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Carrió I, el hipertexto

7 07 2005 - 08:14

“They will never succeed in destroying what we hold dear”, dijo Blair de las bombas en Londres, y sé perfectamente cómo me caería la frase si fuera amigo o pariente (y tal vez lo sea, todavía es temprano) de alguna de las personas que volaron por el aire. Porque what I hold dear son ellos, y lo que Blair holds dear es otra cosa. Premio para el primero que escriba a TP con una teoría propia o ajena acerca de por qué la violencia sedimenta y cristaliza pasiones en vez de relativizarlas por completo. What I hold dear? Qué se yo. Las personas. La vida de la gente.

La vida por Perón, siete pesos.

El tipo que te vende las entradas en el Abasto repite el título con una insistencia mecánica que sin duda es norma, parte del entrenamiento que incluye aclararte que si pagás con tarjeta recibís un bonus de pochoclos. El plural, pochoclos, está confirmado en los carteles. Hay que aclarar qué película es, a qué hora, a qué precio, varias veces, igual que Ticketmaster. La vida por Perón es un buen título, pero se convierte en algo genial en ese contexto. ¿La vida por Perón? Catorce horas. ¿La vida por Perón? Primer piso.

La vida por Perón no tiene intervalo (Batman Begins sí, lo cual me permitió abandonarla por la mitad sin molestar a nadie) porque es relativamente corta, una hora cuarenta que se hace infinita por la imprecisión y la desidia de algo que dudo en llamar puesta en escena. La vida por Perón (siete pesos), ¿es parte de ese cine? Seguramente sí, porque lo poco que podría pasar no pasa, y transcurre enteramente en una casa cuya geografía es indiscernible durante toda la película. Me comentan después que es una elección: planos cortos, cámara en mano durante una hora y media te “transmiten la claustrofobia”. Me pregunto por qué alguien haría el esfuerzo de convencerse de algo así. Lo que me transmiten a mí es la sensación de estar viendo una comedia a través del ojo de una cerradura. Si fuera una elección (la tradición local sugiere que no, que es ignorancia pura) no parece consciente, y tiene más que ver con la incapacidad de controlar un decorado. Uno se entretiene tratando de imaginar cómo podría ser la historia (que no hay) de esos personajes (que tampoco) a partir del concepto elemental pero promisorio del que parte la película. “Parte” en su concepción, asumo, porque en la práctica el concepto es expuesto cuando ya hace una hora que estás ahí y lo único que querés es que lleguen los títulos, para poder irte a Colegiales, a un acto del ARI.

Sí, ya sé, qué programa.

Carrió se pinta los labios por encima de los labios. El rouge excede el límite superior del labio, quiero decir, y de lejos tal vez sugiera una cierta voluptuosidad, pero de cerca da miedo. La rodean unos viejitos que le van abriendo camino. Uno le pincha una escarapela en el saco. En el escenario, que no es tal sino más bien un claro entre las sillas dispuestas sobre el piso helado de un club de barrio, hay un tipo que dice “contrato” cada cinco palabras, “moral” cada cuatro y “Elisa” cada tres. A veces dice “Lilita”, también, pero siempre hace una pausa antes de decir “Carrió”, como si le costara acordarse del apellido. Ella se sienta a escuchar el discurso del candidato Olivera y asiente en silencio demasiado a menudo, refrendando con el ceño fruncido frases que no tienen ningún sentido fuera de contexto, y a veces dentro del contexto tampoco. “Conocemos Colegiales”, dice Olivera. Carrió asiente. “Colegiales, la chacrita.” ¿La Chacarita? Carrió asiente. Sí, elegí a este tipo. Me hago cargo. Olivera enfatiza su confianza en “la soberanía del vecino” extendiendo su brazo con energía, con la palma hacia arriba. Pero lo hace a destiempo, casi siempre antes de hablar. 1, brazo. 2, conocemos Colegiales. 1, brazo. 2, nuestro programa. Produce así el efecto opuesto del que conseguiría si gesticulara en sincro. Segundo orador consecutivo que no se acuerda de lo que quiere decir.

Lilita—eh—Carrió es más rápida, pero también tiene un problema de sincro. Subraya los pasajes más sabrosos de su arenga moviendo la cabeza hacia arriba, en silencio, como diciendo ¿eh? ¿eh? ¿Te pasa algo a vos?

—¿Cómo puede ser que a estos tipos yo los asuste? [cabeceo, ¿eh? ¿eh?] Lo que los asusta es la fuerza del pueblo.

El discurso no es más demagógico que el de cualquier otra fuerza en el lamentable menú disponible, pero parece peor, porque incluye todo tipo de meta-consideraciones sobre lo poco demagógico que se juzga a sí mismo. Del mismo modo, ciertos lamparones de sentido común en Carrió pierden su vallidez potencial cuando la conducen a consideraciones inexplicables. Por ejemplo, su escepticismo confeso respecto de un proceso de reindustrialización choca de frente con su convicción de que “lo que hay que exportar es educación, y la revuelta cultural”.

¿La qué?

Como Sarmiento, que lo hizo mirando hacia Europa. Ahora hay que hacerlo mirando al mundo, a todo el mundo. El hipertexto. (Lo juro, juro que dijo “hipertexto”.) Como los hindúes, con la cultura de ellos.

Uno ya no sabe qué pensar, pero asume que no se refiere a la religión sino a quienes viven en la India. La última vez que me fijé estaban bastante hechos mierda, y su relación cultural con el resto del mundo era una de las peores posibles, así que no me imagino la pertinencia del modelo. Según una señora que me lo explicó a la salida, en realidad se trata “del naturismo”.

“Violencia no es cuando alguien te golpea,” asegura Carrió. Propone, o imagina, una “ley contra la violencia verbal”. Como todos sabemos, a violencia es mentir la mató la corrupción.

Dice Carrió que dijo Bergoglio “algo muy profundo, el otro día: que cambiar la realidad tiene sus costos”.

La máxima, que debió haber estado dirigida originalmente a la “carne joven” de Bergoglio, encuentra un alto grado de aprobación cuando es repetida para el conjunto de señoras de la platea. Cada una imagina realidades distintas y costos distintos (ah, la profundidad). Nada quiere decir nada. Todos nos vamos a cenar. El tiempo pasa y después te morís.