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Bielsa I (y Batman 0)

20 07 2005 - 11:36

La película empieza con el episodio traumático de rigor —la muerte de los padres de Bruce Wayne— y, ajena a la especulación de las secuelas, termina con una secuencia espectacular en la cual Batman se enfrenta al Acertijo, Dos Caras y Gatúbela adentro de una cárcel tomada por los tres villanos. Dos Caras es Humphrey Bogart, el Acertijo es James Cagney, Gatúbela es Marlene Dietrich. Y Batman es Orson Welles, en una versión que estuvo cerca de existir circa 1946 y que sin duda habría cambiado el mundo. La pregunta es cuánto.

Para Mark Millar, que reporta el descubrimiento, anunciando una nueva biografía de Welles que ya estoy reservando en Amazon, las consecuencias catastróficas del giro banal que nos privó del mejor Batman imaginable se circunscriben a la relación entre highbrow y lowbrow. Como buen aficionado al comic, Millar carga con el estigma del género menor, y eso es lo que más le importa, que el resto del mundo se tome en serio las historias y personajes sin los cuales él no podría vivir. Pero no es descabellado imaginar al frustrado Batman de Welles como una influencia mucho más amplia. No tanto, tal vez, sobre Hollywood. Después de todo, la Industria ya pasó por un período (el buen setentismo) durante el cual lo popular y lo “serio” fueron indisolubles, y después volvió atrás, renegando de su propia evolución natural, para desembocar en la afrenta universal que es hoy el Batman de Nolan. Hollywood es impermeable. Otros ecosistemas no lo son tanto.

A fines de los ‘60, Batman era Adam West para casi todo el mundo, quién te dice que eso no explique, por ejemplo, al Che Guevara. Adam West, como tantos otros superhéroes de los ‘60, era un chiste. Imposible tomárselo en serio. Viene el Che Guevara y te habla del Hombre Nuevo y qué se yo; comparado con ¡Boom—Pang! ¡Pow! tal vez suena hasta coherente. Pero si al mismo foquibabble le oponés la imponente figura de un Orson no demasiado gordo, encaramado sobre el Empire State, mirando hacia abajo, con el ceño fruncido, tratando de determinar desde esas alturas quién necesita ayuda y quién la merece, las cosas podrían haber cambiado.

¿Y Perón? ¿Es un delirio imaginar que el Batman de Welles habría ejercido, en 1946, alguna influencia sobre esa otra historia? Posiblemente sí. Al fin y al cabo, tenemos pruebas de que en el gobierno vieron El Padrino y no entendieron nada. El buen Corleone se habría encargado de evitar el tipo de enfrentamientos públicos que ocupan a los diarios en estos días. Pero qué sentido tiene seguir reclamando imposibles. Hagamos algo con lo que hay:

El Canciller Bielsa, que leyó más y vio más películas que CFK, tuvo anoche el buen tino de no mentar a Corleone, pero de algo tenía que hablar. Mencionar a sus compañeros de lista tampoco era una buena idea, y como Welles nunca llegó a filmar Batman, la agenda se limita.

“Tener un cargo público y hablar de otro es como una exhibición obscena”, había dicho Bielsa hace unos meses. Actuando en consecuencia, lo que ofreció en su acto inaugural fue un discurso que da un poco de asquito, y que merece réplicas mucho más aceitadas que las que ofreció enseguida la oposición. Probablemente sea ese escenario —el de estar enfrentándose a candidatos sub-standard— lo que termina convenciendo a Bielsa de que puede decir cualquier cosa.

Hay que salir (como dice Clarín, salió a pegarle, salió a chuparle la oreja) a responder las declaraciones de tus adversarios. ¿Cómo, con estas dendritas mustias? Algunas sugerencias gratis para los candidatos no Kirchneristas:

Anoche, dijo Bielsa también que “el conflicto sirve”. Y más allá del efecto extraño que producen estas palabras en boca de un canciller, ahí estamos (espero) todos de acuerdo. Tan de acuerdo estamos que esta nota queda inconclusa porque, en la redacción de TP, empezamos a comentar el affaire Bielsa/O’Grady y, después de cuatro horas de discusión, no logramos ponernos de acuerdo entre nosotros. Si sale algo interesante de ahí, aparecerá acá pronto.