. No fiscal por un partido, presidente de mesa. Rules rule. Principles rock. Así que tal vez nos pondriamos de acuerdo en un montón de cosas (y tal vez no: en Buenos Aires me sorprendió la cantidad de gente con la que no estoy de acuerdo, ni en los objetivos ni en los medios). En Evanston estoy rodeada de liberal democrats, y estamos todos de acuerdo en casi todo, pero me basta ver Fox News para darme cuenta de que acá también hay pensamiento binario. Pero la discusión nunca va a ser sólo técnica, y la comparación nunca va a ser objetiva. Esa es la primera decepción.

As usual, es divertido leerlos. Me gusto mucho Schmidt re: Barisio y Seineldin.

Algunas aclaraciones, estrictamente limitadas a lo que me corresponde.

1. Falsa, la apreciación geográfica. En Argentina no leía los diarios ni veía noticieros (no me hacía falta), motivo por el cual me era más fácil que ahora ignorar a los oligopolios. Ahora, si quiero saber lo que pasa, los diarios se me ofrecen como una manera más cómoda y económica que llamar a mis amigos argentinos todas las mañanas. Así y todo, también puedo prescindir de ellos (de los diarios, no de los amigos), como podrá apreciarse durante la próxima década. (Es una decisión tomada: aunque nadie haya mandado el manual, me tentó demasiado la idea).

2. Me resulta muy extraña la clásula por la cual sólo se le puede tener miedo a quien se ofrece como comprador de servicios o candidato a ballotage. Tiro un nombre, al azar: Hannibal Lecter. ¿Otro? Pol Pot. No son ninguna de las dos cosas, dan miedo igual. Kirchner también da miedo, en este caso por cómo abusa de gente que no está en condiciones de contestarle, y por la cara que pone. No es tan difícil.

Pasando al otro sector (porque en el medio no hay nada, cada vez menos), tenemos un mail de Lucas Frontera Schällibaum que también trasciende la categoría de comment. Los dejamos con él. Más, mañana.

Queridos TPs:

Nunca escribo, pero bastante seguido los visito para leer los posts. Y he aceptado algo: que no deja de asombrarme el kirchnerismo, con sus infinitas cabezas.

Tal vez una de las características más desconcertantes es el novedoso pragmatismo de sus defensores, que paradójicamente declaman una especie de esencialismo de principios que trascienden los vendavales sin torcerse ni un grado.

Se nos ha machacado seguido con la militancia (palabra ahora dotada de infinitas virtudes que, sin embargo, comparte material genético con lo castrense), definida como una especie de voluntad inquebrantable de Bien que no conoce descanso y que abomina de relativismos y conformismos. Para cerrar el círculo virtuoso, los únicos que militan (porque militar es bueno) son los kirchneristas. Y uno que creía que lo que los nazis y los fascistas habían hecho en su momento también era militar.

Ergo, los K (es más corta la inicial) militan porque son nobles, desinteresados, virtuosos (casi parece una clase de moral cristiana). Y no va entonces algún opositor miserable, gorila, antipueblo, y denuncia algún hecho de corrupción, algún gesto autoritario, alguna alianza de conveniencia hoy con quienes los K designaron ayer públicamente como enemigo, que pone una mácula sobre la impoluta trayectoria del Campeón de los Justos.

Y, de improviso, los K se tornan pragmáticos. Ya Kirchner no es perfecto, bueno, sí, algún Secretario cagó a patadas a algunos técnicos del INDEC (pero ésos le hacían el juego a la puta oligarquía), algún ex presidente hizo echar a algún funcionario no alineado (pero bueno, o tiramos todos para el mismo lado sin fisuras, o le hacemos el juego a la puta oligarquía), algún empresario amigo se queda con un negocio monopólico —expropiado a otro monopolio— y comparte regalías con funcionarios de turno (pero peor era dejárselos a los otros, que le hacían el juego a la puta oligarquía).

De golpe, de la retórica del romanticismo inclaudicable heredado de los maravillosos Setenta, se pasa al esto es lo que hay. De la reivindicación mística del Che y Evita se pasa a que bueno, si lo que tenemos como Campeones del Pueblo son fanáticos conversos provenientes del peronismo de derecha, de la Ucedé, del Cavallismo, et cetera, hay que bancarlos a muerte. O hacerle el juego a la puta oligarquía.

El juego de las polarizaciones es más viejo que Kirchner y que Chávez. Incluso que Perón, aunque él pudiera haber creído que lo inventó. La mecánica es simple: designa un enemigo y señálalo, y verás cómo todos se ven obligados a tomar posición. Sobre todo porque, cundo se designa el Mal de aquel lado, automáticamente el Bien queda de éste.

A priori, es efectivo, al menos durante un tiempo. La historia política del mundo está llena de ejemplos. Sin entrar en comparaciones extremas (Hitler o Stalin, por caso), podemos pensar en los republicanos estadounidenses, un Bush, por ejemplo. América soy yo, y quien no coincide conmigo está en contra de América. Se embarra fácil, la cancha, porque cuando el margen de tolerancia para leer las ideas es tan estrecho, un mínimo desajuste, una ínfima discrepancia, son un atentado de la misma magnitud que un golpe de estado.

No voy a entrar aquí a discurrir acerca de los presidentes de la Sociedad Rural y similares, ni sobre otros detentadores del poder real nunca transferido, porque no estoy hablando aquí de esas obviedades. Pegarle a Menem, a Videla o a Magnetto es fácil, ofrecen más flancos que una ballena varada. Apuntar lo otro, éso es lo complicado. Sobre todo en un contexto discursivo de extorsión, cerrado, de mandatos con olor a fanatismo religioso y a cosa nostra progresista dentro de la cual todo está permitido, y fuera de la cual todo está penado.

Señalar un enemigo es siempre efectivo. La primera reacción, la instintiva, la refleja, es mirar hacia donde apunta el dedo. Y si el señalamiento es bien enfático, más fácil es comprar el enemigo y sumarse con anteojeras al combate. Pero siempre, cuando hay un dedo que señala, hay que preguntarse hacia dónde apuntan los otros cuatro de esa mano.

Aunque más no sea por hacer gala de ese espíritu cuestionador, justiciero, militante, que los K reivindican, pero siempre y cuando se cuestione a otros.

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